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El día que Sánchez hizo de Rajoy

El socialista sigue los pasos de su antecesor en Moncloa: forzar elecciones para lograr después la abstención del principal partido de la oposición.

  • Mariano Rajoy y Pedro Sánchez durante un encuentro en La Moncloa, el pasado 15 de abril de 2018
    Mariano Rajoy y Pedro Sánchez durante un encuentro en La Moncloa, el pasado 15 de abril de 2018

Tiempo de lectura 4 min.

15 de septiembre de 2019. 02:47h

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Ainhoa Martínez Madrid. 15/9/2019

De espetarle el «no es no» a seguir sus pasos. La trayectoria de Pedro Sánchez parece haber confluido y avanzar de forma paralela a la de su predecesor en La Moncloa, Mariano Rajoy, en 2016. Entonces, el secretario general socialista con un grupo parlamentario diezmado y una profunda debilidad interna prefirió renunciar a su cargo y a su escaño antes que favorecer un gobierno de signo contrario. Ahora, el mismo líder del PSOE pero como fuerza más votada e incontestable legitimidad dentro de su partido se arriesga a forzar una repetición electoral con la esperanza de que la historia –que él intentó evitar– se repita. Esta vez, a su favor.

La llamada de 10 minutos que Sánchez e Iglesias intercambiaron el jueves no fue suficiente para frenar el rumbo que nos lleva inequívocamente hacia las urnas en noviembre. La profunda desconfianza entre ambos actores y la inestabilidad que provocaría la «coalición a prueba» que el líder morado propuso a Moncloa son los argumentos que desde el Gobierno se esgrimen para rechazar el último intento desesperado por evitar las elecciones. El «no es no» ahora es a los morados, cuya oferta califican de «absurda y vacía de contenido». En el cuartel general de los socialistas ya se ha instalado la certeza de los comicios, identificados –además– como un mal menor. Un riesgo que a su vez entraña una oportunidad. La posibilidad de ampliar su base electoral y crear un clima postelectoral más proclive al acuerdo. «Quienes no se han movido hasta ahora, tendrán que hacerlo entonces», aseguran fuentes socialistas ante la interpelación por parte de este diario sobre la posibilidad de que las urnas vuelvan a arrojar una correlación de fuerzas que mantenga el bloqueo. Para sostener sus tesis, en Moncloa se apoyan –además de en los datos de las últimas encuestas publicadas– en el precedente de 2016. El de Rajoy. Entonces, la repetición electoral engrosó el espacio del bipartidismo y estrechó el de los nuevos partidos –Podemos y Ciudadanos– que pagaron su incapacidad para ponerse de acuerdo. En tiempos de inestabilidad, como es el caso, los votantes apuestan por la certeza de los partidos tradicionales, asegurándoles una mayoría que les permita maniobrar con cierta solvencia.

En favor de Sánchez y Casado en una nueva convocatoria electoral jugaría el voto útil. Los socialistas, que en abril consiguieron que las tres derechas no sumaran por la alta participación, creen que ésta no caerá demasiado y que podrán atraer voto descontento con la deriva de Ciudadanos y de votantes de izquierda que buscan una salida. Esta tesis la abonan los últimos sondeos. Obviando el CIS desactualizado de julio, que le otorga una vertiginosa subida en detrimento del resto de actores políticos; el resto de encuestas, dejan incluso volar la expectativa de que al PSOE le sea suficiente con Podemos y el PNV para llegar al Gobierno. Ese «tercer espacio» que no se materializó el 28-A. De no ser así, esto es, si se volviera a reproducir el bloqueo actual, en Moncloa creen que –ahora sí– al PP no le quedaría otra opción que abstenerse. Como ocurriera en 2016 y ante el riesgo de votar por tercera vez, fuentes gubernamentales consideran que la presión sobre el principal partido de la oposición para moverse y facilitar un gobierno sería «insoportable».

Aunque a Sánchez le beneficie el voto útil en los probables comicios de noviembre, el líder socialista tendrá que hacer también un importante esfuerzo por recuperar espacio en la batalla del relato. Con la última oferta de Podemos sobre la mesa que ofrecía investidura, Presupuestos y apoyo externo durante la legislatura, Sánchez tendrá que jugar profusamente la baza de la inestabilidad –ya comienzan a deslizar que un Ejecutivo no puede estar «sometido a periodo de prueba alguno»– y afanarse en convencer a los votantes de que es cierto que él no quería ir a elecciones. Con el rechazo a la oferta de Podemos, no obstante, la responsabilidad de Iglesias en los comicios decae. Desde Moncloa sostienen que la ciudadanía «percibe mejor que nadie la inflexibilidad» de los morados y harán valer que por tercera vez –con su abstención– votarán en contra de un presidente del gobierno progresista.

En todo caso, la próxima semana es decisiva. En concreto, el martes 17 cuando Sánchez e Iglesias desfilen por Zarzuela y compartan con el Rey su diagnóstico de la situación. En Moncloa sostienen que Sánchez no asumirá un encargo si no tiene los apoyos suficientes, esto es, garantizados los votos de Podemos. Aunque también mantienen que, en caso de que Iglesias se los ofrezca gratis ante Felipe VI, no podrán declinar el mandato. Ambas partes aseguran que no se favorecerá-aceptará un aval que no vaya acompañado del compromiso de sostener la legislatura y, de no producirse, Sánchez volvería a ponerse en los zapatos de Rajoy, cuando en 2016 renunció a presentarse a la investidura por falta de apoyos. El líder del PSOE se mira ahora en el espejo de su predecesor en el poder, aunque entonces calificara su actitud de «profundamente irresponsable».

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