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Cristian Mungiu y la Europa del odio

El director rumano disecciona las enfermedades mortales del continente en “RMN”

"RMN", del rumano Cristian Mungiu
"RMN", del rumano Cristian Mungiu LR

«RMN» son las siglas de «Resonancia Magnética Nuclear». Matthias observa fascinado las imágenes de la resonancia de su padre en el móvil, como si en ellas pudiera leer los signos de su enfermedad neurológica. El rumano Cristian Mungiu hace lo mismo con los habitantes de un pueblo de Transilvania para diagnosticar, ampliando su ángulo de visión, una de las enfermedades mortales de la Europa contemporánea: el virulento racismo como metástasis social y moral, la intolerancia hacia los emigrantes extracomunitarios, la ideología de la extrema derecha pudriendo las células de un cuerpo agonizante.

La xenofobia, nos cuenta Mungiu, es una reacción en cadena: en Alemania, Matthias es «un gitano»; en Rumanía, los trabajadores eventuales de Sri Lanka en una fábrica de pan, que se quedan con el empleo que los locales rechazan, son víctimas de un linchamiento público. Mungiu invierte la primera parte de la película en construir un fuerte sentimiento de comunidad a través de dos personajes, el citado Matthias y Ana, su examante, cuyas derivas y encuentros empiezan a sugerir la división en dos bandos que cristalizará cuando el conflicto racista evoque la «Furia» de Fritz Lang.

La larga secuencia de la asamblea en el centro cultural nos recuerda la maestría del Mungiu de «4 meses, 3 semanas, 2 días» (Palma de oro en 2007) para crear tensión en plano fijo, pero, en general, el mensaje del filme está en exceso enfatizado. Eventos puntuales –un niño que se ha quedado mudo, las explosiones de rabia de Matthias y su expresión adusta, un suicidio– crean círculos concéntricos de mal rollo que confluyen en una previsible catarsis colectiva que se ve venir.

De catarsis sabe mucho Arnaud Desplechin. Cuando uno decide empezar «Frére et Soeur» con un hermano (terrible Melvin Poupaud) que prohíbe a su hermana (Marion Cotillard) asistir al velatorio de su hijo de seis años, y con un (implausible) accidente de tráfico, sabe a lo que se expone: de ahí solo se puede ir hacia abajo. Si las mejores películas de Desplechin («Rey y reina», «Un cuento de Navidad»), con la que «Frère et Soeur» quiere compartir una cierta celebración de lo irracional y lo impulsivo como respuesta a los vaivenes emocionales de la vida, eran, en el fondo, puestas en escena del amor incondicional, aquí solo hay odio. Un odio que es un agujero negro narrativo que lo engulle todo: las relaciones entre el teatro y la realidad, la familia como refugio pero también como cárcel, el ímpetu destructivo del narcisismo mal entendido. A Desplechin no le interesa el porqué de ese odio, pero esa decisión vacía a la película de todo sentido y empatía. Lo que queda es una masa informe, pedante e insufrible, la que es, sin duda, la peor película de su filmografía.