Deudas y quiebras

«Los países llevan quebrando desde que el mundo es mundo», han dicho Carmen Reinhart y el Nobel Rogoff. Pero «España se encuentra entre los que más veces ha suspendido pagos, junto con Francia. Cierto que también son, desde la caída de Roma en el 476, ahogada igualmente por el endeudamiento del «pan y circo» y la porosidad de sus fronteras, de las naciones más antiguas. Las del Hispania Rex de Eurico y la franca de Clodoveo. Pero al margen de la gran quiebra del próspero Reino hispano-godo con la invasión musulmana, fue Felipe II, fruto de la híper endeudada herencia paterna por mantener el Sacro Imperio, quien declara bancarrotas en 1557, 1575 y 1596, arruinando a los mismísimos banqueros reales, los Fugger, como ha recordado recientemente el también profesor Benito Cadenas de la URJC.

Y es que la hiperinflación fruto de la desconocida «revolución de los precios» de entonces, hoy llamada «enfermedad holandesa», desarbolaron la economía española. Siendo casi siempre las malas decisiones económicas o las ambiciones políticas desmedidas las que llevan a la bancarrota. Como las de Felipe III en 1607, y Felipe IV en 1627 y 1647. También con la excusa de perder Países Bajos y Portugal se incurrió en impagos parciales en 1652 y 1662. Sumadas a las de 1809, 1820 y 1831 tras la «guerra total» antinapoleónica 1808-1814, más las cuatro quiebras tras la Revolución de 1868 y la I República entre 1834 y 1882. No fue sino tras la reforma presupuestaria de Fernández Villaverde (1899) que conseguimos un lustro completo de superávit y tres décadas de recuperación.

Hoy la deuda en España sigue estando en el centro de todos los problemas. Sin embargo, en el «Plan Presupuestario 2021» dado a conocer anoche apenas la menciona; salvo para reconocer un ratio de deuda sobre PIB del 118,8% en 2020, esperando en 2021 situarse en 117,4%. Con una ausencia de proyectos concretos de inversión bruta de capital fijo, solo repite lugares comunes y el ya conocido «Cuadro macroeconómico inercial», con el añadido retórico del «Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia». Cuando lo reputado sería elaborar un presupuesto creíble con un marco fiscal que «desescalara» la deuda a niveles pre-Covid por debajo del 100%. Y cuando a las subidas generalizadas de impuestos se añaden las fantasías recaudatorias del «Impuesto sobre Determinados Servicios Digitales» (sic), «Transacciones Financieras», «Envases de plástico de un solo uso» o «bebidas azucaradas que intentan edulcorar un texto más literario que económico, falto de concreción en esos supuestos nuevos y viejos ingresos previstos.