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Pompeya y dos gladiadores "trash"

  • El fresco hallado en Pompeya, de un metro de alto y metro y medio de ancho, representa a dos gladiadores en pleno combate en la arena. Foto: Parque Arequeológico de Pompeya
    El fresco hallado en Pompeya, de un metro de alto y metro y medio de ancho, representa a dos gladiadores en pleno combate en la arena. Foto: Parque Arequeológico de Pompeya

Tiempo de lectura 2 min.

12 de octubre de 2019. 02:35h

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Ismael Monzón 12/10/2019

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Debía haber alguien revolviendo por allí y... ¡vaya, un nuevo fresco! No un dibujito escondido entre un montón de piedras, sino un mural de un metro y medio de ancho por más de uno de alto, que el director general de Pompeya, Massimo Ossana, asegura haber sido encontrado «de milagro». Se iba a proteger ya esa zona para empezar a excavar en una contigua, cuando de repente surgieron estos dos gladiadores. La primera duda legítima es qué pensará el arqueólogo cuando se da de bruces con una obra de tal belleza, por mucho que esté acostumbrado. Y la segunda, cómo será posible que cada novedad proveniente de Pompeya genere tanto interés. Casi cada mes tenemos algo noticioso que echarnos a la boca, pero es que la primera duda responde a la segunda. Si el experto que trabaja con estos restos desde hace años queda fascinado, ¿cómo no lo va a hacer el lector que se haya detenido al observar la ilustración de arriba? En este caso, está más que justificado. El mural es de una perfección casi inverosímil. El rojo pompeyano ensalza a estos dos guerreros y el dorado sus armaduras, con colores tan vivos que parecen haber salido del pincel de cualquier artista actual. Aunque para percibir lo más llamativo, mejor acérquense al papel, porque está en los chorros de sangre que salen de la muñeca y el pecho del perdedor. El director de Pompeya lo califica como «hiperrealismo trash», como si repente los frescos de los antiguos romanos saltaran a esos festivales sanguinolentos del Barroco. Todo lo demás queda al servicio de la imaginación, que es también en lo que consiste una ciudad que se intuye entre las ruinas. Si el luchador herido morirá u obtendrá la gracia; cómo lo interpretarían quienes lo observaban en vida, pues el fresco estaba en una taberna frecuentada por gladiadores; y, sobre todo, qué estarían haciendo cuando se vieron sorprendidos por la lava. Ese es el mayor estupor que nos causa Pompeya: imaginar qué haría esa pobre gente indefensa y, automáticamente, ponernos en su lugar. Por eso cautiva así, porque la belleza extraída del pánico desprende una luz distinta. Solo el año pasado se descubrió una inscripción que modificaba la fecha de la erupción, el esqueleto de un caballo de un general, un fresco de Leda violada por el cisne y el cadáver de un hombre aplastado por un pedrusco mientras intentaba escapar con un puñado de monedas encima. La última incluso dio para memes, aunque todas las imágenes fueron noticia. Las excavaciones de la sección V, de la que salen estas maravillas, continúan. Y no nos cansamos de ellas. No mientras sigan inspirando el arte y la tragedia.

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