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Lo que Delibes pintaba de joven

Sale a la luz «La bruja Leopoldina», una narración inédita del escritor que él mismo ilustró. Una obra que escribió a los 18 años y que reúne las dos grandes vocaciones que vibraban en él: la literatura y el dibujo.

  • Primera ilustración de este relato con el arranque del texto en el ángulo inferior derecho
    Primera ilustración de este relato con el arranque del texto en el ángulo inferior derecho
Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

27 de abril de 2018. 03:34h

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J. O..  Madrid. 27/4/2018

Aquí tenemos a Delibes antes de Delibes, al escritor con la sangre ya envenenada de palabras, con el impulso vocacional, pero todavía privado de la brújula artística que le orientaría hacia su propio reino estético, eso que los críticos suelen denominar «universo» y que más tarde cimentaría en esos textos que nos dan la adecuada y sombría radiografía de la posguerra, esas novelas contagiadas de la tierra que él habitaba que son «La sombra del ciprés es alargada», «El camino», «Las ratas» y «Los santos inocentes». Este es un autor inmerso todavía en la multitud de tentaciones que pueblan el genio, que juega con el lápiz sabiendo que de su mina saldrá algún día una profesión, aunque todavía no sepa si su alma se decantará por la versatilidad del verbo o las sinuosidades del dibujo.

La relevancia de «La bruja Leopoldina» radica en iluminarnos a un joven de inteligencia bifurcada, que todavía no sabe si escoger las letras o las bellas artes. Más que un trabajo es el testimonio retrasado de un joven que tienta el destino con distintas posibilidades y futuros. «Existió una bruja muy dañina que llevaba por nombre Leopoldina» es la primera frase de este cuento, que es también una obra finalizada, por muy temprana que sea, que reúne al Delibes dibujante, que tan solo dos años después entraría, con apenas veinte inviernos, como caricaturista en «El norte de Castilla» y el Delibes escritor, que en 1947 ganaría el Premio Nadal para consagrarse como clásico desde su primera obra. «No pasaría nada si no se hubiera publicado este cuento, escrito en letras mayúsculas, ya que no añade nada ni a la carrera literaria ni a la de dibujante de Delibes», explicó ayer Elisa Delibes, la hija del autor, catedrática de literatura, que recuerda cómo su padre era poco amigo de los boatos y la pompa de las celebraciones públicas, y que sentía un enorme pudor hacia sus primeros escritos, sus incipientes tanteos de la prosa. «Literariamente esta publicación no aporta nada. No es el embrión de su escritura posterior. Eso sí, él creía que hubiera sido un buen pintor si hubiera recibido formación, que consideraba que se necesitaba para progresar en esta disciplina, algo, según él, que no requiere la escritura, que es de autodidactas». Elisa reveló que Miguel Delibes destruyó los papeles más comprometedores, como esas páginas o folios a los que entregó versos y que el destino se tragó o él destruyó. «Siempre resultó muy exigente y por eso tiró o quemó algunas cosas. Solo deseaba publicar lo que consideraba que era bueno», afirmó ella durante la rueda de prensa que hizo junto a Emili Rosales, editor de Destino, sello en el que publicó todos sus trabajos.

Momento oportuno

«La bruja Leopoldina y otras historias reales» (el volumen se publica junto a «Mi vida al aire libre» y «Tres pájaros de cuenta», sus obras más autobiográficas y algunas de las más joviales y más optimistas del autor) queda por tanto como la única prueba o una de las pocas existentes que dan testimonio de la destreza de Miguel Delibes en verso, y que puede apuntar o dar indicios de hacia dónde podría haber evolucionado, aunque eso siempre se quede en ese limbo de lo imposible de demostrar. «Se consideraba un mal poeta y, debido a cierto pudor, decidió romper sin piedad algunas cartas. Con este cuento no lo hizo, así que imagino, que, de alguna manera, tampoco le importaría que lo publiquemos ahora. Se hace porque es algo que está finalizado, porque ayuda a entenderlo mejor. Con este cuento no ganaría el Nobel, es cierto, pero es un texto tan inocente, que deseaba publicarlo como homenaje. Yo sabía que si no lo sacábamos en este momento acabaría descansando en el sueño eterno».

Elisa apostilló que «de todas maneras, él no era de los que aprovechaba cualquier apunte. Él ya decía que sacaba mucho jugo a todo lo escrito, porque necesitaba el dinero para mantener a una familia que era numerosa».

Elisa, que aprovechó la presentación para enseñar a los asistentes el cuaderno original (uno sencillo, de tapas marrón, de los que se pasan las hojas hacia arriba y no hacia la izquierda) en el que Miguel Delibes consignó este relato, recordó los duros años de su padre, cuando falleció su pareja, con la que había convivido durante tantos años, y él se sumió en una larga tristeza y apenas tenía ganas para escribir. Un intenso periodo que desaparecería cinco años más tarde. «Fue una época horrible para él, los hombres de antes no estaban preparados para ser viudos y, además, como era su caso, con hijos. A él realmente lo que le parecía de justicia es que se hubiera muerto primero. Durante un tiempo dejó la escritura. Además, le ponían nervioso los adolescentes, pero al final se recuperó», explica Elisa.

Al revés que otros escritores, que han visto cómo las adaptaciones cinematográficas han destrozado sus novelas, Delibes ha podido contar con algunas películas que hacían justicia a los libros que había escrito. Elisa reconoció que se mostraba contento con la versión de «El disputado voto del señor Cayo», «El camino» y «Los santos inocentes». Si hubo un título que sí disfrutó de fama en el teatro es «Cinco horas con Mario», un monólogo que antes se leía en el colegio pero que hoy, considera Elisa, es demasiado intenso para los jóvenes actuales, a pesar de que muchas personas han aprendido a leer con Delibes. «Cuando falleció, muchos dejaban una cariñosa despedida en los libros de condolencias. Muchos recordaban que con sus novelas habían dado sus primeros pasos como lectores». De hecho, Miguel Delibes continúa siendo el autor español del siglo XX más frecuentado en las escuelas a pesar de reflejar la inquietante realidad de los años posteriores a la guerra civil española.

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