Bruselas quiere recuperar el «made in Europe» en el material sanitario

La Comisión Europea prepara un instrumento para apoyar a sectores estratégicos y evitar la dependencia de productos médicos de terceros países

“En la UE no producimos un gramo de paracetamol”, alertó hace unas semanas el máximo representante de la diplomacia comunitaria, Josep Borrell, en un coloquio telemático organizado por Nueva Economía Fórum, poniendo el dedo en la llaga de uno de los debates principales que afronta la Unión Europea: la dependencia excesiva de terceros países en la producción de material médico que, en plena pandemia del coronavirus, ha dado lugar a episodios entre el sainete y lo trágico. No sólo el gobierno español ha tenido que devolver material médico defectuoso de proveedores chinos, el ejecutivo británico también se ha visto obligado a hacer los mismo con test fallidos y el mismo suceso se ha vivido en Bélgica.

En los últimos años, la UE había abandonado la ingenuidad anterior en lo relativo a sus relaciones con el país asiático, en un nuevo enfoque de sus relaciones con Pekín mucho menos complaciente. Pero hasta ahora la gran amenaza parecía proveer de otros ámbitos: el desarrollo de las redes de tecnología 5G de alta velocidad en internet en dura pugna con EE UU, las inversiones chinas en infraestructuras en la denominada Ruta de la Seda a través de Italia o la dependencia en el mercado de baterías, imprescindibles para el desarrollo el vehículo eléctrico. El gigante asiático comenzaba a ser percibido no sólo como el gran bazar de productos baratos Made in China sino como un competidor en sectores clave del siglo XXI. Pero mientras los analistas de medio mundo pontificaban desde sus tribunas sobre la dependencia del 5G, nadie parecía haber reparado, a priori, en un producto mucho más sencillo: las mascarillas médicas. Algunos ya han empezado a tomar posiciones. “Nuestra prioridad es producir más en Francia y en Europa. Esta crisis nos enseña que se impone una soberanía europea sobre ciertos bienes, productos y materiales”, ha asegurado el presidente francés Emmanuel Macron. El objetivo es que el país tenga “independencia plena” en la producción de mascarillas antes de que termine el año 2020. París simplemente adapta a las circunstancias el término de “soberanía agroalimentaria”, que siempre ha defendido para mantener las subvenciones comunitarias a sus agricultores, con el objetivo de que el granero de Europa no esté situado fuera de sus fronteras.

Bruselas también está inmersa en esta reflexión, aunque aún es difícil conocer su alcance. De momento, el ejecutivo comunitario reclama poder tener competencias en el ámbito sanitario, sobre todo para asegurar el suministro en periodos de crisis y la presidenta de la Comisión Europea ha anunciado un instrumento específico para auxiliar a las empresas de sectores clave y que estaría enmarcado dentro del Plan de Recuperación de más de 1,5 billones de euros, cuyos detalles aún están siendo perfilados. Según explicó la política alemana en la Eurocámara, esta herramienta “ayudará a invertir en cadenas de valor cruciales para nuestra capacidad de recuperación futura y autonomía estratégica, como el sector farmacéutico”.

Otros no tienen tan claro si este enfoque es el adecuado. Según un estudio del “think tank” Bruegel, el club comunitario es un “importador neto” de los equipos personales de protección frente al coronavirus. En 2019, importó productos por valor de los 17.600 millones de dólares y exportó 12.100 millones. Pero esto no puede hacer olvidar que “la UE es uno de los líderes en productos médicos de alta tecnología. Su porcentaje de exportaciones de este tipo de bienes en 2019 fue del 29% en 2017, el doble que el porcentaje del total de exportaciones (15,2%)”, según el artículo de Sybrand Brekelmans y Nicolas Poitiers titulado “El comercio europeo en productos médicos: por qué la autosuficiencia es la aproximación incorrecta”. En cuanto a la relación con China, la balanza entre exportaciones e importaciones de productos médicos es equilibrada (40%) pero la UE no importa fármacos del gigante asiático e intenta exportar los productos más avanzados mientras importa los menos.

La gran duda reside en si esta pandemia llevará a una desglobalización o, al menos, a un nuevo gobierno de la globalización. Se multiplican las voces que piden un replanteamiento ante la fuga de las empresas europeas del sector industrial a países con manos de obra barata y la excesiva dependencia, sobre todo los países del Sur de Europa, del sector servicios, en una alianza que se ha mostrado nefasta para algunas economías: turismo y construcción. Francia también ha defendido esta semana condicionar sus ayudas públicas al sector del automóvil a la repatriación de la producción de vehículos. El temor es que esto también acabe afectando a las plantas en otros países europeos y que el “France first” se imponga al “Europe first”, lo que sería el final del mercado único.

Para Bruegel resulta incorrecto que el club comunitario implante subsidios en el sector médico para que toda la cadena de suministro quede circunscrita al territorio europeo, ya que el desarrollo de fármacos sencillos en los países emergentes ayuda a estos Estados a hacer frente a la pandemia y permite un mayor conocimiento global. A su vez, estas importaciones más baratas reducen el gasto europeo en sanidad que ahora mismo es del 10% del PIB y podría aumentar en los años venideros debido al envejecimiento de la población. Este “think tank” aboga por el mantenimiento de la producción en territorio europeo “de ciertos productos específicos” pero cree que la respuesta global deber estar basada en stocks preventivos de productos no perecederos, más camas en cuidados intensivos y la capacidad de hacer test, antes que en cerrar el mercado europeo a cal y canto. Teniendo en cuenta que la UE exporta el 30% de las vacunas en el mundo, Bruegel considera que el club comunitario estará más preparado que otras potencias para la segunda fase en la lucha contra el coronavirus, a pesar de que la primera etapa haya estado incomprensiblemente marcada por la escasez de mascarillas y respiradores.

“Hasta ahora hemos considerado que no había que tener stocks porque los flujos eran permanentes y seguros, pero con una crisis como ésta se cortan los flujos, obliga a pensar en esto y en medidas de precaución; no estoy abogando por el proteccionismo, pero también hay que protegerse”, decía Borrell en el mismo coloquio, intentado encontrar un punto medio. El club comunitario siempre ha estado caracterizado por un difícil equilibrio entre el tradicional proteccionismo francés y el librecambismo británico. Tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y su “American first”, los socios europeos hicieron del libre comercio una de las señas de identidad. Pero nadie sabe muy bien qué pasará ahora, tras los estragos ocasionados por la pandemia y la marcha de Reino Unido del club comunitario. Nadie puede predecir con certeza cuáles serán los movimientos en el incierto tablero internacional.