Cargando...

En el recuerdo

Cuatro décadas sin Yiyo: La fatalidad y el destino

Se cumplen ya cuarenta años de la muerte de Yiyo, una tragedia que conmocionó al mundo taurino y que nos privó de una figura que no había hecho sino dejar sus primeras muestras de lo muchísimo que tenía por dar

Colmenar Viejo (Madrid) 30-8-1985.- La cuadrillas del torero José Cubero "El Yiyo", ayuda al diestro que intenta levantarse y llegar a la barrera, tras sufir la cogida del sexto de la tarde, de nombre "Burlero", en la lidia celebrada en la plaza de Colmenar donde compartía cártel con Antoñete y José Luis Palomar. EFE

Yiyo estaba destinado a ser la gran figura de los años ochenta, pero “Burlero”, de manera imprevista, se cruzó en su camino y desbarató todos los planes. Apenas 20 años -21 había cumplido en abril de aquel año 1985- contaba cuando la parca se lo llevó. Un cúmulo de coincidencias le condujeron a estar en el lugar equivocado en el momento inoportuno. Aquella tarde del 30 de agosto de 1985 no tenía que torear en Colmenar Viejo. El cartel estaba compuesto por Antonio Chenel “Antoñete”, Curro Romero y José Luis Palomar, encargados de dar cuenta de una corrida de Marcos Núñez. Pero el día de antes Curro no se sintió bien y, debido a fuertes dolores de espalda, envió el correspondiente parte facultativo anunciando su baja para aquel festejo. En un primer momento se pensó en El Soro para ocupar el puesto de Curro, pero, finalmente, fue Yiyo, que venía de torear en Calahorra -y a quien costó bastante localizar para confirmar su contratación- quien hizo el paseíllo a cambio de 2.750.000 pesetas, un millón menos de lo que se había ajustado con el de Camas. En mala hora.

El festejo estaba a punto de finalizar. “Burlero”, negro girón, herrado con el número 24, tras una gran faena de Yiyo, que sacó todo lo que tuvo en una muy completa faena, se cuadró y el torero se volcó para dejar una estocada hasta la bola. Pero en un último estertor, el toro estiró el cuello y prendió a su matador por debajo del brazo izquierdo, penetrando el tórax y matando prácticamente en el acto a Yiyo, a quien había roto el corazón.

No se había cumplido todavía un año de la tragedia de Pozoblanco cuando la tauromaquia inmolaba a uno de sus príncipes, un diestro que en tiempo récord se había convertido en uno de los grandes. Heredero del estilo, maneras y espíritu de Antoñete, en un par de temporadas había llegado a lo más alto y podría haber dado mucha mayor gloria al toreo de no haberse cruzado con aquel “Burlero”. Muy adelantado a todos los toreros de su promoción, serían José Miguel Arroyo “Joselito” y Espartaco (que ya por entonces llevaba varios años de alternativa, pero no rompería en figura hasta el año siguiente) quienes ocuparon el puesto destinado a este torero que dio todo lo que tuvo por su vocación y profesión, alcanzando la gloria a cambio de su vida.