Historia

El lento avance de la romanización

La influencia de Roma en la sociedad se produjo poco a poco debido a la diversidad de culturas que había en la Península Ibérica entonces

Denario de Adriano datado entre 134-138 d. C. con la efigie de Adriano en el anverso y la personificación de Hispania como una mujer recostada empuñando una rama de olivo en el reverso.
Denario de Adriano datado entre 134-138 d. C. con la efigie de Adriano en el anverso y la personificación de Hispania como una mujer recostada empuñando una rama de olivo en el reverso. FOTO: Desperta Ferro Desperta Ferro

Una conocida anécdota que cita la Historia Augusta, una heterogénea y antigua fuente que reúne las biografías de algunos emperadores romanos, cuenta que cuando Adriano pronunció su discurso ante el Senado de Roma al ocupar la cuestura en el año del cuarto consulado de su tío-abuelo Trajano (101 d. C.) lo hizo «con un tono un tanto provincial [agrestius] que provocó una carcajada, así que [con posterioridad] puso todo su esfuerzo hasta alcanzar la mayor competencia y la fluidez de su latín» («Vita Hadriani», III.1). Para entonces incluso el futuro emperador de origen bético que habría de ocupar la púrpura desde 117 d. C. conservaba aún un acento peculiar que delataba los orígenes de su familia, pese a que había nacido y se educó en la propia Roma. En el futuro, Adriano se esmeraría en pulir su latín para evitar situaciones embarazosas como aquella. Esta sencilla anécdota parece indicar que las particularidades lingüísticas de los hispanos se dejaron notar durante cierto tiempo, aunque ya diluidas y apenas perceptibles.

Si esto ocurría a alguien tan ilustrado como Adriano debió de ser la norma en las provincias. Cicerón, de hecho, ya aludía tiempo antes al singular acento provinciano de los béticos en su discurso en defensa del poeta Arquias (Pro Archia, 26), en el que menciona que Metelo «hasta tal punto deseaba que se escribiese de sus hechos que prestaba oídos incluso a poetas nacidos en Córdoba, a pesar de que sonaban con cierto acento fuerte y extranjero». Y es que en las altas esferas de Roma, aun con toda la heterogeneidad de su imperio y pese a la influencia que tuvieron en el ámbito cultural personajes de origen hispano de la talla de Séneca, Juvenal o Marcial, no terminaban de acostumbrarse a la presencia regular de senadores y dignatarios venidos de provincias.

Inscripciones en latín

La impronta latina fue permeando entre los hispanos durante siglos, pero se incrementó a partir de la ordenación provincial de Augusto. Buena prueba de ello son la gran cantidad de inscripciones en latín que proliferaron por todas partes, llegando incluso a estimular la escritura de las lenguas paleohispánicas un tiempo, solo para desaparecer más tarde, una vez absorbidas por el inexorable avance del latín, la lengua vehicular de la administración. Romanizadas las élites locales, era solo cuestión de tiempo de que las costumbres itálicas se impusieran al resto de la población. Los mecanismos de romanización son complejos, y dado que Hispania no se transformó en una extensión de Roma de la noche al día, fueron muchos los aspectos que terminaron permeando gota a gota, con lentitud y seguridad, en el sustrato autóctono. Algunas regiones, y en particular la Bética pero también las tierras de la Tarraconense mediterránea, estaban ya fuertemente romanizadas cuando otras, conquistadas hasta dos siglos más tarde, solo comenzaban a estarlo. Por aquel entonces, Hispania era un enorme mosaico de culturas, de forma que, a la vez que la «pax romana» se asentaba en todo el territorio, los habitantes de aquellas antaño belicosas tierras habrían de acostumbrarse al nuevo orden, familiarizándose poco a poco con un estilo de vida muy distinto al que tuvieron sus antepasados.

Las ciudades y su nueva ordenación jurídica fueron, como bien es sabido, uno de los principales ejes vertebradores de la romanización, dado que contaban con el premio de la ciudadanía romana y la posibilidad de promoción de sus élites, quizá hasta el propio Senado romano. A través de los mecanismos políticos, las ciudades de Hispania se convirtieron en el principal motor de promoción para aquellos que contaban con más recursos y mejores contactos. Bastaba con tener tierras, dinero e influencias para escalar posiciones hasta, si era posible, terminar en la misma capital del Imperio o, por qué no, alcanzar la mismísima púrpura imperial como hicieran dos provincianos como Trajano y Adriano pese a su característico acento italicense –de Italica (Santiponce, Sevilla), cuna de los dos emperadores.

Durante mucho tiempo, la monumentalidad de las ciudades hispanorromanas y la epigrafía pública han centrado el discurso de la romanización, pero en las últimas décadas se han ido añadiendo infinidad de matices que nos orientan hacia la perduración de algunas costumbres prerromanas, tanto religiosas como civiles, que se fueron perpetuando y que ayudan a perfilar las muchas caras de ese complejo fenómeno que fue la romanización de las gentes de a pie. Más allá del esplendor de las grandes construcciones, dentro de aquellas provincias miles de ciudadanos vivían entre villas y foros, entre el teatro y las explotaciones mineras, a la par que iban asistiendo a la desaparición de sus antiguas lenguas y a la adaptación de sus ancestrales costumbres a sus nuevas formas de vida.

Portada de la revista "Arqueología & Historia" de Desperta Ferro dedicada a la romanizacion de Hispania
Portada de la revista "Arqueología & Historia" de Desperta Ferro dedicada a la romanizacion de Hispania FOTO: Desperta Ferro Desperta Ferro

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