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Wolfe deja mudo a Darwin

En su último libro, que se publica en español tres meses después de su muerte, el mordaz periodista refuta con armas literarias la teoría de la evolución.

  • Wolfe deja mudo a Darwin

Tiempo de lectura 4 min.

31 de agosto de 2018. 09:47h

Comentada
30/8/2018
Wolfe deja mudo a Darwin
  • Título:

    «El reino del lenguaje»

  • Autor:

    Tom Wolfe

  • Editorial:

    ANAGRAMA

  • Nº de páginas:

    184 Páginas

  • Precio:

    17,90 euros

En su último libro, que se publica en español tres meses después de su muerte, el mordaz periodista refuta con armas literarias la teoría de la evolución.

Tom Wolfe ha dejado una marca innegable –e indeleble– en el periodismo contemporáneo. Definió un nuevo género al poner las técnicas literarias al servicio del periodismo y que se vieron revalidadas con el Premio Nobel de Literatura, Svetlana Alexievich. Sí... el arte de la crónica podía ser literatura de la buena, no erraba en el tiro. En la década de 1960, cuando apareció por primera vez en escena con su estilo extravagante, sus trajes blancos y su ingenio mordaz e iconoclasta, Wolfe sirvió como desfibrilador para una cultura intelectual que había quedado moribunda a causa de la conformidad y la inquisición ideológica. Pero aunque radical en su estilo, la ideología de Wolfe siempre fue conservadora. Como buen diletante, las contradicciones del progresismo y la sandez de la elegancia radical le proporcionaron un amplio material para sus sátiras con más forma que fondo. Eso fue siempre: más espuma que cava. Mientras correligionarios de letras como Norman Mailer se arriesgaban a ser arrestados por protestar contra la guerra del Vietnam, el duque níveo de las letras metía solo un pie en la piscina del lodo político criticando a los famosos por su filantropía. Una lástima, con la gran pluma que gastaba.

En este último libro, que después de 16 años sin publicar se ha convertido en su testamento literario, Wolfe se metió en camisa de once varas. De criticar a artistas, escritores o críticos pasó a buscar un objeto de burla mayor: la evolución y el habla. ¿Su argumentación es lo suficientemente solvente como para cargar tintas contra Darwin y Chomsky? ¿Tenía sentido desafiar a ambos tótem en lo relativo al origen del lenguaje humano en un libro parcial, plagado de excentricidades argumentativas?

¿Qué nos hace humanos?

En estas páginas, el darwinismo recibe un sonoro costalazo porque –según Wolfe– no puede explicar el rasgo específico que de manera preeminente nos hace humanos. Decir que los animales evolucionaron para dar origen al hombre, escribe, «es como decir que el mármol de Carrara evolucionó para dar origen al David de Miguel Ángel». Quien esto escribe, no entiende demasiado. Pero en lo que se concentra es en cómo la tesis evolucionista, desde Darwin hasta Chomsky, ha fracasado en su intento de explicar el lenguaje. Resumiendo, el habla nos ha posibilitado, a los animales racionales, conquistar cada centímetro cuadrado de la superficie del mundo, someter a todos los seres vivos y comernos la mitad de la población marina. ¿Cuál es el hallazgo de la teoría de los orígenes si no se puede arrojar luz sobre el principio de nada? Wolfe desarrolla su historia en términos de dos pares de rivales –Darwin y Russel Wallace, por una parte, y los lingüistas Chomsky y Daniel Everett, por la otra–. En estos dos pares de científicos, uno es la figura establecida, el hombre de categoría y prestigio (Darwin, Chomsky), que por su parte es adelantado y casi derribado de su pedestal por un investigador de campo de menor posición social (Wallace, Everett).

El libro se resume en pocas palabras: Wolfe critica a Darwin y a sus colegas por tomar el crédito parcial de Wallace por la teoría de la evolución e ignorar su trabajo posterior. Al mismo tiempo critica a Chomsky por despedir a Everett, quien cuestiona su afirmación de que todos los idiomas se basan en un mecanismo de cableado conocido como el dispositivo de adquisición del lenguaje. El autor argumenta que el habla, no la evolución, diferencia a los humanos de los animales y es responsable de todos los logros complejos de la humanidad. Quizá, desde la ignorancia de quien esto escribe, «distorsiona la teoría de la evolución» en tanto que Darwin no tenía evidencia de su teoría del habla humana y, en lo tocante a la lingüística, Everett no derribó la teoría de Chomsky de la gramática universal. El órgano del lenguaje quizá no sea un producto de la selección natural, y muchos eruditos creen que el experto subestima el poder explicativo. Wolfe ignora que a lo largo de su carrera Chomsky se ha opuesto a la opinión de Darwin sobre que el lenguaje evolucionó gradualmente. La teoría del gran lingüista reinó hasta 2008, cuando Everett sacó a la luz un lenguaje primitivo, el de los Pirahã, un pueblo del Amazonas, que carecía de una característica lingüística clave (la recursividad), que según Chomsky era universal.

Wolfe finalmente pierde la esencia del debate saliendo por peteneras. Como periodista, entiende que la base probatoria de sus objeciones es escasa. Sin embargo, al carecer del aparato intelectual para la refutación científica, despliega un arsenal literario. El resultado es muy entretenido, pero se produce en detrimento de la ciencia. Se trata de un buen libro bellamente escrito, aunque lleno de errores imperdonables. Este es su testamento literario y, quizá sabedor de ello, no podía dejar de disparar contra dos vacas sagradas... distanciadas por un siglo. Wolfe hasta el final.

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