¿Es posible lograr la tan ansiada igualdad sin atender a nuestra biología?

Opinión

  • ¿Es posible lograr la tan ansiada igualdad sin atender a nuestra biología?

Tiempo de lectura 8 min.

07 de marzo de 2018. 14:23h

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Gema Lendoiro Madrid. 7/3/2018

Esta semana que se celebra a nivel mundial el día destinado a la mujer es importante reflexionar acerca de cómo nos debatimos entre biología y condicionamientos sociales y culturales las mujeres y qué impacto tiene sobre nosotras mismas y, por consiguiente, sobre la sociedad. El Grupo Laberinto propone este punto tan interesante que me da pie a reflexionar algo que me parece interesante.

“La mujer del S. XXI continua siendo la misma “hembra” que instintivamente desea perpetuar la especie y se desvive por el correcto desarrollo de sus crías, sin embargo, en los últimos años se ha desvinculado de la obligación de ocupar ese rol para ocupar otros roles en la sociedad para los que es tan válida como los hombres”.

Efectivamente, el peso biológico nos condiciona de una manera mucho más profunda de lo que somos capaces a veces de admitir. Nacemos diseñados con un único fin desde la biología (no social): perpetuar la especie. En esto la naturaleza es profundamente conservadora y pone toda su fuerza en lograr la reproducción de todas las especies. Es el humano el único mamífero que pone freno a esta reproducción cuando no la desea. Antes de los anticonceptivos químicos, con los naturales y hoy en día con ambos. No solamente esto es interesante a la hora de percibir nuestra particular psicología, sino que es fundamental para conocernos, incluso para aquellas mujeres que libremente desean no tener hijos. La biología tiene un peso específico que no debe ser obviada a la hora de entendernos.

Si hiciésemos un ejercicio mucho más profundo sobre nuestro ser biológico entenderíamos muchísimo mejor por qué nos pasan ciertas cosas. Por ejemplo, las mujeres de hoy en día (y desde que fue un hecho real que la mujer se incorporó al mercado laboral) sufrimos unas dosis de estrés elevadísimas cuando nos enfrentamos a la realidad de criar y cuidar a los hijos y, además, ejercer una labor profesional. La sensación de no llegar a todo es absolutamente real porque, efectivamente, es imposible llegar a todo. Por mucho que queramos ser “superwoman”, jamás podremos hacerlo todo bien a la vez. La tribu, tan presente en nuestras antepasadas, no está hoy con nosotras de la misma manera y, además, tenemos una nueva tarea que sumar la crianza: el trabajo fuera de casa.

Si a esto le añadimos despojarnos de nuestro ser biológico, la cosa se complica y me explico. Estamos diseñadas para cuidar a los hijos de manera amorosa y es por ello que separarnos de manera brusca y temprana de ellos genera sentimientos que muchas no son capaces de interpretarlos o entenderlos. Ansiedad, malestar general, sentimiento de culpa, sentimiento de vergüenza por no querer confesarlo...Esta es la realidad de muchísimas mujeres hoy día. Mujeres que dejan a sus hijos de 16 semanas en una guardería y lloran a escondidas en su puesto de trabajo porque no quieren dar una imagen de débiles cuando lo que están siendo es, justamente lo contrario, fuertes en su biología. Ninguna mamífera se separa de sus crías en época de crianza salvo las humanas de hoy en día y en el primer mundo. Si a la loba la separas de sus lobeznos te atacará. La mujer separada de su bebé disimula ese dolor (porque está diseñada exactamente igual que la loba) y se lo calla (generalmente) y eso pasa factura. Una factura que todavía desconocemos porque somos los adultos de hoy día las primeras generaciones que tuvimos a nuestras madres trabajando en su mayoría fuera de casa.

La importancia de hablar

Muchas mujeres se enfrentan a una maternidad que tenían idealizada o que nadie les había contado en realidad cómo era. Cuando esto sucede el impacto emocional es enorme. A veces basta un mal parto, una separación del bebé por prácticas hospitalarias obsoletas o, simplemente, haberse despegado totalmente de la naturaleza mamífera que acompaña sí o sí a la mujer en el parto, lo que llevará a la madre a experimentar sentimientos cercanos a la tristeza, ansiedad, miedo a no saber hacer bien su “trabajo”, soledad (los padres vuelven enseguida al trabajo) Mujeres solas que han olvidado “amamantar” y que, en lugar de ser ayudadas para lograrlo, reciben presiones para que acudan a los biberones y a todo aquello que se aleja de su verdadera naturaleza mamífera.

Todas estas sensaciones y etapas que transcurren en la vida diaria de muchas mujeres madres que trabajan hoy en día son las verdaderas silenciadas. La igualdad de género no solo no encuentra las respuestas a estos interrogantes sino que se aleja de las soluciones en la medida que impulsa a la mujer a ser un clon del hombre. Algo que, inevitablemente, choca contra la biología, muy presente en nuestro ADN y no tan sencilla de eliminar a base de proclamas, manifestaciones o huelgas.

La madre, la principal figura de apego en la primera infancia

Una madre triste, cuya biología está siendo ninguneada por los condicionamientos sociales y culturales: “vuelve al trabajo ya, despréndete de la cría, no la tengas en brazos, no le hagas caso cuando llora, déjala dormir sola, es normal que llores el primer día pero se te pasará, no seas ridícula que ya tiene dos años y está mejor con otros niños que contigo...”, se enfrenta a dos disyuntivas: la que su corazón (biología) le dicta y la que su cerebro (sociedad) le impone. Ahí es, justamente, donde no existe la libertad más que para unas pocas que rompen con todo el sistema y deciden parar, lo que ellas necesitan, para criar.

Una madre triste y estresada, decía, es una madre menos capacitada para criar un niño desde una perspectiva mental y absolutamente sana, principio básico para criar futuros adultos no violentos o llenos de carencias por todas partes. ¿Cuál es el precio que vamos a pagar si despojamos a la madre de la cría y le hacemos ver que tiene que volver a producir cuanto antes sin pararnos a pensar en las consecuencias que eso tiene a corto y largo plazo y que no son leves? Obviamente la solución no es dejar de trabajar pero sí encontrar unas vías de conciliación social y laboral que nos permitan que seamos esas hembras que la naturaleza diseñó. Y ahí está el verdadero reto del feminismo del siglo XXI y que está siendo, en buena medida, no ya ninguneado, directamente invisibilizado.

¿Qué pasa con el padre?

El padre es también fundamental en la vida de los hijos y en su crianza pero su verdadero e insustituible protagonismo empieza más tarde. El destete natural, recordemos, en la especie humana es alrededor de los dos años, por lo tanto resulta bastante lógico que su protagonismo hasta esa edad sea biológicamente menos fuerte. Sin embargo, los nuevos modelos de familia, con casi todas las madres trabajando, han hecho que el papel del padre cobre muchísima fuerza ya desde el comienzo de la crianza. Algo que, sin duda, favorecerá muchísimo a toda la unidad familiar.

En época de visibilizarlo todo, igual deberíamos visibilizar más el papel de la maternidad en nuestra sociedad y plantearnos que las mujeres no somos máquinas de fabricar hijos que pueden incorporarse al trabajo sin más consecuencia que unas ojeras. Proteger la maternidad es, probablemente, la mejor manera de que seamos de verdad una sociedad igualitaria. Y es una tarea de todos.

Hay muchas cosas por hacer pero esta, que quizás es la que más nos condiciona desde la psique, está totalmente descuidada.

Gema Lendoiro es periodista de familia y madre de tres hijos

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