Brasil

Los siete pecados capitales del COI

La presentación de Tokio 2020 fue lo más destacado de la ceremonia de clausura de los Juegos de Río
La presentación de Tokio 2020 fue lo más destacado de la ceremonia de clausura de los Juegos de Ríolarazon

A la hora de repartir estopa por las deficiencias organizativas de los Juegos Olímpicos, el saco de los golpes es el anfitrión, varado en medio de un océano de calamidades porque el capitán del barco y casi toda la tripulación han saltado por la borda en mitad de la travesía. O los han tirado. Lula da Silva soñó con una olimpiada en América del Sur. Envolvió el proyecto en fantasía y los listos del Comité Olímpico Internacional se lo compraron sin mirar el interior del envase. Escucharon palabras como petróleo, emergente y dólares y pusieron los ojos en blanco. Lo van a pagar, con millones de euros y un desgaste de imagen innecesario, por sus pecados capitales.

Soberbia

En Copenhague, la Asamblea plenipotenciaria del COI, con Jacques Rogge en cabeza de la manifestación y una mayoría de sus adláteres haciendo la ola despreciaron a Chicago, a Obama y señora, al avanzado estado de las obras del Madrid’2016, a su Rey y a sus gobernantes, en un momento en el que la pertinaz crisis española era más imperceptible que el desastre brasileño que se cernía sobre el magno acontecimiento. Rogge, empecinado con la aventura y con pasar a la posteridad, no escuchó a quienes recomendaron hacer los experimentos con gaseosa. De aquellos polvos, estos lodos.

Gula

La irresponsabilidad, la estulticia y la negligencia de los gestores del deporte mundial coincidieron con un momento en que la ostentación primaba sobre todo lo demás. Los Juegos de Pekín fueron un éxito clamoroso en los aspectos fundamentales, los de Londres sólo estuvieron un poquito por detrás y, zambullidos en esa dinámica, la mayoría pastoreada del COI pensó en comerse el mundo con la elección de Río. Al final se ha demostrado que ha sido demasiado arroz para tan poco pollo, o para un pollo abandonado por las circunstancias a su suerte.

Avaricia

El movimiento olímpico, tal y como lo imaginó Pierre de Coubertin, creció tanto que los valores intrínsecos fueron sepultados por intereses particulares disimulados entre la expansión. Juan Antonio Samaranch, al acceder a la presidencia en 1980, fue el gran promotor de los Juegos, los amplió, los profesionalizó y los modernizó. Y con el progreso llegó la riqueza y con ésta, la avaricia. Tuvo que poner freno a los desmanes de sus miembros, muchos de ellos perfectamente sobornables, y, aunque trató de erradicar esas formas, nunca lo consiguió del todo. Está en los genes del ser humano que cuanto más tiene más quiere poseer. El último ejemplo, Patrick Hickey, presidente del Comité Olímpico Irlandés, presidente de los Comités Olímpicos Europeos, miembro de la Ejecutiva del COI, un septuagenario a quien en Brasil han descubierto que se estaba enriqueciendo con una empresa dedicada a la venta de entradas de los Juegos. Permanece bajo arresto mientras investigan el tamaño de la zalagarda. Así empezó el escándalo de la FIFA que terminó con el reinado de Blatter.

Ira

Avery Brundage, antecesor de Lord Killanin, siendo presidente del Comité Olímpico de Estados Unidos, miró hacia otro lado cuando en 1936, en los Juegos de Berlín, los deportistas alemanes hacían el saludo nazi, para mostrar al mundo su poder y a Jesse Owens su iracunda suficiencia. En cambio se escandalizó cuando Smith y Carlos, en 1968, alzaron en el podio los puños enguantados como símbolo de protesta del «Black Power», movimiento con el que se identificaban, contra el racismo de su país. Brundage expulsó a los dos atletas negros del equipo estadounidense y quiso que los echaran de la Villa Olímpica, a lo que las autoridades mexicanas se negaron, alegando que eran sus invitados.

Lujuria

Durante cinco años en Rusia decidieron que las leyes de los demás eran diferentes de las que había que aplicar a sus deportistas. A la vista de los malos resultados de Vancouver (Juegos Olímpicos de Invierno) y de que la siguiente cita les correspondía a ellos, en Socchi, les pudo la lujuria de las medallas y organizaron ese escándalo mayúsculo que es el dopaje de Estado, trama que detalla con minuciosidad, nombres y apellidos, el «informe McLaren». El COI se llevó un susto de muerte y con una medida salomónica, unos deportistas sí y otros no, se ha tragado una píldora que en el Comité Paralímpico, por ejemplo, no ha colado.

Pereza

Efectuada la consulta a Londres en 2013, para quedarse con los Juegos de 2016, al ver que no era posible el COI empezó a ver las orejas al lobo, por fin, y presionó a los miembros del Comité Organizador de Río para que aceleraran el proyecto. Pereza les dio. Enfrascados en sacar adelante el Mundial de Fútbol de 2014, los Juegos pasaron a un segundo plano y la aventura se les fue de las manos. La coyuntura económica tampoco era la idónea y cuando quisieron darse cuenta se vieron desbordados por un acontecimiento que les ha superado en todos los ámbitos.

Envidia

Y de nuevo Pekín y Londres en liza. Todo lo que allí se hizo en relación con la organización de los Juegos fue siguiendo los estándares del COI. En Río la tradición se la han pasado por el forro. El estadio no está en el Parque Olímpico, la llama no está en el estadio y la clausura transcurrió en Maracaná, no en el «Engenhao». Piscinas con agua verde, transportes inadecuados, conductores extraviados y en lugares de importancia excepcional, personal poco cualificado.

P. D. Tokio recogió el testigo de los Juegos y Shinzo Abe, su primer ministro, emergió de un tubería disfrazado de Mario Bros en el centro del estadio. Cuesta trabajo imaginar a Rajoy en esa situación. Ni siquiera será Madrid’2020.