Los barones desconfían del plan de Génova frente a Bárcenas

Creen que Casado «va a ciegas» y que la vieja guardia sabe que el ex tesorero tiene grabaciones de todo. «El ataque sin inteligencia contra Bárcenas solo sirve para hacerle fuerte», aseguran

Pablo Casado, ayer en un acto de campaña en una granja en Lérida
Pablo Casado, ayer en un acto de campaña en una granja en LéridaDAVID MUDARRAEFE/PRENSA PP GÉNOVA

La estrategia de la dirección del PP frente al ex tesorero Luis Bárcenas, después de que haya formalizado su disposición a tirar de la manta en el juicio por la financiación irregular del partido, está desquiciando al poder territorial. Los barones temen por las siglas, y justo en este clima de ansiedad, dentro la organización popular recuerdan que el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, siempre ha dicho que sólo daría el salto a Madrid si viera en peligro las siglas de su partido.

Pablo Casado carga en estos momentos con una debilidad que nace de las maneras y de las decisiones con las que tomó el control de la formación cuando llegó a la Presidencia del PP, tras el Congreso de la sucesión de Mariano Rajoy. «Entró como un elefante en una cacharrería», le han afeado siempre dentro de su organización los más «pata negra». El nuevo equipo «limpió» todo lo que había de la etapa anterior, pero esto que pudo presentar ante la opinión pública como una buena operación de marketing renovador, ante el desgaste de la corrupción, tiene también el hándicap de que, como lo hicieron pasando por encima de todo para hacerse con el control de la estructura, depuraron a su vez a la «fontanería» que más sabía de lo que se coció en Génova con Bárcenas como jefe de la «caja».

Por eso, Casado se mueve a ciegas y da palos al aire, utilizando a peones, como el portavoz en el Senado, Javier Maroto. El ataque sin inteligencia contra Bárcenas «sólo sirve para fortalecerle», y quienes le conocen bien están seguros de que el ex tesorero guarda documentos y hasta grabaciones de la cúpula del partido, a buen recaudo, «puede que hasta en Suiza». «Donde no sólo está su cuenta, son seis las que hay», comentan internamente.

Casado y su equipo no tienen nada que ver con los hechos que amenazan a las siglas del partido, pero cuando llegas a la Presidencia, «estás para lo bueno y para lo malo», y al haber roto por completo la interlocución con los dirigentes de la etapa anterior, el nuevo líder no sabe por dónde le vienen. Prescindió de todo lo que había, hasta de un «fontanero» como Juan Carlos Vera, responsable histórico de Organización desde la etapa de Aznar, y de quien siempre se dice que tenía el despacho empapelado de «cajas de puros», en una irónica alusión a su presunto papel en la estructura de la financiación de la que Bárcenas amenaza con tirar de la manta.

Sin prejuzgar hasta dónde es capaz de llegar la Justicia, dentro del PP se dice que lo que se juzga es un problema estructural, «en el que participaban todos», y no sólo a nivel nacional, porque, según detalla uno de los escuderos de aquella época, «el problema no es ya lo que pasase en la caja B en Madrid, sino en todas las territoriales». «Los sobres no sólo se daban en Génova para controlar a compromisarios y gente afín. Eran una manera de tener a la gente contenta y tranquila. Y eso sólo se consigue o con un puesto, o con remuneración», añade este interlocutor, que se conoce a fondo las interioridades de la «cocina» de Génova.

El problema del «caso Bárcenas» es que apunta a toda una generación, a un modo de operar, y Casado, que no forma parte de esa generación, no sabe por dónde le vienen los tiros frente a un Bárcenas de quien sospechan que, por su personalidad, llegará hasta el final y lo «podrá probar». «Estamos ante un personaje tan metódico que se preocupaba por las cuentas que se abrían en todas las territoriales y en contacto permanente con ellas. Alguien así no llega a enseñar ni la superficie de lo que tiene».

En el capítulo anecdotario, pero con valor de categoría por cómo retrata al personaje, Bárcenas colocó incluso a su cuñado De la Fuente al frente de la seguridad del PP, y por él pasaban todos los registros de visitas y hasta de quienes entraban por el garaje. La estrategia de cortafuegos, explicitada por Maroto, por ejemplo, se cae por su propio peso si se mira al Grupo Popular en el Senado. «Están dos senadores que ya han salido en los papeles, pero esperemos que esto no llegue al club de golf de Madrid». Bárcenas también tiene dónde apuntar en el Grupo Popular en el Parlamento Europeo, según se comenta dentro del partido. Y, por supuesto, en el centro de la diana está el PP de Madrid de Aguirre y Cifuentes.

La nueva dirección siempre ha estado convencida de que estos casos de corrupción, heredados de la etapa anterior, no les iban a salpicar. No lo creen así dentro del partido ante el miedo a que lo que salga, de lo que queda por juzgar, se lleve por delante a todos los pilares de la organización, con una continuidad en el tiempo que haga difícil marcar un antes y un después sin ir hacia un proceso de refundación, pese a la renovación del equipo.

Ante estos difíciles momentos, el poder territorial está muy unido: Galicia, Andalucía, Murcia, Castilla y León o Valencia. La presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, sí va por libre, pero eso no quiere decir que esté bajo el control de la dirección nacional. Al contrario. Ayuso tiene vida propia, con Miguel Ángel Rodríguez como brújula, lo que es casi como decir que detrás está el ex presidente José María Aznar. Rodríguez fue su jefe de Gabinete y uno de los teorizadores que participaron en su camino hacia el éxito electoral.

De este contexto se deriva otro problema para el PP de Casado en una tesitura tan enrevesada, y es que este equipo no tiene el control del poder territorial ni desde el punto de vista político ni económico ni sentimental. Con Aznar no se movía nadie. Con Rajoy, aquello empezó a flojear. Y en esta nueva etapa el poder territorial ya ha dado varios avisos a Génova, obligando a rectificar su estrategia para asegurar su supervivencia. Uno de estos motines fue después de las primeras elecciones generales de Casado, cuando desde las baronías se apretó, bajo la amenaza de una gestora, para que Génova rectificara la dirección política.

Una campaña mediática buscó otros culpables distintos a Casado para salvar su cabeza, la atención se desvió hacia los ideólogos de la estrategia electoral, es decir, el número dos, Teodoro García Egea, y Maroto. Y la rebelión se frenó a cambio de que Casado explicitara uno de sus giros al centro.