Historia

José Antonio Pérez: «Sería muy grave que el mundo abertzale acabe imponiendo su relato»

El coordinador de “Historia y memoria del terrorismo en el Páis Vasco” alerta de que el entorno etarra trata de atraer simpatías con el engaño de los «derechos humanos» cuando solo defienden los de «sus presos»

José Antonio Pérez Pérez. Doctor investigador del Instituto de Historia Social Valentín de Foronda
José Antonio Pérez Pérez. Doctor investigador del Instituto de Historia Social Valentín de ForondaMikel Mtz. de TrespuentesUPV/EHU

José Antonio Pérez es Doctor en historia contemporánea y profesor en la Universidad del País Vasco. Es, además, investigador del Instituto de Historia Social Valentín de Foronda y coordinador de «Historia y memoria del terrorismo en el País Vasco», trilogía sobre este periodo oscuro de la historia de nuestro país, cuyo segundo volumen está a punto de publicar Confluencias.

-Cuando el Tribunal Superior autoriza que puedan celebrarse actos como el desconvocado estos días por la movilización de una parte de la población civil y algunos partidos de la oposición, parece que exista un divorcio entre el sentir popular y nuestras instituciones. ¿Lo ve así?

-Es un asunto complejo. Con la actual legislación no se puede encausar a quienes promueven este tipo de actos, lo que crea una enorme desazón en una parte de la sociedad y, especialmente entre las víctimas, que ven como el entorno de los victimarios los promueve y la justicia es incapaz de resarcirles. Ya en el año 2009, viendo que aquello tocaba a su fin, nos preocupaba cómo se iba a situar la sociedad vasca e, incluso, cómo se contaría lo ocurrido. Preveíamos un periodo de grandes imposturas: lo que fue una derrota policial del terrorismo, aquellos que fueron el brazo politico, iban a tratar de darle la vuelta. Había que ver también cómo se recibía a los miembros de ETA que iban siendo excarcelados, pues intuíamos como historiadores que tratarían de visibilizar ante la sociedad, o lo que ellos creen que es la sociedad vasca, la escenificación de que matar por la patria había servido de algo. Como saben que no pueden hacer apología ni proclamas a favor de la banda terrorista, ni exhibir toda la iconografía, o pueden ser encausados, establecen un paradigma que es la reivindicación de los Derechos Humanos, que todos asumimos en una sociedad democrática. Es por eso que defienden los derechos de «sus presos», un espantajo utilizado de forma muy hábil para tratar de atraer a gente que, sin ser de ese mundo abertzale, se siente concernido por algo que todos compartimos: que los derechos humanos sean defendidos. Ahí está el engaño.

-No se trata únicamente este tipo de actos de reivindicaciones de los derechos humanos.

-Evidentemente no. A nadie escapa que, en este caso, responde a un contexto en el que se trata de legitimar y apoyar la trayectoria de un terrorista tremendamente sanguinario. Y cada uno de estos actos, que se desarrollan en el espacio público, tiene ese sentido. El pueblo recibe a su héroe, que ha dado lo mejor de su vida por la libertad de Euskadi. Eso tiene un componente de agravio para las víctimas. Se habla de los presos, se omite que son miembros de una banda terrorista y la existencia de sus víctimas. Se legitima y da sentido a su lucha al tiempo que se borra todo rastro del sufrimiento causado.

- Tiene entonces algo de estrategia el cambio de la marcha en apoyo a Parot por concentraciones contra la cadena perpetua a etarras.

-Es la misma estrategia mantenida desde el primer día, la de su victimización. Pero tras cincuenta años de reivindicar Euskal Herria, la independencia, el socialismo, y no conseguir ninguno de sus objetivos, necesitan ofrecer una pequeña victoria o un argumento que sirva de justificación de todos esos años de terror. Así, su discurso es que no son unos asesinos: son unos militantes que han pagado un alto precio.

-¿Cómo se podría valorar la movilización de parte de la población civil en este caso?

-La presión social ha sido positiva y determinante. El cambio de convocatoria hace que tenga menos visibilidad mediática, que se difumine. Porque las marchas tienen un sentido dentro del discurso nacionalista: es la visibilización de un pueblo enorme, de un pueblo en marcha. Responde a una puesta en escena tremendamente potente. Tampoco hay que despreciar las propias tensiones que se viven dentro del mundo abertzale como un factor más.

-¿Hay cierto olvido social sobre lo que fue ETA, lo que hizo y lo que supuso?

-Absolutamente, lo hay.

-¿Un blanqueamiento, incluso?

- ETA fue derrotada y eso es incuestionable. Lo doloroso es que el proyecto politico que defendían, a través de los herederos de lo que fue Herri Batasuna, Bildu como coalición donde domina Sortu, haya conseguido una legitimación por parte de la mayoría de los partidos politicos. De tal modo que se puede pactar con ellos. Ese blanqueamiento de su pasado a través de encuentros formales y normales, como si fuese otra fuerza política, hace un daño a la democracia española muy profundo. Habría que recordar constantemente quiénes son y de dónde vienen. Que apoyaron al terrorismo y que este no hubiese durado cincuenta años sin ese partido detrás.

-¿Qué se debería hacer ahora?

-Seguir denunciando y poniendo de relieve todos estos actos que tratan de blanquear la trayectoria de terroristas sanguinarios, amparándose en argumentos falsos. Es fundamental. Como la labor de las Asociaciones de Víctimas, del periodismo, de historiadores… Joseba Arregui lo explicaba perfectamente y daba la clave: ETA dio sentido político a las victimas que provocó, porque fueron sus verdugos los que las convirtieron en el coste que debía tener la imposición de un proyecto de caracter totalitario con una base ultranacionalista.

-¿Hay una pugna por imponer el relato?

-Sí, especialmente por parte del mundo abertzale. Unos días antes del comunicado de octubre de 2011, el diario «Gara» ya publica un editorial titulado «Quien convenza, vencerá». Se trata de promover un relato que maquille la derrota y glorifique la memoria. Ahora mismo hay, a mi juicio, tres versiones: La de Bildu, la de los historiadores y la del llamado tercer espacio. La primera reivindica la memoria del mundo de ETA y, sobre todo, la tesis de que fue consecuencia inevitable de la represión franquista. Una falsedad. Los historiadores defendemos argumentadamente que ETA fue una reacción contra España más que contra la dictadura, como ellos mismos reconocían al afirmar que lucharían contra España independientemente de la forma de estado que representase. Hay un sector muy importante ante el que necesitan seguir presentándose como militantes antifranquistas. Esa ética antifranquista sigue teniendo un tremendo efecto, no solo en el entorno abertzale, sino en un sector de la izquierda española que los sigue viendo como gente de izquierdas comprometida. No es así: quienes toman la decision de pegar el primer tiro, a José Antonio Pardines en 1968, lo hacen de manera deliberada. Toman la decisión de matar. Y frente a estas dos versiones está la de lo que hemos denominado «el tercer espacio», un mundo que surge del entorno de la propia ETA, en los años 90, cuando, por la necesidad de un movimiento de carácter sociopolítico que busque lo que ellos llaman «la resolución del conflicto», surge la asociación Elkarri, luego Lokarri. Tras la vuelta del nacionalismo al poder, ponen a dirigir la política memorialista al representante máximo de esa asociación. Esto es muy importante, porque toda la política pública de la memoria en el País Vasco, más allá de la que promueva el Memorial de Víctimas, la que va a llegar al sector más amplio de la sociedad, incluída la educación, procede de ese discurso y ese ámbito. Y ahí, la historia rigurosa tiene muy poco peso. El peso se le da a la memoria. Y más que a la memoria, a las memorias. Todas las memorias, dicen, son legítimas en este país y tienen que estar representadas. Y esa es la gran trampa.

-¿Todas las memorias? ¿También las de los victimarios?

-Hubo más violencias, es cierto. La del terrorismo de ETA fue la mayor, desde luego, pero la hubo de grupos de carácter parapolicial, el GAL y muchas otras provocadas por la actuación desproporcionada de las fuerzas del orden público en los primeros años de la Transición. Pero la estrategia es exitosa en la medida en que se ha extendido un relato en el que se dice «aquí todos hemos sufrido». Desde el punto de vista de la historia académica, adolece de falta de rigor. Porque se omite algo verdaderamente importante, que es que solamente una de esas violencias contó con el apoyo de un brazo político y de un sector de la sociedad, no mayoritario, pero sí importante. Nunca hubo miles de personas recorriendo la Gran Vía gritando «Viva el Gal». El único victimario que contaba con una fuerza política que llegó a ser la segunda en el País Vasco, y que sigue siéndolo hoy, es ETA. Y solo ellos pretendieron imponer un proyecto político. Sería muy grave que se acabase imponiendo este relato y creo que la responsabilidad de que eso no ocurra recae sobre las instituciones. No podemos permitir que esto suceda.