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Eres un pintor impresionista, no un fotógrafo

Una exposición del Museo Thyssen explora el «contagio» de la fotografía que experimentó la pintura de finales del XIX en los círculos parisinos.

  • Una limpiadora junto a «El puente de Argenteuil y el Sena», de Gustave Caillebotte, y una fotografía de Édouard Baldus. Foto: Alberto R. Roldán
    Una limpiadora junto a «El puente de Argenteuil y el Sena», de Gustave Caillebotte, y una fotografía de Édouard Baldus. Foto: Alberto R. Roldán

Tiempo de lectura 4 min.

12 de octubre de 2019. 02:29h

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Gonzalo Núñez 12/10/2019

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La pintura es el arte de mirar y no se mira igual el mundo en el siglo XII, el XV o el XXI. «Modos de ver», que decía John Berger, en el que concurren numerosos factores, uno de los cuales, y no el menor, es la ciencia y tecnología de la época. No se puede concebir el descubrimiento de la perspectiva pictórica sin las líneas que antes trazaron sobre plano los matemáticos, los ingenieros y arquitectos, como tampoco se puede entender el carro sin la rueda. Instintivamente, todo está conectado. Para los impresionistas, la novedosa tecnología de la fotografía fue una fuente inevitable de inspiración y una herramienta que cambió su modo de mirar, de trabajar y de pensar la imagen.

«Ellos fueron la primera generación de artistas nacidos ya con la fotografía», señala Paloma Alarcón, comisaria de la exposición «Los impresionistas y la fotografía. Una nueva mirada», que estará del martes al 26 de enero en el Museo Thyssen-Bornemisza. Como «nativos fotográficos» (hoy se debate sobre la influencia de lo digital en la Generación Z, por ejemplo), ni supieron ni quisieron abstraerse de este fenómeno que no siempre fue bien recibido en los círculos artísticos. Baudelaire, por ejemplo, lamentaba la «locura y el fanatismo» de estos nuevos Narcisos que se lanzaron en pos de la fotografía y la tóxica idea de su «exactitud». Y, por supuesto, nadie estaba dispuesto a darle el estatus de arte.

El mundo se fragmenta

Pero los impresionistas, instintiva o conscientemente, se «contagiaron», precisa Alarcón, del ojo fotográfico, de la nueva idea de lo transitorio y fragmentado del mundo, y de la composición y encuadre de esta herramienta que evolucionó desde el daguerrotipo a la impresión en papel en pocas décadas y que en el último tercio del XIX ya contaba con virtuosos como Nadar y Le Gray, ambos bien representados en la exposición a través de copias provenientes de colecciones privadas de los Pearlman y los Getty. Monet, Manet, Bazille, Caillebotte, Courbet y Degas, entre otros artistas que figuran en esta muestra con 66 óleos y más de 100 instantáneas, asumieron del «ojo fotográfico» esa «primera impresión, la imagen sin meditación, la idea de fragmento, de que el mundo no cabe en su totalidad, la luz, los cambios...», añade Alarcón. Esta nueva inspiración los alejó de la pintura historicista y mitológica canónica anterior.

Fotógrafos y pintores compartieron intereses y espacio. La exposición del Thyssen se articula a través de temáticas como el bosque, el retrato, la ciudad... En todos ellos se muestra ese «contagio» a veces literal, mediante la copia, de la pintura. Las fotografías permitieron a los artistas congelar a las modelos o nutrirse de nuevas perspectivas, como las imágenes aéreas desde ventanas de la ciudad que encontramos después en obras como el Pisarro de «Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia». La muestra nos permite pasear por una París en expansión, donde pintores y fotógrafos documentan puentes, naves industriales y bulevares del ensanche de Haussmann, así como dan fe del interés por el gótico. La famosa serie de la catedral de Rouen de Monet guarda grandes similitudes con las instantáneas que circulaban en el mundillo artístico de Baldus, Frères o Quinet.

La Kodak de Degas

Además, artistas como Degas y Caillebotte experimentaron directamente con la fotografía a nivel amateur. Degas, que se sumó a la invención de la Kodak, se nutrió para muchos de sus desnudos de espaldas de poses fotográficas previas de otros profesionales, imágenes tan denostadas por un maestro del desnudo como Ingres. Curiosamente, con el tiempo se dio el movimiento inverso: los fotógrafos intentaron prestigiar su actividad, tan ligada a lo comercial, con instantáneas de corte artístico que semejaban técnicas pictóricas.

El impacto de la fotografía puede rastrearse además en ámbitos como la historiografía. Los artistas pudieron inventariar sus obras o testimoniar sus exposiciones con esta nueva tecnología. Así, la muestra del Thyssen cierra con una sala dedicada al sorprendente archivo de Manet, cedido por la familia Suárez-Zuloaga. Son imágenes tomadas de sus cuadros acabados, algunas de ellas coloreadas a mano posteriormente, y de la sala de la exposición póstuma del artista.

En resumen, «el antiguo respeto a la integridad de las composiciones es transformado en una realidad truncada carente de centro, tal y como les enseñó el enfoque sintético y fragmentado de la fotografía», concluye Alarcón. Una nueva forma de mirar que determinaría de forma fundamental la sensibilidad artística de ese tiempo anterior al otro gran invento que estaba por llegar y que también condicionaría a la pintura: el cine.

Bazille y compañía

Uno de los atractivos de la muestra «Los impresionistas y la fotografía» es poder contemplar varias obras de Jean Frédéric Bazille, un artista menos conocido y expuesto en España. Su «Reunión familiar», de gran formato, es una de las piezas más interesantes de la muestra a juicio de la comisaria. La obra ha sido cedida por el Museo D’Orsay de París. Patricia Alarcón destaca también la «Catedral de Rouen: el pórtico (efecto de mañana)», de Monet, proveniente de la Fundación Beyeler de Basilea, y el desnudo «Después del baño, mujer secándose», de Degas, que se conserva en Princeton.

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