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Agustí Villaronga: “La libertad de mi película partía de sus pocos recursos, de su pobreza”

El director catalán, galardonado con la Biznaga de Oro en el Festival de Málaga, reflexiona sobre “El vientre del mar” y la actualidad de la industria cinematográfica

Agustí Villaronga, Biznaga de Plata al Mejor director en el Festival de Málaga por "El vientre del mar"
Agustí Villaronga, Biznaga de Plata al Mejor director en el Festival de Málaga por "El vientre del mar" FOTO: BLAI TOMAS

A principios de ese año que nunca vamos a olvidar, Agustí Villaronga preparaba la adaptación teatral de un texto del igualmente reverenciado Alessandro Baricco. “El vientre del mar” (en catalán, “El ventre del mar”) era una revisión dialéctica del naufragio real de la fragata Medusa, en 1816, y que provocó que su tripulación se tuviera que echar a la mar en una balsa de apenas 12 metros de largo y 6 de ancho, en la que el hambre y las tensiones no fueron más que en aumento. Después de “Nacido Rey”, la superproducción a la que se subió en 2019 y que tuvo un gran éxito crítico pero no tanto comercial, todo estaba listo para el nuevo Villaronga, con Darío Grandinetti y Eduard Fernández en los papeles de Sevigny y Thomas. Y entonces llegó la pandemia.

Durante la parte más dura del confinamiento, el director se animó a trasladar su relato a lo cinematográfico y comenzó un proceso de producción que, finalmente, le llevó a estrenar su película en el marco de la Sección Oficial del Festival de Málaga. Después de diez largos días de competición, “El vientre del mar” no solo se ha hecho con la Biznaga de Oro a la mejor película y Villaronga con el premio a la Mejor dirección, si no que hasta seis premios se volverán con el realizador a casa. El triunfo, de una película rodada en blanco y negro, y en catalán, en un festival dado siempre al cine más social, a las historias de lo real, e incluso a la comedia, se entiende solo como un “volantazo” y una apuesta sobre seguro por trascender las expectativas. Y no solo eso, sino que es también un espaldarazo a la voluntad de Villaronga de sacar su película adelante y mostrar en pantalla grande una historia sobre la condición humana y sus límites.

De factura obviamente teatral, pero con una dimensión cinematográfica fuera de duda, sufriendo con los pobres pobladores de la balsa, “El vientre del mar” es también una película sobre la duda y la propia inseguridad del hombre, al que dos días de hambre le bastan para dejar de soñar. Villaronga, de la mano de Roger Casamajor y Óscar Kapoya, construye un duelo de titanes que se puede leer sí, como una obra de Baricco, pero también como “western” sobre el origen del odio, el privilegio y la clase.

De izquierda a derecha: Roger Casamajor, Agustí Villaronga y Óscar Kapoya, de "El vientre del mar"
De izquierda a derecha: Roger Casamajor, Agustí Villaronga y Óscar Kapoya, de "El vientre del mar" FOTO: BLAI TOMAS

-Durante el confinamiento se habló mucho de ese “saldremos mejores”. Al ser su película una historia sobre el encierro, aunque sea en mar abierto, ¿ve una relación?

-El mal está presente siempre en nuestras vidas cuando aparecen situaciones así. La película surgió en la pandemia como una especie de rebelión cultural. No se puede hacer nada, nos hemos de quedar parados… Unos se pusieron en el balcón a cantar y nosotros nos pusimos a hacer una película. Limitada de medios, porque no se podía de otra forma y ya está. Y elegí este tema. También tiene referencias a lo que ocurre en el Mediterráneo. ¿Y es un poco pesimista? Pues sí que lo es, pero ya está en el propio texto de Baricco. Yo tampoco la veo del todo pesimista, porque él lo que viene a decir es que la verdad está detrás de situaciones muy terribles. Eso lo escribe él y puede ser, porque tenemos una manera de escondernos de las realidades negativas, y mirar hacia otro lado, y pienso que no es necesario. Hay que saber mirar de frente a las tragedias y a las cosas que no son buenas. E intentar, si se puede, sacar algo positivo de todo eso.

-¿Cómo ha sido el trabajo con los actores desde esa puesta en escena tan teatral?

-A Roger (Casamajor) lo conocía de antes, pero a Óscar (Kapoya) lo conocí con la película. El texto era muy claro y muy inspirador y, de hecho, hemos sido muy respetuosos no tanto con la estructura y la forma de narración, como con las palabras. No hay ni una sola palabra que no sea de Baricco. Con los actores, creo, nos basamos menos en las referencias reales, que había muy pocas de quién era Savigny y quién era Thomas y buscamos, con cada actor, una referencia propia. Tenían que explorar dentro de ellos porque eran sentimientos muy básicos, de odio, de venganza, de celo. Todo eso expuesto allí. Lo más importante de una película son los actores.

-¿Cómo ha sido la traducción desde el lenguaje teatral al cinematográfico?

-Son ideas muy distintas. La obra ya no la he visto porque no existió, pero me la imaginaba bastante diferente. Además tenía ya una escenografía, teníamos la maqueta hecha… Era muy diferente. Funcionaba con solo dos personas y estaba basada en la palabra, porque el teatro es palabra. Aquí hay mucha palabra, pero no es lo fundamental tampoco. Hay mucho silencio, y la palabra funciona como un refuerzo de lo emocional. En el teatro, como todo resulta pequeño, es muy distinto. Aquí no, porque tienes primeros planos, otros personajes… Todo enriquece la visión global. En la versión teatral intenté crear una especie de coro pero me dijeron que no. “No porque esto implica mover mucha gente…” y bueno, pasta. Lo de siempre. Aquí sí se podía aportar y fue fundamental. Esos personajes, ese grupo más o menos homogéneo de rostros subsaharianos aportaba muchísimo y le daba verdad a la película.

-En la película hay referencias explícitas al Holocausto y a las crisis migratorias del Mediterráneo…

-Yo pensaba iniciar la obra de teatro con esas imágenes, de los naufragios en el Mediterráneo, como para situar. Quizá es la única referencia que sobrevive de la obra, junto con ese momento en el que Roger (Casamajor) abre la puerta y se ve el mar.

-¿Qué aportan esas conexiones coyunturales a la película?

-Igual se hace obvio por momentos, pero ayuda a contextualizar la historia. Hay también quien no caerá hasta verlo, claro, pero es algo que está pasando y no está nada lejos de nosotros. El vivir una travesía así de desgraciada está pasando casi día a día. A veces son noticia, y a veces no, pero ocurren siempre. Como película denuncia no funciona, ni es su función tampoco, quizá es más poética. Es un tema tan importante que no se arregla con una película ni con veinte películas, es una cuestión política seria. Ahora bien, el hecho de hacer un recordatorio, sobre todo por ese aspecto humanitario de ponerse en la situación de los demás, pensar en la gente que cruza… En esas situaciones de supervivencia sale lo peor de los seres humanos. Por eso la película se vuelve un poco metafísica por momentos, casi existencial, cuando se habla del mar como una entidad religiosa.

"El vientre del mar", de Agustí Villaronga, y que se hizo con la Biznaga de Oro del Festival de Málaga
"El vientre del mar", de Agustí Villaronga, y que se hizo con la Biznaga de Oro del Festival de Málaga FOTO: La Razón (Custom Credit)

-Si usted hubiera tenido las balsas y los medios de “Master And Commander”, ¿habría rodado de esa manera?

-Nunca me lo planteé, porque la película ya nació pobre. Nacía como un “qué se puede hacer ahora con lo que tenemos”. Esa misma pobreza nos daba mucha libertad. Por otro lado, no sé si esta película hecha con más medios sería igual. Viniendo del texto de Baricco era imposible hacer una superproducción. Quizá, con más presupuesto, lo que habría hecho sería rodar todo en el mar, en una balsa, pero no hubiera cambiado demasiado la mirada. Lo de mirar para dentro y no tanto los hechos históricos.

-¿Estaría de acuerdo si afirmáramos que su cine mira hacia los olvidados de la historia?

-La respuesta está en los libros de Harari sobre el “Homo deus”. Ahí explica que la humanidad está marcada por tres situaciones: hambrunas, pandemias y guerras. Y es verdad, se repiten todo el tiempo. Las tres cosas conllevan el enfrentamiento del hombre con algo que le pasa por encima, como una apisonadora. Eso está ahí y apenas ha cambiado. Siempre hay gente que queda por el camino y hay víctimas. La diferencia es que son cosas, quizá la guerra no, inevitables. Y vivimos en un privilegio nunca antes visto en la historia, que también ha generado mucha desigualdad. Por eso echo en falta más empatía, más entendimiento de las sociedades privilegiadas para ayudar a las que no lo son. Me da mucha pena.

-Ante el panorama que se abre ante autores como usted, que ya cuentan con un cine propio, ¿cree que estamos abocados a la desaparición de la autoría?

-En las plataformas el director pinta poco. El que importa es el “showrunner”. Es él quien marca las directrices y luego hay un equipo que ejecuta. Es alucinante, ves una serie y, aunque haya capítulos de uno y capítulos de otro, la serie es una única unidad estilística clarísima. La autoría queda difuminada. No me parece mal, mientras se respeten los créditos de todo el mundo. Ahora sí, los discursos a contracorriente no sé cómo sobrevivirán ahí. Yo quiero creer que siempre habrá…

-¿Y qué futuro tienen las salas? ¿Cómo ve el futuro del cine?

-Las salas van a quedar para Marvel y poco más. Las películas más pequeñas, que son normales pero parecen pequeñas frente a esas superproducciones, quedarán aguantando semana y media en las salas y de aquella manera… Antes de la pandemia, las salas ya quedaban solo para eso y después será peor, catástrofe. ¿Se recuperarán? Yo lo dudo. Las plataformas han crecido, pero como ocio, no como arte. Han visto un filón de pasta y han ido a por él. Y no me parece mal, han ido a favor del público. No me parece mal siempre que no vayan a por el público o a chuparle la sangre. Habría que mover un poquito la tierra, a ver qué pasa, no ser tan complacientes.