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El arte de hacer política de Felipe, «el Prudente»

La relación con Rajoy es buena y hay un contacto permanente más allá de los despachos semanales. Con Sánchez y Rivera destaca la «sintonía» generacional. Iglesias es una amenaza

  • Don Felipe y Doña Letizia en el 40 aniversario de las elecciones de 1977 junto a diputados de las Cortes constituyentes y presidentes del Congreso
    Don Felipe y Doña Letizia en el 40 aniversario de las elecciones de 1977 junto a diputados de las Cortes constituyentes y presidentes del Congreso

Tiempo de lectura 5 min.

30 de enero de 2018. 05:27h

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Abel Hernández 30/1/2018

Uno de los aspectos menos gratos en la vida del Rey es tener que acoger a todos los políticos con educación y afabilidad aunque haya casos y momentos en los que se merecerían, y es lo que le pide el cuerpo, el desdén, el rechazo o la recriminación sin contemplaciones. En los escasos cuatro años de su reinado, Felipe VI ha demostrado con creces que conoce bien las servidumbres del oficio. En este tiempo, inaugurado con una insólita crisis de gobierno, ha tenido que recibir repetidamente con impasible amabilidad a todos los dirigentes políticos y ha experimentado momentos especialmente amargos observando la peligrosa deriva disgregadora de los secesionistas catalanes. Por iniciativa y bajo el impulso de estas fuerzas políticas, dispuestas a proclamar la República en Cataluña, ha padecido pitadas y ofensas a la Corona y a España en los estadios, con motivo de la final de la Copa del Rey de fútbol, o en la calle de Barcelona aprovechando, de forma infame, una manifestación contra el terrorismo cuando los cuerpos de las víctimas aún estaban calientes. Pero él tiene que tragar saliva, poner buena cara y estrechar cuando llega la ocasión la mano de sus detractores.

Es normal que haya veces que esté cansado, incluso harto, de lo que pasa, se sienta solo y eche en falta que sus llamamientos reiterados a favor de la concordia y el consenso político caigan en saco roto. Esto se vio, sobre todo, cuando las consultas frustradas para formar gobierno. Todos los representantes desfilaron repetidas veces por su despacho de La Zarzuela. Eso le sirvió para conocerlos de cerca e incluso, en algún caso, para establecer unas buena sintonía personal a pesar de las fuertes discrepancias políticas. Parece que ese es el caso del líder de Podemos, Pablo Iglesias. Después de la primera entrevista declaró: «La información que tiene de nosotros es de alguien que lee mucho; pudimos hablar de una gran variedad de temas; el Rey es consciente de que tiene que estar cada día más cerca del pueblo». Eso no quita para que, comentando el mensaje de Felipe VI en Navidad, la postura de Podemos fuera: «No necesitamos reyes». En el oportuno y bien traído reportaje de Telemadrid «La noche del Rey», con motivo del 50 cumpleaños, el socialista Pedro Sánchez ha revelado que el Rey le comunicó por sorpresa que Pablo Iglesias estaba dispuesto a apoyarle en la investidura –cosa que luego no sucedió– y él le prometió aquel día al Rey que «no le iba a fallar».

Las relaciones institucionales con el presidente Rajoy son buenas, con un contacto casi permanente entre la Zarzuela y la Moncloa, aparte de los despachos semanales, y las relaciones personales son correctas. Bajo el mandato de Rajoy se hizo, con acierto y prudencia, su entronización. El rey Felipe, a pesar de que el líder popular no aceptara el primer encargo que le hizo para someterse a la investidura en la crisis de 2016, lo que algunos consideraron un desaire a la Corona, está agradecido al actual inquilino de La Moncloa por los grandes servicios prestados y confía en su experiencia y en su prudencia en los tiempos tan azarosos que vivimos; pero, al mismo tiempo, es natural que se sienta más próximo humanamente a los dirigentes políticos de su generación, Pedro Sánchez y Albert Rivera. Y más teniendo en cuenta que el día de su proclamación prometió «una Monarquía renovada para un tiempo nuevo». Por cierto, los ex presidentes del Gobierno vivos, según ha revelado Zapatero, fueron consultados sobre la abdicación por don Juan Carlos, y Aznar ha contado que, siendo Príncipe, don Felipe acudía con regularidad a La Moncloa a unas cenas organizadas para satisfacer su curiosidad, que era mucha, por los asuntos de Estado. Aconsejado por su padre, Don Juan Carlos, el nuevo monarca no parece dispuesto a dar saltos hacia adelante en el vacío. Los que lo tratan de cerca aseguran que mantiene los pies en el suelo. Y así empieza a tener fama de Rey prudente.

El enérgico e histórico mensaje de Felipe VI a los españoles, de apenas seis minutos, el 3 de octubre de 2017,–su 23-F particular– en el que exigió el restablecimiento del orden constitucional en Cataluña, marca ya, para bien o para mal, y seguramente marcará para siempre, su reinado. Fue un discurso necesario, valiente y arriesgado, muy bien acogido por el pueblo –lo aplaudió el 84 por ciento de los españoles–, pero que alejaba aún más de la devoción monárquica a una parte no desdeñable de la clase política: los nacionalistas catalanes y vascos y la izquierda radical representada por Podemos con los despojos dispersos del antiguo Partido Comunista, que ha roto el pacto que estableció Santiago Carrillo con la Corona, tan beneficioso para la estabilidad democrática. Y ha quedado hecho trizas el pacto constitucional de los nacionalistas catalanes, que tanto contribuyeron en su día a la concordia política y al progreso. El último mensaje regio de Navidad, a pesar de su moderación, tampoco sirvió para acercar posiciones. Gabriel Rufián, de ERC, tildó al Rey de «155pe VI», lo mismo que JuntsxCat, que lo calificó de «Rey del 155». Forcadell le exigió que «respete lo que los catalanes expresaron en las urnas». Y el PNV echó en cara lo de siempre: que el Rey no reconozca la existencia de naciones dentro del Estado.

Este es el panorama. Don Felipe de Borbón sabe –lo ha aprendido bien de su padre y de su abuelo–, que tiene que ser rey de todos los españoles, si quiere garantizar la utilidad y permanencia de la Corona. Y, sin embargo, sufre en el rostro el rechazo, a veces llamativo y grosero, de una parte de la clase política y de sus representados. Éste es, me parece, el principal problema actual de la Monarquía española cuando el Rey cumple 50 años, que es la marca dorada de la madurez. Tiene el favor general de los españoles, pero le falla la clase política dominante en Cataluña y el País Vasco, además de las nuevas fuerzas emergentes de izquierda, contrarias al «régimen del 78», sobre el que se sustenta la Monarquía parlamentaria. Tiene tarea por delante para reconstruir el tejido nacional y el acercamiento de los disidentes sin poner en peligro la unidad nacional y el orden constitucional.

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