“Tener que elegir entre estudiar o pagar un alquiler es muy duro”

Anaís tiene 20 años, es estudiante y a una semana de acabar el mes solo le quedan 60 céntimos en la cuenta: “El Gobierno no ha cumplido con las ayudas a la vivienda que prometió”

Los jóvenes, en muchas ocasiones, deben sacrificar sus estudios para ponerse a trabajar para costearse un alquiler
Los jóvenes, en muchas ocasiones, deben sacrificar sus estudios para ponerse a trabajar para costearse un alquilerPixabay

Anaís llegó a Madrid hace dos años desde Baleares. No eligió la capital por capricho sino porque donde residía no se ofertaba la ingeniería que ella quería estudiar. Así que con la ayuda de su madre y los pocos ahorros que ella guardaba en su hucha se lanzó a la aventura. La carrera la apasionó desde el primer momento, pero su entusiasmo fue en caída libre cuando se tuvo que enfrentar a la realidad del mercado del alquiler. Su caso no es el único ni el más sangrante, reconoce, “pero sí el ejemplo de que los precios que se pagan por los alquileres son una barbaridad, por eso cuando me he enterado de que la regulación que había prometido este Gobierno no se va a llevar a cabo, siento que una vez más nos están tomando el pelo. Nadie cumple con su palabra”.

Cuando aterrizó en Madrid eligió una residencia por la que pagaba 450 euros al mes “solo por el alojamiento, no incluía la comida”, así que pronto tuvo que abandonarla y optar por un piso compartido. “Me fui con varias personas que no conocía a un apartamento a las afueras de la capital. En principio, parecía barato, 290 euros, pero no incluía los gastos que eran muy elevados. Llegaba a pagar hasta 180 solo por el gas. Así que me tuve que poner a buscar otro porque no me llegaba el dinero”, reconoce.

Su familia, desde Baleares, hacía todo lo posible para poder pasarle a su hija algo de dinero cada mes, “pero ella también está allí de alquiler y no llega a fin de mes”. Así que esta joven comenzó a trabajar de manera puntual como azafata para poder sacarse algo de dinero extra y así continuar con sus estudios, aunque fuera a medio gas. “Al nuevo piso que me cambié, que es en el que estoy ahora, nos cobran 900 euros por tres habitaciones. No está mal para lo que hay, aunque tampoco es que sea una ganga. Los gastos comunes no superan los 30 euros por cabeza, pero claro la calefacción no la encendemos y hace un frío horrible. Hay veces que tenemos que estar en casa con tres mantas para no congelarnos”, reconoce.

Al pago del alquiler tiene que sumarle los 1.500 euros de matrícula que paga cada año en la universidad. El pasado fin de semana, esta veinteañera, consiguió un trabajo como azafata durante el fin de semana: “Me pagaron 60 euros y, oye, no está mal, eso me da para, al menos, pagar la compra”, pero también ha estado buscando algún otro trabajo, aunque sea de fin de semana para poder sufragar el alquiler: “Si las rentas que piden por las casas fueran más bajas, ajustadas al mercado, sería más fácil poder pagar cada mes y sufragar mis estudios, pero con los precios que piden es una vergüenza y no se puede. En alguna ocasión he pensado irme a vivir sola y es imposible. La última casa que visité tenía la cama encima de la cocina, justo debajo estaba el microondas y me pedían por ella 500 euros, es de locos”.

Hoy, en su cuenta, confiesa que solo le quedan 60 céntimos para acabar el mes: “Y no vayas a pensar que lo gasto saliendo por ahí o comprando ropa, para nada. Se va todo en el alquiler y la comida. Dando gracias si llega, claro”. Su madre siempre le dice que no tire la toalla, “que sacaremos el dinero de donde sea”, pero Anaís ya ha pensado en alguna ocasión en la opción de suspender sus estudios para poder trabajar a jornada completa y más adelante, cuando tenga un “colchón”, poder retomarlos. “El futuro lo veo muy complicado, pero no pierdo la esperanza. Esta situación de no poder hacer frente al alquiler genera mucha ansiedad y una presión extra. Mi carrera no es sencilla y requiere mucho tiempo de estudio, así que compaginarlo con un trabajo que esté bien pagado y a tiempo completo es incompatible. También he barajado la posibilidad de cambiarme a un grado superior, pero sería renunciar a mis sueños, porque lo haría no porque no me guste o no pueda con Telecomunicaciones, sino porque me resulta imposible vivir así”, dice.

La joven dice con claridad que si tuviera delante a los políticos les diría “que se pongan las pilas”, porque, según ella, prometen muchas cosas hasta que llegan al poder “y luego se olvidan. Están jugando con nuestras ilusiones y nuestro futuro, y eso es cruel, deberían ser más honestos”. De momento, ella echa cuentas para ver si, al menos en marzo, puede continuar “sobreviviendo” en Madrid o si su plan de vida debe tomar un nuevo rumbo.