Literatura

Ni los comunistas se salvan de la “censura cultural”

La repentina sustitución del nombre del colegio francés “Louise Aragon”, en honor al poeta surrealista, por el de la astronauta Claudie Haigneré reabre la polémica de la cancelación

El poeta Louis Aragon fue uno de los artistas surrealistas que tomó partido contra el nazismo y formó parte de la resistencia francesa
El poeta Louis Aragon fue uno de los artistas surrealistas que tomó partido contra el nazismo y formó parte de la resistencia francesa FOTO: Errata Naturae Errata Naturae

Desde hace un tiempo lo suficientemente considerable como para ser catalogado de mucho, la sociedad experimenta y sufre las consecuencias de un neologismo. Como si de una opaca salpicadura de chapapote se tratase, la convenida en llamar “cultura de la cancelación” parece seguir empeñada en afearnos nuestras conductas morales pasadas, exigir la prohibición de productos culturales que quedaron obsoletos y propiciar un acercamiento paradójico entre izquierda y derecha cada vez que se anula la validez de las obras de figuras públicas que en su momento reconocieron salivar –e incluso tener la osadía de sentir placer– al comerse un buen filete de ternera, para disgusto y cólera de los amigos “ecofriendly” o que no tuvieron amigos negros durante su infancia.

Todo episodio, comentario, actuación o pensamiento llevado a cabo por el escritor de turno, el director de cine, el pintor, el filósofo, el actor o cualesquiera que sean las diferentes ramificaciones de la creación contemporánea, queda desnudado de su contexto y rechazado escrutadoramente por la mirada del presente. Una mirada, que sin entrar en valoraciones de justicia o entendimiento, resulta incompleta, fragmentaria y en ocasiones incendiaria. Una cosa es revisionar la Historia y otra muy distinta pretender borrarla.

Así las cosas y después de habernos familiarizado con la reciente censura de Disney, el boicot reiterado a la figura de Woody Allen, la animadversión adquirida hacia J. K. Rowling tras sus polémicas declaraciones sobre el colectivo trans o la ridícula exigencia de los agentes literarios de la poeta negra Amanda Gorman sobre el color de piel requerido de su traductora, es ahora el pequeño municipio francés de Clichy, ubicado al este de la capital parisina, quien protagoniza su particular jolgorio postmoderno de cancelación. Tal y como anunciaba el pasado martes 18 el consejo municipal del ayuntamiento, la escuela primaria Louis Aragon, cuyo nombre pertenece a la figura del insigne poeta surrealista y militante comunista, pasará a llamarse Claudie Haigneré, en honor a la primera mujer astronauta francesa y europea.

Esta decisión, que no ha gustado a todos, especialmente a gran parte de la izquierda, se enmarca dentro de una campaña de reivindicación de la figura de la mujer a través del rebautismo de los nombres de las calles de la ciudad (tan solo el 2% de las calzadas de París tienen nombres femeninos según datos del colectivo impulsor de la iniciativa). En esta ocasión, sin embargo, lejos de focalizar las críticas de la decisión en el cariz necesariamente feminista del cambio, las filas de la oposición –que perdieron la ciudad en el 2015–, tildan la actuación de manipulación política destinada a borrar a Aragón de la historia del municipio. “Eliminar el nombre de una escuela es extremadamente violento, especialmente en una ciudad como Clichy, que ha sufrido tanto el fascismo. Es borrar la historia de la Resistencia encarnada por Aragón”, rebatía el concejal municipal Hicham Dad. Y añadía: “Como querían dar nombres de mujeres, nosotros propusimos añadir el de Elsa Triolet, que además de ser la compañera de Aragon, no era cualquiera: ¡la primera mujer del Premio Goncourt! Por supuesto, esta decisión es política, especialmente si se tiene en cuenta que Claudie Haigneré fue ministra del gobierno de Raffarin”, sentenciaba en alusión al que fuera primer ministro de Francia a principios de los 2000.

Parece interesante ver cómo, al márgen de ideologías, paisajes y paisanajes varios, la inercia sistemática a los lavados de cara culturales destierra también a figuras cuya dimensión de calado sociocultural y acumulación de pequeñas y humanísimas gestas cotidianas en pro de la belleza y las ideas, como en el caso de Aragon, parecen importar bien poco. ¿Es esto realmente una cancelación cultural o se trata de una mera sustitución innecesaria? Y lo que es más importante aún; ¿qué pensaría de este cambio alguien que escribió que “el futuro del hombre es la mujer”?