“Muchos ven a don Pelayo como un protofascista”

Yeyo Balbás publica “Espada, hambre y cautiverio”, un volumen donde cuenta curiosidades tales como que la batalla de Guadalete no sucedió allí y que la conquista de Hispania por el islam fue cruel

La batalla de Covadonga descrita en un manuscrito, con Pelayo en la cueva y abajo los musulmanes
La batalla de Covadonga descrita en un manuscrito, con Pelayo en la cueva y abajo los musulmanes FOTO: wikipedia Wikipedia Commons

El historiador Yeyo Balbás ha abordado los años que discurren entre la derrota del reino visigodo frente al islam y el nacimiento del reino de Asturias. El resultado es «Espada, hambre y cautiverio» (Desperta Ferro), un relato cimentado en el examen detenido de la documentación y enriquecido con los viajes que ha hecho por los lugares donde sucedieron los acontecimientos. «Se ha explicado la conquista musulmana como una conquista pacífica. Pero esta interpretación viene de la posmodernidad, que ha convertido al tradicional antagonista, el islam, en un alter ego idealizado. El malo pasa a ser el bueno. Goytisolo, por ejemplo, proyecta en el islam los antivalores del nacional catolicismo».

Para Balbás, «la conquista árabe no fue distinta a ninguna otra de la antigüedad» y explica que «las fuentes reflejan que para forzar la capitulación de las poblaciones se acudía a una estrategia de terror. Crear un estado de histeria facilitaba los pactos de sumisión de las ciudades. En ese tiempo, cuando un territorio quedaba desprovisto de tropas, estaba a merced de los conquistadores y muchos centros urbanos eran obligados a capitular. En el reino visigodo, había una aristocracia con huestes privadas y un ejército móvil en Toledo. Poco más. La mayor parte de la población estaba desmilitarizada. Una vez que se perdieron sus huestes, el reino visigodo cayó como un castillo de naipes. Mérida resistió unos meses, pero los visigodos no podían hacer frente a Tariq y Musa».

Esclavas sexuales

Este relato sepulta la imagen idealizada de Al-Ándalus. «Fue un califato y un califato era una teocracia gobernada por la sharía. Los que no se convertían estaban sometidos a una presión fiscal extrema, debían pagar impuestos, se les obligaba a llevar un colgante para indicar que habían pagado y el rito de la contribución llegaba a ser humillante». Yeyo Balbás recuerda la «Crónica mozárabe» de 754, que realiza un retrato cruento de la conquista. «Habla de la población que se esclavizó. Y lo podemos contrastar con la propia documentación árabe, donde la expresión perlas sin horadar se refería a las doncellas cautivas. Las conquistas musulmanas buscaban en esta época esclavas sexuales. El número de concubinas en los harenes era símbolo de rango social. Y llegó a niveles disparatados. Abderamán III tuvo 6.300. Se dio una trata institucionalizada de mujeres blancas en Al-Ándalus. Eran muy valoradas en la Córdoba califal. Una mujer negra costaba 300 dinares, una blanca del norte, 1000 dinares. Las esclavas que cantaban, 10.000. La propia aristocracia árabe tenía cierto gusto por las mujeres rubias. Por eso, después, los califas omeyas tenían ese color de pelo y los ojos azules, aunque su identidad fuera árabe. Habían adquirido los rasgos de sus madres».

El historiador reconoce que la sociedad de Al-Ándalus fue «sofisticada», pero al mismo tiempo mostraba una enorme crueldad. «Su mito proviene del orientalismo y porque ponemos el acento en la vida aristocrática, olvidando al campesinado. Cuento cómo una de las puertas del Alcázar de Córdoba estaba decorada con cabezas humanas. Al-Mutámid, en Sevilla, tenía las cabezas cortadas de sus enemigos con un cartel que indicaba quién era quién. Existen descripciones de cabezas cercenadas en las fuentes árabes. Nos hablan de montañas de cabezas que superaban la altura de una lanza. Esta crueldad choca con su fineza cultural».

La figura de don Pelayo

Don Pelayo es uno de los protagonistas de este periodo. Una figura desgarrada por una catarata de tergiversaciones desde su victoria en Covadonga en 722, hace 1.300 años (aunque la fecha todavía es discutida). Un personaje que hoy, con el auge de los nacionalismos, resulta complejo de explicar. «El franquismo se apropió de Covadonga y de don Pelayo como héroe fundador de la nación española. Esto impulsó una corriente crítica que acaba en la visión nacionalista». El historiador asegura que «Pelayo no tuvo motivaciones patrióticas, pero muchos lo critican y lo ven como un apéndice retroactivo del nacionalcatolicismo franquista. Muestran la misma hostilidad hacia él como hacia el franquismo. Pero lo único que refleja esta postura es que esas personas no han logrado soslayar la contaminación ideológica del personaje por parte de la dictadura».

Yeyo Balbás pone sobre la mesa otra paradoja: «Los indigenistas de la posmodernidad perciben las revueltas de los pequeños contra los imperios con simpatía, pero no a Pelayo, que fue justo eso. A él, Pelayo, lo ven como a un protofascista. Pelayo fue una figura que se negó a asumir la autoridad, después de tratar de integrarse en el mismo esquema político para sobrevivir. Fue un rebelde y es curioso que se le vea como lo contrario».

-Y a eso hay que sumar el nacionalismo.

-Los nacionalismos periféricos han manifestado su rechazo hacia cualquier referente de nuestra historia nacional conjunta y todas las figuras que pueden ser un icono dentro de la historia española. En los últimos años, en Cataluña ha existido una ofensiva historiográfica exacerbada que revela que cada vez hay más libros que muestran la vinculación entre la universidad y el poder político. Esto ha generado una historiografía oficial. Los estudios históricos dan cuenta de estas tensiones políticas. Es curioso el nacionalismo vasco, que defiende su visión del vasco indómito, pero mira con hostilidad el núcleo asturiano de entonces, cuando debería haber cierta afinidad ideológica. Pero la mayor hostilidad hacia Pelayo viene del andalucismo. Proviene de esta idealización de Al-Ándalus y su pueril identificación de la Andalucía moderna con el Al-Ándalus medieval.

-Existe esa idealización.

-Viene de antiguo, del propio mundo árabe. Córdoba se convierte en un ente mítico, un referente cada vez más idealizado. Los cronistas engrandecen sus maravillas y las dimensiones de Córdoba... pero cuando venían los viajeros del mundo árabe en el siglo XVI y XVII, se echaban a llorar. Las expectativas eran grandiosas y Córdoba no era lo que se esperaban. El mundo aún refleja esa visión nostálgica. Hoy se ve a los reinos cristianos como algo atrasado y al Al-Ándalus, en cambio, tolerante y con los valores posmodernos de respeto hacia las mujeres. Por supuesto, esto es inexistente. En ellos y en cualquier sociedad medieval, no solo la islámica.

Yeyo Balbás reconoce que hubo muchas razones para la revuelta de Pelayo: étnicas, religiosas y cuestiones fiscales. Pero añade una razón que parece de leyenda y que, en cambio, pocas veces se cita. «Las causas de su levantamiento se desconocen. Munnuza, el gobernador de Gijón, lo habría enviado a Córdoba. Durante su ausencia, obligó a su hermana a casarse con él. Él no aceptaría eso. Esto, la crítica moderna, lo ha interpretado como de novela. Pero los enlaces eran comunes entre las élites locales y los conquistadores. Se reconocen como una alianza. En este caso, debieron devenir conflictos de intereses».

¿Cuáles eran? Balbás explica una teoría argumentada por algunos estudiosos. «La sociedad árabe era extraordinariamente patriarcal. Ignoraban el linaje de la mujer. Era patrilineal. Una mujer romana heredaba igual que su hermano. En la sociedad árabe, la mitad. Y para evitar que las herencias salieran del linaje familiar, la endogamia era habitual. Entre las alianzas hispanogodas con árabes, esto hacía que las herencias de tierras se integraran en las estructuras patrilineales musulmanas. Y como los musulmanes eran polígamos y podían tener cuatro esposas, la tendencia era que los árabes acapararan todas las propiedades».

-¿Quién era, entonces, Pelayo?

-Una de las crónicas dice que uno de los siete espatarios de Witiza y Rodrigo. Era responsable por tanto de una unidad de la guardia. Estaríamos ante un noble hispanogodo con una parte de carrera política. En otra versión, se le vincula con la realeza, pero es posible que fuera con la intención de que hubiera una continuidad de su reinado con el reino visigodo. Es factible que pudiera haber estado en la batalla de Guadalete. Lo que ocurre es que no tenemos fuentes que lo cuenten.

-La batalla de Guadalete no fue en Guadalete.

-La crónica mozárabe la sitúa al norte de la bahía de Algeciras, cerca de la laguna de la Janda, que fue desecada en los años cincuenta del siglo pasado para uso agrario. No es nada nuevo. Estaba asumido en el siglo XIX, pero Sánchez-Albornoz impuso Guadalete y se ha mantenido por su prestigio.

-¿Fue una batalla dura?

-Las crónicas musulmanas reflejan que fue la más cruenta librada en occidente. La comparan con el fin del mundo. Fue dura por las pérdidas humanas en ambos bandos y por la muerte del rey, que no era nada común. Los musulmanes dejaron allí una cuarta parte de los efectivos. Para los visigodos fue su aniquilación. Esto se debe a que Rodrigo estaba en el centro y los witizanos, en las alas. Una vez empieza el combate, las alas huyen y envuelven al ejército de Rodrigo, que quedó rodeado. Los tratadistas militares saben que nunca debes cerrar al enemigo. Siempre tienes que dejarle la posibilidad de huir, porque, de lo contrario, lucharán hasta el último aliento. Son los combates más duros, con mayor número de bajas y de una enorme ferocidad. Los hispanogodos, al verse rodeados por los bereberes, debieron defenderse hasta el final. Fue una carnicería.

-Y murió Rodrigo.

-En batalla. Lo que dicen es que Rodrigo falleció ahogado y su cuerpo no pudo ser recuperado, aunque encontraron restos de su montura. Los caudillos militares eran protegidos por su guardia para evitar que pereciera. El debió perecer al tratar de cruzar la laguna, que debía ser un cenagal.