El gigante Goliat y el misterio de «los pueblos del mar»

¿Quiénes eran esas gentes que los historiadores decimonónicos denominaron «pueblos del mar», y que provocaron el derrumbe de civilizaciones enteras?

Detalle de «David y Goliat» (1888), de Osmar Schindler
Detalle de «David y Goliat» (1888), de Osmar Schindler. La Razón

El gigante Goliat, paladín de los filisteos, asedió durante cuarenta días a los israelitas (1 Samuel 17). Su estatura, de seis codos y un palmo (2,97 m), era extraordinariamente alta incluso para los estándares modernos, más aún para quienes vivían en el siglo XI a. C. Goliat retó a los israelitas a un duelo singular proponiendo que, si él salía derrotado, los filisteos serían esclavos de Israel, y a la inversa en caso contrario. David –quien más tarde sería coronado rey– aceptó el reto y, como es sabido, le lanzó una certera pedrada con su honda y, contra todo pronóstico, abatió al gigante. Este episodio no zanjó las disputas entre israelitas y filisteos, pues estos últimos siguieron siendo protagonistas y actores principales de la política regional en el Levante durante los primeros siglos de la Edad del Hierro, hasta su conquista por los asirios en el año 732 a. C.

¿Pero quiénes eran estos filisteos, dónde habitaban y de dónde provenían? En la temprana Edad del Hierro (siglos XI-VIII a.C.) se documenta su presencia en el sur de Canaán, concretamente en lo que hoy se conoce como la Franja de Gaza. Allí fundaron una serie de ciudades entre las que destacaron cinco –la llamada pentápolis filistea–: Gaza, Ascalón, Asdod, Gat y Ecrón. Parece que estas ciudades se gobernaban de forma autónoma, cada una regida por un príncipe conocido como «seren».

Más complicado resulta determinar su origen y filiación étnicas. En torno a finales del siglo XIII y buena parte del XII a. C. se produjo la denominada crisis del 1200 a. C., un cataclismo de proporciones bíblicas que afectó a todo el Mediterráneo Oriental y que supuso la destrucción de innumerables ciudades, la caída de varios imperios (como el hitita) e incluso la desaparición de culturas enteras (como la micénica). La crisis fue de tales proporciones que a día de hoy se emplea para distinguir dos grandes eras de la antigüedad: la Edad del Bronce y la del Hierro.

Y, precisamente, uno de los fenómenos que caracterizaron esta enorme turbulencia histórica fue el de las migraciones en masa de pueblos enteros, de un punto a otro del Mediterráneo. Migraciones violentas que se abrían paso a punta de espada, dejando un reguero de destrucción a su paso. Son los célebres «pueblos del mar» –como los denomina una fuente egipcia–, o pueblos procedentes del mar que arribaron a las costas del Levante mediterráneo en varias oleadas durante este periodo: los eqwesh, los shardana, los lukka, los shekelesh, los teresh, los tjekker, los denyen, los weshesh y los peleset. Estos últimos nos interesan particularmente puesto que, según creemos, son quienes dieron lugar a los filisteos, cuyo nombre derivaría del de los peleset. Los egipcios lograron, a decir de sus propias fuentes, derrotarlos y, tiempo después, los hallamos ocupando la franja costera que va desde el actual Tel Aviv hasta la hoy frontera egipcia, en una región denominada Palastu y Pilista en las fuentes asirias (nótese el parecido con la palabra «peleset»).

Según un documento (el «Papiro Harris I»), el faraón Ramsés III, tras derrotarlos, los «instaló en los bastiones», lo que podría ser una forma de indicar que los reasentó en la costa palestina, por entonces jalonada de bastiones y fortificaciones egipcias. Sin embargo, los primeros niveles de ocupación filistea de esta región carecen completamente de cerámica egipcia, lo que parece dar a entender que no existía vínculo alguno entre ambos pueblos, y que ya desde sus inicios los filisteos eran independientes del poder del faraón.

Sea como fuere, lo que llamó poderosamente la atención de los arqueólogos que excavaron estos yacimientos fue que la primera cerámica filistea se asemejaba mucho a la micénica, empleada por los griegos a finales de la Edad del Bronce, los mismos tiempos en los que vivieron, según la leyenda homérica, los míticos Agamenón, Aquiles y Menelao. Además, se documentó el consumo de cerdo, en oposición a la costumbre entre los pueblos semíticos de la región, así como de un tipo de algarroba que era muy común en el Egeo en época micénica y ajeno a otras latitudes. Las viviendas, con un hogar central, también recordaban al ámbito egeo, y así como unas figurillas de terracota sedentes, como la Dama de Asdod, se asemejan enormemente a otras similares halladas en Micenas y otros yacimientos griegos del periodo. Recordemos también que las fuentes egipcias afirman que el peleset era un pueblo originario del norte.

En conjunto, todos estos indicios apuntan a un probable origen griego, o genéricamente egeo, de los filisteos. La arqueología moderna tiende a matizar esta afirmación, ya que la micénica no es la única influencia cuyo aporte se deja notar en la configuración de esta cultura, pero parece evidente que, en efecto, tuvo un gran peso en su formación. No es del todo descabellado, por tanto, suponer que por las venas de Goliat fluía la misma sangre que en su tiempo alimentara la cólera de Aquiles.

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