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Najat El Hachmi: «La literatura social ha estado muy estigmatizada»

La escritora presenta «El lunes nos querrán», la novela con la que se alzó con el último Premio Nadal

escritora  NAJAT EL HACHMI
escritora NAJAT EL HACHMIEDITORIAL DESTINOLA RAZON

En 1947, Carmen Laforet ganaba el Premio Nadal con «Nada», la novela de una joven que luchaba contra las adversidades de su tiempo. Lo mismo ocurre con las dos amigas que protagonizan «El lunes nos querrán», la obra con la que Najat El Hachmi se alzó con la última edición de este premio que convoca Destino.

–¿Podríamos definir este libro como una obra de iniciación?

–Esta es una obra en la que las protagonistas comienzan a vivir una vida adulta. Así que, de alguna manera,se podría decir que es una novela de iniciación, pero de una iniciación que está condicionada tanto por el contexto, como por la procedencia, el sexo y la clase social de ellas. Por tanto, su iniciación tiene lugar bajo unas circunstancias que muy pocas veces se representan o, por lo menos, esa es mi impresión.

–La historia de estas amigas, en el extrarradio barcelonés, no es habitual cuando se habla de iniciación.

–Muchas veces, en literatura, la iniciación tiene lugar en otro ámbitos más amables donde las dificultades externas no son tantas como en mi novela, donde pesan mucho. Para las protagonistas de «El lunes nos querrán» crecer y hacerse adultas significa que el propio mundo se desmonta por completo y que todas las expectativas se vienen abajo o entran en contradicción con la propia realidad.

–La amistad es, pues, el eje de la historia.

–Se trata de una novela sobre la amistad, sí, sobre este vínculo tan importante en un momento crucial de la vida de la narradora: cuando necesita tener un espejo en el que verse reflejada. Ella necesita tener un referente distinto a su madre, así como el de todas las mujeres que forman parte de ese mundo con el que quiere romper. Su amiga se convierte en una proyección de aquello que ella quisiera ser. Samira llega incluso a idealizar su situación, considerándola mucho mejor de lo que realmente es. La amistad para las dos protagonistas se convierte en su único asidero, en buena parte gracias a la complicidad que ambas tienen porque comparten una realidad: proceden del mismo lugar, viven en el mismo barrio, sus familias comparten creencias…

–¿Por qué un relato en segunda persona?

–No sabría decir exactamente cuándo se concretó, pero me di cuenta de que era una voz que me permitía hacer mucho más visible el vínculo de amistad entre las chicas. Así podía tener mucha libertad en el momento de abordar determinados temas que, quizá, con otra narradora, no habría podido abordar de la misma manera. Al final, todo se puede hacer independientemente de la persona narrativa que utilices. Sin embargo, creo que el «tú» iba particularmente bien para trazar un recorrido desde el terreno más social al más íntimo, transitando por los distintos ámbitos en los que se mueven las protagonistas.

–¿Es una manera de dirigirse más directamente al lector?

–Sí, porque convierte la narración en una forma de apelación directa al lector. En una parte de mi libro «Madre de leche y miel», cuando la protagonista cuenta a sus hermanas todos los años transcurridos fuera de Marruecos, ya había recurrido a la segunda persona, hecho muy ligado a la oralidad y a todo ese mundo, que tantas veces he descrito, el de mujeres relatándose entre sí historias.

–Su obra mira a una inmigración ausente en la literatura.

–Las generalizaciones son siempre injustas, pero tengo la sensación de que muchos de los personajes con los que la gente se siente identificada forman parte de una clase social media o, incluso, alta. Existe una fascinación aspiracional hacia los privilegiados y su modo de vida. Creo que, en parte, se debe al hecho de que la literatura social ha estado muy estigmatizada. A mi generación se le transmitió la idea de que la literatura social no era literatura. A este respecto, recuerdo un personaje de Montserrat Roig, creo que de «El temps de cireres», que dice que la literatura social era otra cosa.

–Todavía hay quien piensa en el arte por el arte.

–Me parece que esto implica renunciar a la función de la literatura, una de las fundamentales. Evidentemente, no se trata de hacer de la literatura un panfleto político ni tampoco de dejar de lado las preocupaciones estéticas, pero no podemos tampoco olvidar que la literatura tiene un poder transformador importantísimo. Es capaz de representar lo que todavía no existe y de hacernos tomar conciencia ante cuestiones que pasan desapercibidas. Si olvidamos esto, tiene los días contados. En esta capacidad de transformar la realidad está el origen de la literatura. Esto es muy evidente en los relatos orales: pienso en aquellas mujeres marroquíes que se cuentan relatos para sobrellevar las condiciones en las que viven.

–¿Y a usted cómo la ha transformado la literatura? En su novela, la narradora se apoya mucho en la lectura como una vía de escape.

–Puedo decir que me han transformado todas aquellas obras que tenían un compromiso muy profundo con la sociedad de su tiempo. Y, como decía, no se trata de hacer de la novela un panfleto, sino de proponer un discurso transformador a través de la obra, a través de la historia y de sus temas. Para mí, una literatura ensimismada es un entretenimiento que está muy bien y que puede producirte mucho goce artístico, pero, si no va más allá, se vuelve prescindible.

–Otro tema del libro es la conquista del propio cuerpo por parte de las protagonista.

–La mujer tiene que conquistar su propio cuerpo y este proceso no es fácil ni se produce de manera espontánea, porque, desde muy temprano, te expulsan de tu cuerpo a través de toda una serie de normas y estereotipos. Abordar este tema y el de los trastornos alimentarios en la novela tiene que ver con mi indignación hacia esa idea falsa de que la musulmana escapa de la dictadura de la imagen al taparse. No es así. El hecho de no mostrarse tiene que ver con esa idea de que la mujer digna y más respetable es aquella que no se muestra a los ojos de los demás y que se reserva para un solo hombre. Esto no quita que haya presiones en torno a la imagen que debe tener la mujer, y prueba de ello es que en los países musulmanes encontramos muchos tópicos sobre el cuerpo perfecto. Cuando era joven, recuerdo que se nos exigía ser lo más blancas posibles, tener el pelo muy liso y ser algo gorditas.