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«Eso es una pendejada»

La leyenda de «Cien años de soledad»

  • De izda. a dcha., García Hortelano, Barral, García Márquez, Vargas Llosa, Clotas y Castellet, en 1970
    De izda. a dcha., García Hortelano, Barral, García Márquez, Vargas Llosa, Clotas y Castellet, en 1970
Barcelona.

Tiempo de lectura 4 min.

22 de abril de 2014. 16:24h

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Barcelona. 22/4/2014

A lo largo de los años he oído decenas de versiones del rechazo de Carlos Barral a «Cien años de soledad». Que el manuscrito quedó enterrado en una pila de originales en una mesa antes de unas vacaciones, que el comité de lectura lo había desestimado o que Barral lo consideraba literatura oral de bajo rango y que lo rechazó sin temblor alguno. Huelga decir que muchas de estas historias escondían cierta animadversión hacia el autor –insinuando que el editor hizo bien en este presunto rechazo– o bien hacia el editor –demostrando que el mito hacía agua al desdeñar una obra capital del siglo XX–, aunque debo admitir que, incluso en mi familia han ido cuajando las versiones, posiblemente contaminadas por aquellas que afloraban en los mentideros literarios.

Ya Carlos Barral en vida intentó aclarar este asunto en una carta a Juan Goytisolo publicada en el diario «El país» en 1979. Dice Barral: «Pues bien, hora es ya que diga –porque además de Goytisolo, otros lo creen también– que no rechacé el manuscrito, un manuscrito que no tuve ocasión de leer, del libro capital de Gabriel García Márquez». Luego explica que Gabo, al que todavía no le unía la amistad que forjaron más tarde, sí le envió un telegrama que llegó al filo de las vacaciones estivales. Pero, en definitiva, recalca Barral, «no leí "Cien años de soledad", cuyo manuscrito no había cruzado el océano, sino después de publicado por Editorial Sudamericana». Esta aclaración no surtió el efecto deseado pues siguen, treinta y cinco años más tarde, multiplicándose las versiones más o menos pintorescas.

En cierta ocasión le pregunté a García Márquez por alguna de las variaciones más recurrentes como la del manuscrito olvidado en la oficina. «Eso es una pendejada. No lo leyó porque no lo tuvo entre sus manos», dijo sonriente. Pero seguía intrigándome el motivo por el que ni él, ni Carlos Barral ni García Márquez desmintieron el bulo del rechazo y dejaron crecer el cuento tantos años. Gabo me contó que a Barral le divertía ser el André Gide de las letras hispanas y que como vio que el editor no lo desmentía, en una suerte de pacto de caballeros, tampoco él hablaba al respecto.

Lo cierto es a Carlos Barral siempre le pareció excesivo el prestigio de los editores y, en esa tómbola que es la posteridad, en la que es difícil medir qué quedará de cada uno cuando no estemos, sabía que su labor editorial engulliría su obra poética y memorialística. Quizá por eso dejó crecer la historia de que él fue el editor que rehusó publicar «Cien años de soledad». A lo mejor era mera indolencia frente al qué dirán. Lo que es incontrovertible es que la verdad no consiguió acallar una potente leyenda urbana entonces y quizá tampoco lo haga ahora.

De todos modos, y ya hablando del oficio de editor, es muy frecuente que los editores declinen editar obras que, a la postre, han sido importantes en la historia de la literatura. Muchos de los grandes autores y de los grandes libros pasaron de mesa en mesa hasta que un editor se decidió a publicarlos. Como es lógico, todos tienen aciertos y fracasos, y, sobre todo, no existe el editor de larga trayectoria que no se arrepienta de no editar algún manuscrito. Y es que todos tiene un borrón. Y Carlos Barral tuvo varios –algunos palmarios–, pero «Cien años de soledad» de Gabriel García Márquez no fue uno de esos.

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