Ficciones soberanistas

Enrocado en su propia lucha de poder, el separatismo se aferra a un tiempo que ya pasó y se desconecta de lo que necesita la Cataluña de hoy

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CataluñaPlatónIlustración

Será porque es Semana Santa, pero no puedo dejar de pensar en el perdón (laico) de Angela Merkel. Ese reconocimiento público de haber tomado una decisión equivocada, en su caso por los cierres en pandemia, que ha dado la vuelta al mundo por inusual y casi exótico. No estamos acostumbrados a que los políticos ejerzan su (legítimo y necesario) derecho a la rectificación. Aunque el primer paso sería el de reconocer el error, concretar en qué momento uno empezó a confundirse o tomó una decisión que no fue la más adecuada y que le llevó por un camino equivocado. La política independentista catalana eligió una vía en septiembre de 2012, con aquella primera Diada masiva, que ha marcado una senda complicada: una declaración de independencia unilateral, una sentencia del Tribunal Supremo (aún a la espera del Constitucional), políticos en prisión, algunos otros fugados, una especie de gobierno en la sombra en Waterloo y varios ejecutivos fallidos después no se atisba el más mínimo gesto de arrepentimiento en ninguno de sus protagonistas. Quizá no sería necesario ni verbalizarlo, ni lamentar todo lo que ha sucedido desde entonces (sin olvidar la enorme factura en forma de tensión social), podría bastar con volver al cauce del sentido común y aceptar que, aquello que en un momento determinado se activó, ha fracasado y que carece de toda lógica aferrarse a un pasado que ya no existe.

Bloqueo sin fin

La Cataluña de aquel 2012 se parece poco a la de hoy. Como ha sucedido en el resto de España, la sociedad ha cambiado sus preferencias y sus prioridades, sobre todo ahora, atravesada por una pandemia que ha puesto la vida del revés. Si el escenario es tan distinto, ¿cómo es que algunos políticos no se han dado cuenta? ¿Por qué no perciben que los ciudadanos demandan otras cuestiones, tienen otras necesidades? La investidura fallida de Pere Aragonès ha puesto de relieve esta semana la realidad paralela en la que el soberanismo parece haberse instalado. Anclados en un tiempo pretérito, que ya no es el de 2021, los herederos de la antigua Convergència y los de Esquerra Republicana permanecen enrocados en su pugna por el poder, por hacerse con el control hegemónico de la bandera independentista. Su pulso ha dejado de nuevo a Cataluña sin gobierno, en un ejercicio más de vacío de poder que ya se prolonga demasiado. De hecho, las elecciones del 14-F se celebraron por la incapacidad de encontrar una solución a la salida del Govern de Quim Torra (inhabilitado por un delito de desobediencia) y de acordar los repartos de poder entre ambas formaciones. El paso por las urnas no ha resuelto esta tensión y el boicot del fugado Carles Puigdemont ha devuelto a Cataluña a la situación de partida: bloqueada y con otros comicios en el horizonte si el 26 de mayo no se ha cerrado un acuerdo.

Aunque ese pacto se da por supuesto in extremis (arriesgarse a que los ciudadanos vuelvan a votar sería demasiado para algunos partidos), el pulso entre los dos pesos pesados soberanistas es el mismo y el juego de poder, las estrategias para demostrar quien tiene el control se mantienen. Una década con la misma tensión paralizante: los partidos independentistas, enfrentados entre sí y condenados a estar unidos, pese a no tener un proyecto común más allá de su afán rupturista. Explorar cualquier otra opción de acuerdo sería una especie de herejía separatista. Y en medio de esa contienda, unos rehenes: los ciudadanos y sus intereses que, con sus batallas cotidianas olvidadas (las de la pandemia, los cierres de comercios, las necesidades sanitarias o el proceso de vacunación), asisten atónitos a cómo algunos de sus representantes vuelven una y otra vez al recuerdo de aquellos 56 segundos que duró la república catalana en 2017.

El poder de la sociedad civil

Como si la sociedad de Cataluña hubiera avanzado, pero algunos políticos soberanistas aún estuvieran anclados en otra realidad. La de verdad, la que marcan las estadísticas del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO), nos dice que en los últimos diez años el secesionismo no ha alcanzado ese deseado (y también muy discutido por falaz) 50% de apoyo en ninguna de las múltiples convocatorias electorales celebradas en este tiempo. Además, sus apoyos y porcentajes son muy variables en función de las circunstancias de cada momento: el 47% rechaza la ruptura con España frente al 44,5 que sí la quiere, según el último CEO. Y las preocupaciones que se reflejan en este estudio muestran que la del procés o la cuestión identitaria no es ni mucho menos la principal: la crisis económica, la corrupción y hasta el cambio climático se sitúan por delante.

Esta desconexión de algunos líderes deja desamparados a los ciudadanos que aspiran a encontrar sus propias soluciones. Es la sociedad catalana, de hecho, quien empuja y busca alternativas. En este sentido, se enmarcan los continuos llamamientos al sentido común y al acuerdo por parte de los empresarios, representados en el presidente de Foment del Treball, Josep Sánchez Llibre, que pide olvidar cualquier intento de repetición electoral y que apuesta por unos presupuestos que den estabilidad. La cordura de la Cataluña civil y empresarial frente a algunos de sus políticos que no reconocen los errores y fracasos del pasado y que olvidan las necesidades de aquellos a quienes representan. Quizá, en una reinterpretación libre de aquella conllevanza de Ortega, deberían aceptar la realidad y acercarse a lo que demandan los ciudadanos. Cataluña merece que el independentismo salga de su ficción.