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¿Chicago? No, Barcelona, años 20

Luis Tosar es un agente que se mueve en las cloacas del Estado en «La sombra de la ley», un «thriller» ambientado en la Ciudad Condal azotada por el anarquismo y el gangsterismo.

  • ¿Chicago? No, Barcelona, años 20

Tiempo de lectura 2 min.

12 de octubre de 2018. 03:11h

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Gonzalo Núñez .  12/10/2018

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Pistoleros, agentes corruptos, gángsters, cabarets, ajustes de cuentas... Podría ser, como tantas otras veces, Chicago, pero en este caso hablamos de Barcelona. Una ciudad, en los violentos años 20, sacudida por el anarquismo, los desordenes, las luchas sociales, el incipiente feminismo y las tensiones con el Estado, en la que, además, no faltaban pistolas, muchas, en la calle. Nada que envidiar al marco histórico del cine negro norteamericano que hemos mamado desde la infancia. Y eso es en parte «La sombra de la ley»: un trocito del alma de «Los intocables de Eliot Ness», «Érase una vez en Ámerica» o «Muerte entre las flores» injertado en una historia cien por cien española.

Una fantasía recurrente

Luis Tosar es muy fan de, entre otras, estas cintas, y para él trabajar en la película de Dani de la Torre (que ya le dirigió en «El desconocido») es cumplir con «una fantasía recurrente de los actores, que es hacer de gángster». Interpreta a Aníbal Uriarte, un agente recién llegado de Madrid para incrustarse en una brigada barcelonesa corrupta hasta la médula y descubrir qué se cuece en el movimiento anarquista y sacar rédito para altas esferas estatales. «Es un poli duro, que fuma muchos cigarros, que se expresa casi a puñetazos y habla muy poco. Tiene un pasado atormentado por la guerra de Marruecos», explica Tosar.

Su encuentro con Sara, la hija de un líder sindical y a su vez cabecilla del movimiento feminista, despertará en él sentimientos encontrados que le harán cuestionarse por su papel en la Inteligencia. «Aníbal es oscuro y forma parte del sistema, lo que hoy llamamos las cloacas del Estado; sus métodos son los que son y no le tiembla la mano a la hora de llevarse por delante a alguien, pero gracias a Sara irá evolucionando. Es un ser reseco emocional y espiritualmente, un hombre de acción, un ejecutor, que de repente se encuentra con gente que tiene una misión colectiva de progreso para la sociedad».

El contexto de la Barcelona de los años 20 hace pensar al actor que «no hemos avanzado tanto en cien años, seguimos con los mismos debates». Además, considera inevitable que la agitación de aquel periodo histórico haga recordar los días turbulentos que se viven en Cataluña con movimientos de «agitación pura y dura, un conflicto alrededor del cual se monta un circo en el que uno dice una cosa y otro otra y todos buscan beneficio».

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