Historia

Nixon-Mao, la reunión que cambió el mundo gracias al ping pong

El presidente de Estados Unidos tenía un sueño, «visitar China antes de morir», y, así, las diplomacias se pusieron manos a la obra para lograr un encuentro histórico que ahora cumple 50 años

Nixon encontrándose con Mao el 29 de febrero de 1972, durante el transcurso de la histórica visita del primero a la República Popular China
Nixon encontrándose con Mao el 29 de febrero de 1972, durante el transcurso de la histórica visita del primero a la República Popular China FOTO: Archivo Archivo

«Cuando el avión “The Spirint of 76″ aterrizó en el aeropuerto de Pekín, el 21 de febrero de 1972, tenía yo muy clara la conciencia de que el mundo iba a cambiar sin posibilidad de volver a ser como antes era. La naturaleza del cambio dependía en gran parte de la forma en que se desarrollaran las conversaciones de la semana siguiente. El viaje en sí mismo y las calculadas decisiones adoptadas por ambas partes ya habían comenzado a producir cambios» (Richard Nixon, «La verdadera guerra», Planeta, 1980). Aquella histórica visita que hace cincuenta años realizó el presidente de los EE. UU a Pekín culminaba la llamada «diplomacia del ping pong».

El jugador Zhuang Zedong, tres veces campeón del campeonato del mundo de Tenis de Mesa, se convirtió en el ojo derecho de la esposa de Mao
El jugador Zhuang Zedong, tres veces campeón del campeonato del mundo de Tenis de Mesa, se convirtió en el ojo derecho de la esposa de Mao FOTO: Archivo Archivo

La relación Washington-Pekín, con tenis de mesa de por medio, hizo fortuna denominando uno de los acontecimientos más notables de la Guerra Fría, pero la realidad es más compleja y fue tejida durante años por Washington para romper una situación insostenible. En 1967, un año antes de ganar las elecciones, Nixon escribía: «Desde una perspectiva de largo plazo, simplemente no podemos permitirnos dejar a China para siempre fuera de la familia de naciones, donde alimente sus fantasías, albergue sus odios y amenace a sus vecinos» («Foreign Affairs»). Ya en la Casa Blanca impulsó el acercamiento, entre otras cosas, pensando que este contacto con Pekín favorecería un acuerdo de paz en Vietnam, de donde trataba de salir a toda prisa para repatriar al medio millón de soldados enfangados en una guerra sin futuro que les costaba anualmente un promedio de 45.000 bajas (7.500 muertos), un río de dinero, un creciente malestar interno y el desprestigio internacional. Las conversaciones de París, 1968, con el régimen de Hanói estuvieron atascadas desde el principio y Pekín parecía la única palanca útil para salir del atolladero.

Las amenazas de Moscú

Por otro lado, hervía la confrontación chino-soviética de 1969 en el río Ussuri no fue un leve intercambio de disparos, sino un combate con decenas de muertos en cada bando. Moscú, siempre desconfiado hacia Mao, le amenazó veladamente a su vecino con la posibilidad de un ataque nuclear y para confirmarlo acantonó medio millón de hombres, respaldados por cohetes nucleares tácticos, ante su frontera con China. Pekín no podía igualar tal envite pues, aunque tenía la bomba atómica desde 1964, carecía de medios nucleares y de vectores comparables. Washington aprovechó la situación para acercarse a China: el presidente Nixon hizo saber a Breznev que consideraba inaceptable la amenaza nuclear y, como gesto, la VII Flota USA se alejó unos días del Mar de China.

Washington conocía el coste de su acercamiento a Pekín: alejarse de la República de China (Taiwán), desgajada del resto de China en 1949 cuando se refugió allí el gobierno nacionalista de Chian Kai-shek. Con apenas 36.000 kilómetros cuadrados y 14 millones de habitantes, Taiwán sobrevivía gracias a su prosperidad económica y al apoyo estadounidense cuyas armas contenían a Pekín y cuya protección política perpetuaba la anomalía de que fuera la única China representada en la ONU. Mientras Washington estudiaba –con fuertes disensiones internas– darle un giro copernicano a sus posiciones en Asia, a partir de 1969 se aproximó a China, suavizando el boicot económico que ya duraba veinte años. En 1970, se produjeron acercamientos secretos y, algunos, públicos: Mao tuvo el inusitado detalle de invitar al periodista norteamericano Edgar Snow al desfile nacional de Pekín y, semanas después, Nixon aseguraba a «Time» que uno de sus deseos antes de morir sería visitar China...

Retrato de Mao Zedong
Retrato de Mao Zedong

En ayuda de tal deseo y de sus intereses acudió, en abril de 1971, la casual relación entre los equipos nacionales de ping pong chino y norteamericano y la visita de este a China, que desató en EE UU una oleada de simpatía. Tres meses después, el secretario de Estado, Henry Kissinger, de visita a Islamabad, «enfermó súbitamente» y el 9 de julio desapareció de la agenda oficial pakistaní. Kissinger estaba iniciando la «Operación Marco Polo», una visita secreta de dos días a China en la que se entrevistó con el primer ministro Zhou Enlai, que le recibió sonriente: «Doctor Kissinger, hay una noticia especial que le concierne: usted se encuentra desaparecido». Hablaron de atemperar la presión de la VII Flota USA en el Mar de China, de retirar las fuerzas estadounidenses de Taiwán, de la normalización de la situación en la ONU y en las relaciones mutuas y acordaron que el presidente Nixon sería invitado a visitar China.

La visita se fijó para el 21 de febrero de 1972 y se le dio tanto relieve que Kissinger y su equipo la trabajaron durante meses y el secretario de Estado la repasó con Nixon, durante 40 horas. Cuando la puerta del avión se abrió y Nixon apareció en ella advirtió al primer ministro Zhou Enlai, al pie de la escalara, aplaudiendo y él, junto con su esposa que le seguía, correspondieron al aplauso. Ya en tierra, el presidente se apresuró a tender su mano al primer ministro que se la estrechó muy efusivamente. A cierto punto, Zhou le comentó: «Su apretón de manos me ha llegado pasando sobre el océano mayor del mundo: 25 años de incomunicación». Nixon Permaneció en China hasta el 28 de febrero y en esa semana visitó Pekín, la Gran Muralla, Shanghái y Hangzhou. En sus relatos posteriores sólo destaca La Gran Muralla, de la que dicen que dijo «¡Vaya tapia!»; los palacios de la Ciudad Prohibida y el Gran Salón del Pueblo. Solo una vez visitó al presidente Mao Zedong, que acababa de estar enfermo. Se cuenta que lo primero que el Gran Timonel le espetó a Nixon fue: «Nuestro viejo amigo Chiang Kai-shek seguro que desaprobará esto». Nixon recordaba («En la Arena», Plaza & Janés, 1990) el siguiente diálogo:

–Voté por usted en las últimas elecciones [dijo Mao].

–Si el señor presidente votó por mí, lo hizo por el menor de los males [bromeó Nixon].

–Me gustan los de derechas... Me siento bastante feliz cuando ocupan el poder.

–A mi modo de ver [concluyó Nixon] lo más importante es que en América (...) los de derechas son capaces de hacer aquello que los de izquierdas se limitan a seguir debatiendo.

El peso de las conversaciones recayó en Zhou, que se entrevistó varias veces con Nixon y Kissinger o a solas con este. En sus notas, el presidente enumera las mil diferencias que los separaban, pero, también, lo que les unía: «Nuestro común interés estratégico en oponernos a la dominación soviética de Asia (...) Nosotros no amenazábamos a China, pero la URSS sí lo hacía (...) El interés por su seguridad se sobreponía a una cuestión de simple ideología». Al finalizar la visita, elaboraron el Comunicado de Shanghái, en el que la que cada país resaltó las cuestiones en las que no estaban de acuerdo, que eran casi todas, pero en algo si lo estaban: no tratarían de «ejercer la hegemonía en la región Asia-Pacífico y cada una de ellas se opondría a toda tentativa por parte de terceros para ejercer tal hegemonía». Al final de la visita, a la hora de los brindis, Nixon dijo: «Ha sido esta una semana que ha cambiado el mundo (...) Pero no es tan importante como lo que haremos en el futuro para tender un puente sobre las 16.000 millas y los 22 años de hostilidad que nos han separado. Lo que hoy hemos acordado es que debemos construir ese puente».

UNA DIPLOMACIA DIFERENTE

El ping pong nació en Inglaterra en el siglo XIX y las competiciones internacionales fueron dominado por jugadores europeos hasta mediado el siglo XX, pero desde hace sesenta años son los chinos quienes dominan las competiciones. Con más de cien millones de practicantes, el tenis de mesa es el deporte nacional de China y fue un lazo de unión entre Pekín y Washington. El 4 de abril de 1971, durante el mundial de ping pong de Nagoya, Glen Cowan, jugador estadounidense, perdió su autobús y regresó a la residencia de los deportistas en el de los chinos. La situación era tan tensa como sorprendente porque a los chinos se les había prohibido relacionarse con los norteamericanos, hasta que Zhuang Zedong, triple campeón mundial, se acercó a Cowan y le regaló un bordado con un paisaje chino. Al día siguiente, Cowan buscó a Zhuang y le regaló una camiseta con el símbolo de la paz, la bandera estadounidense y el lema «Let it be» («déjalo ir», la canción de los Beatles). Ese contacto fue seguido por una invitación para que el equipo americano visitara China una semana después, rompiendo 23 años de aislamiento.