El golf ya tiene su Superliga

El dinero saudí ha hecho saltar por los aires la estructura clásica de este deporte, con un circuito paralelo al que ya se han unido varias estrellas

Sergio García, en el torneo inaugural de LIV Golf Invitational
Sergio García, en el torneo inaugural de LIV Golf Invitational FOTO: Alastair Grant AP

«Dependerá de lo que digan los ‘’majors’'. Si Augusta y el British invitan a quienes se vayan con los saudíes, el circuito PGA está muerto». Así se habla en el entorno de un destacado jugador profesional español. El golf vive una revolución que amenaza con dinamitar una estructura casi centenaria y juzgada como inmutable… hasta la sacudida que le ha arreado la Super League auspiciada por LIV Investments, una empresa ligada al fondo soberano de Arabia Saudita. Desde el jueves, el exclusivo Centurion Club de Hertfordshire, condado del conurbano noroccidental de Londres, acoge el primero de los ocho torneos de la edición inaugural de la superliga del petrodólar.

A diferencia del fútbol, donde hace un año naufragó una intentona similar, el golf es un deporte en el que las federaciones nacionales e internacional no controlan la alta competición, en manos de instituciones privadas desde hace decenios. Este enfoque empresarial posee innegables virtudes, desde luego, pero también un defecto imposible de evitar: lo hace vulnerable al dinero, aunque sea indeseable. Qatar puede comprar un Mundial de fútbol. Arabia Saudita va a comprarse TODO el golf. Varios de los más destacados golfistas mundiales han sido reclutados a golpe de chequera para disputar un circuito que reparte 25 millones de dólares en premios en sus siete primeros torneos y 80 (¡¡ochenta!!) en la final que se disputará en Miami durante el fin de semana de la Hispanidad. Por establecer una comparación rápida: la bolsa de The Players, el evento con mayor dotación económica del PGA estadounidense, es de 15 millones a repartir entre la sesentena larga de golfistas que pasan el corte –la mitad deja de jugar el viernes sin cobrar un centavo–, mientras que los saudíes los distribuyen entre los 48 de un elenco fijo. «Para un profesional, es irresponsable no irse a jugar el LIV. Si alguien queda último en los ocho torneos de los árabes, haciendo ochenta golpes cada día, se embolsaría más de dos millones de dólares», añade la misma fuente. El dinero saudí ha convencido a algunos de los grandes nombres del golf mundial, aunque ninguno hizo tanto daño como Dustin Johnson, antiguo número uno del ranking y emblema del circuito PGA, que anteayer reaccionó expulsando a todos sus miembros presentes en el Centurion Club. Jay Monahan, comisionado de la institución americana, invocó una «violación de las reglas» y Greg Norman, el legendario ex jugador australiano al frente de LIV, respondió que «la era de jugar libremente no ha hecho más que empezar». El español Sergio García, Phil Mickelson, Martin Kaymer, Bryson DeChambeau, Louis Oosthuizen y Grame McDowell son otros ganadores de «majors» refugiados al calor del petrodólar.

Desde el European Tour, una segunda división cuyos integrantes no interesan a los mecenas árabes –algunos golfistas como los españoles Pablo Larrazábal y Adrián Otaegui juegan en Londres para ganarse un dinero extra aprovechando los huecos que de momento quedan libres–, la impresión es que la PGA no tiene fuerza para mantener por sí misma el pulso con tan ricachón competidor a no ser que cuenten con la complicidad de los torneos del Grand Slam, que se rigen por un reglamento propio, y éstos se mantengan firmes al lado de los circuitos tradicionales, como por ahora parece que ocurre. Aparte de proscribir a los del LIV en Augusta o el Open Británico, sólo una bala tiene alcance para golpear el corazón saudí: la Ryder Cup.

El circuito PGA ha vetado para la edición de Roma 2023 a todos los estadounidenses que jueguen la Superliga árabe, aunque Dustin Johnson ha proferido una versión yanqui del «largo me lo fiáis» y todavía se muestra esperanzado en ver revocada la orden. En el combinado europeo, la proscripción no puede ser tan taxativa porque la prohibición es muy peliaguda: un tercio de la selección continental que jugó en septiembre en Whistling Straits se ha enrolado con los saudíes (Sergio García, Lee Westwood, Ian Poulter y Bernd Wiesberger), además de otros históricos de la competición como los mencionados McDowell y Kaymer. «La Ryder tiene sentido porque la juegan los mejores. Sin ellos, los ingresos por entradas y televisión se desplomarían», se advierte desde el círculo íntimo de un golfista profesional.