La fábrica de dulces, el orgullo de mi pueblo

Diseminadas por pequeñas y medianas localidades, decenas de fábricas producen los dulces y golosinas que se consumen en España y el mundo. Levantadas en muchos casos por tradición, muchas son ahora un emblema de su localidad de nacimiento

Hay quién está orgulloso del patrimonio cultural de su ciudad. Los hay también que sacan pecho de sus parajes naturales, de su gastronomía o de su equipo de fútbol. Y hay quienes sienten un profundo vínculo emocional con... una fábrica. Porque una fábrica a veces no es solo un centro de producción, sino que es el motor económico de una comarca entera y la que la da a conocer en España y más allá. Es lo que ocurre con muchos de los centros de producción de dulces españoles. Asentados la gran mayoría en las pequeñas o medianas localidades del país en las que nacieron, muchos se han convertido en verdaderos símbolos de las mismas. Algunos, como explica Rubén Moreno, secretario general de Produlce, tienen más de 300 años de historia y siguen en el mismo lugar donde se fundó la compañía, en muchos casos anclados por los fuertes lazos emocionales con la localidad. “Estas fábricas no son como una de tornillos sino que generan un gran vínculo con el pueblo. Es la fábrica de galletas o de chocolates del pueblo”, explica Moreno. Una ligazón que ha llevado a algunas compañías como, por ejemplo, Chocolates Valor, a convertirse en uno de los emblemas de Villajoyosa (Alicante), su localidad de origen, como dice Moreno. En algunos casos, es un producto el que representa a la población en cuestión, como ocurre con las galletas y la localidad de Aguilar de Campoo (Palencia). La población, en la que tiene su fábrica Gullón, llegó a tener hasta cinco fábricas: Fontaneda, Gullón, Fontibre, Ruvil y Tefe; lo que le valió el sobrenombre de “el pueblo de las galletas”.

Como aseguran desde Fini Golosinas, el sector del dulce en España “ha sido un ejemplo claro de industria dinamizadora de los pueblos y entornos rurales, empresas en su mayoría centenarias, con un origen familiar, que han favorecido la creación de un fuerte vínculo emocional y cultural en estas zonas”. Esta compañía, por ejemplo, tiene sus raíces en Molina del Segura (Murcia) porque la mujer de Manuel Sánchez Cano, su fundador, era oriunda de esta población, motivo que animó a su marido a invertir en el pueblo. Aunque las hay también que están en pequeñas localidades por deseo expreso del fabricante. Es el caso de la factoría que Nestlé tiene en la pequeña localidad cántabra de La Penilla de Cayón, de apenas 2.000 habitantes. Cuando a principios del siglo pasado la multinacional suiza decidió iniciar su actividad en España, se decantó por este pueblo “tras un exhaustivo estudio por su notable capacidad lechera y una gran experiencia ganadera. Además, contaban con vías de comunicación y medios de transporte”, explica Alberto López Caballero, director de la fábrica. En el caso de Gullón, la cercanía de los campos de trigo palentinos y el azúcar que entraba en España por los puertos del norte procedente de las antiguas colonias abonaron el terreno para su creación hace 128 años.

Motor económico

Si lo emocional crea fuertes lazos entre estas compañías y las localidades en las que están, su aportación económica contribuye a estrechar más esa relación, sobre todo si se trata de zonas rurales con pocas alternativas industriales. La fábrica de Nestlé en La Penilla es “claramente un motor económico y social” para la zona del Valle del río Pisueña al emplear a unos 900 trabajadores directos, así como a otros tanto indirectos, productores de leche, transportistas, servicios auxiliares, etc; asegura su director. Fini Golosinas también considera que su presencia ha colaborado a dinamizar Molina de Segura, cuya población, 70.000 habitantes, se ha duplicado desde los años 90. Vidal Golosinas, que también surgió y tiene una de sus fábricas en la misma localidad, ha contribuido de la misma manera al avance económico del municipio. Considerada una de las compañías de golosinas pionera en el sector de la confitería de azúcar, la firma de la familia Hernández Vicente ha crecido de tal forma que ahora mismo está presente en 90 países de los cinco continentes y emplea a más de 1.300 trabajadores.

Rubén Moreno asegura que, a pesar de no encontrarse muchas de ellas en notables nodos industriales, su traslado ahora se antoja muy complicado. En un primer momento, muchas se asentaron allí donde tenían más a mano las materias primas aunque las comunicaciones fueran algo más deficientes. Un problema, el de las infraestructuras, corregido con creces en los últimos años y que ya no justificaría ningún traslado por cuestión de costes. “La proximidad a las zonas de producción de leche fresca sigue siendo un requisito para la fabricación de nuestros productos. Las comunicaciones terrestres han mejorado mucho en los últimos tiempos y en la zona en la que estamos operando tenemos una comunicación muy buena con otros puntos de la geografía española y una disposición estratégica excelente para la exportación, tanto por vía marítima como terrestre”, explica el director de la fábrica de Nestlé de La Penilla.

Un aliado contra el confinamiento
Aunque no son un producto de primera necesidad, lo dulces se convirtieron en un aliado para sobrellevar el confinamiento con más alegría, según asegura Rubén Moreno. Como el sector de la alimentación en general, el del dulce sufrió un incremento de costes que mermó sus márgenes. “Pero hicimos lo que teníamos que hacer”. Ahora, el sector intenta poco a poco recupera la normalidad aunque, como asegura el presidente de la patronal, todavía no han recuperado las cifras anteriores a la crisis del coronavirus. Los pequeños comercios, vitales para la venta de algunos de sus productos como chucherías o chocolates, han sufrido mucho y eso lo nota su actividad. No obstante, confían en recuperar poco a poco terreno y que las exportaciones les ayuden. El sector facturó 5.700 millones de euros en 2019 y vendió fuera un tercio de su producción en volumen.