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La diva de nuestros días

Tiempo de lectura 2 min.

26 de diciembre de 2015. 13:04h

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26/12/2015

Anna Netrebko es posiblemente la diva de nuestros días para la ópera italiana, la sucesora de Callas, Tebaldi, Caballé, Price, Fleming, etc. Nadie lo presagió cuando en abril de 2001 cantó el papel de Natasha Rostova en «Guerra y Paz» en el Teatro Real, en aquella monumental producción con más de cuatrocientas personas que comandó Valery Gergiev, aunque ciertamente aquella chica desnutrida fuese la más aplaudida. Gergiev fue precisamente su descubridor cuando se encontró con ella paseando en bata por uno de los pasillos del Teatro Mariinski de San Petersburgo, apenas aterrizada en él tras ganar un concurso de canto. Él la hizo debutar a los 22 años como Susana en «Bodas de Fígaro». Desde entonces, ambos han sido uno de los emblemas de Putin, protector del arte en su ciudad natal.

Pronto buscó fortuna en América, siendo figura habitual en San Francisco, donde labró sus interpretaciones de Mimi, Gilda, Elvira o Julieta. Pisó por vez primera el Met con «Guerra y Paz» en 2002, para ese mismo año debutar en Salzburgo como Doña Ana en «Don Giovanni» y esta ciudad la lanzaría a la fama en el verano de 2005 con la inolvidable «Traviata» salzburguesa –obra que había cantado antes en la vecina Munich– de Willy Decker junto a Rolando Villazón. Tres años más tarde, repetiría triunfo con la misma obra en el Covent Garden junto a Hvorostovsky y un Kaufmann que tampoco era entonces lo que es ahora. Netrebko tenía entonces una figura espléndida y representaba todo lo que un director de escena podía desear.

Volvió a Nueva York, pero ya famosa, y conquistó definitivamente al público del Met, al que ha regalado gran parte de su repertorio. Se ganó el apodo de «El ruiseñor de San Petersburgo» y, para qué negarlo, muchos la encontrábamos sobrevalorada. Su «Lucia» nos parecía muy lejos de otras del pasado y realmente lo estaba. Pero ella, al margen de sus cambios sentimentales tenor-barítono-tenor, se rodeó de buenos consejeros y maestros, y supo perfeccionarse.

Han pasado los años y ya no es lo que era. La mujer se volvió rolliza, al estilo de las divas del pasado, pero su voz también ganó peso hasta el punto de incorporar Lady Macbeth a su repertorio. Naturalmente, ya no podrá volver a ser la reina de la noche de sus inicios, ni quizá tampoco Norina, pero sí Iolanta, Leonora o Tatiana y hasta quizá se atreva con Abigaille. Hay que reconocer que es la soprano más interesante del panorama, la más completa, aunque para alcanzar a aquellas citadas al inicio le falte algo muy importante: un poco más de personalidad en la voz, ese algo que la convierte en inconfundiblemente identificable.

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