Paulino Alonso, el guardián de los pecados de Rodrigo Rato

El padre Paulino lleva tres décadas en Soto del Real, la cárcel donde recala mucho nombre conocido

Cuando hace un par de semanas Rodrigo Rato abandonaba la prisión de Soto del Real tras obtener el tercer grado, se detuvo unos instantes ante las cámaras. No admitió preguntas. No hizo un alegato alguno sobre su inocencia. Su objetivo ante los micrófonos era otro: dar las gracias lo mismo a los funcionarios que a sus compañeros del módulo diez. Y solo citó un nombre propio. «Quiero dar las gracias especialmente al padre Paulino y a las personas que le acompañan todos los domingos en la misa, que hacen una labor espléndida para todos los reclusos y todos los internos». Por unos instantes, Paulino Alonso, el capellán de la cárcel con mayor población reclusa de la Comunidad de Madrid, salía del anonimato.

«Para mí son todos iguales, del más poderoso al más tirado que está allí. No hago distinciones: el gordo, el delgado, el rico y el pobre es persona. No miro nunca qué han hecho antes ni me interesa», asegura el religioso trinitario esta semana en una entrevista concedida a la revista «Vida Nueva», la publicación religiosa española que, dicen, lee el Papa Francisco todas las semanas.

«¿Qué les ha llevado hasta allí? ¿El egoísmo? –continúa–. ¿El ansia de poder? ¿Sus circunstancias personales? ¿Una familia desestructurada? La prisión no diferencia entre unas realidades y otras. Yo, tampoco». No es la primera vez que su nombre se cuela en las crónicas penitenciarias. El que fuera presidente del Fútbol Club Barcelona, Sandro Rosell, quedó tocado por el acompañamiento del religioso trinitario. No en vano, Paulino siempre creyó en su inocencia y así quedó demostrado cuando Rosell fue finalmente absuelto tras pasar 643 días en prisión preventiva acusado de blanquear comisiones por los derechos audiovisuales de 24 partidos de la selección brasileña de fútbol. Una absolución judicial que llegó cuando ya tenía la divina, de la mano de Alonso. De hecho, todos los beneficios de su autobiografía carcelaria las ha destinado al comedor social Ave María. Es la otra misión de este consagrado.

Las mañanas las entrega a los excluidos de Lavapiés y el Madrid de los Austrias. Pero, nada más comer con su comunidad religiosa –son seis trinitarios–, pone el turbo para entrar en la cárcel. El padre Paulino le resta importancia a que le etiqueten como el capellán «anticorrupción»: «No me quita ni me pone nada que me saquen a la luz. Me quedo igual que estaba. Valoro el que me lo agradezcan, porque soy humano y además me ratifica y estimula en mi vocación de ‘estar con’ y acompañar. Pero también me lo hacen ver los presos anónimos que no salen en televisión». Lo cierto es que el trinitario tiene don de gentes y así lo demuestra en sus eucaristías ante más de 150 presos. Aunque vista de blanco por precepto litúrgico, por dentro es blaugrana y suele echar mano del fútbol para «enganchar» a sus feligreses.

En una mesa en el módulo

En sus casi tres décadas entre rejas, han pasado por Soto no pocos rostros conocidos vinculados a casos de corrupción política o empresarial. Desde el ya fallecido José María Ruiz-Mateos, que apenas pasó nueve días, a los que continúan hoy, como Luis Bárcenas. Por allí también pernoctaron Ignacio González, Ángel María Villar, Mario Conde, así como los condenados por el «procés». No todos se han dejado ver por la capilla, pero, como poco, se han cruzado con él, que practica la pastoral «del encontradizo» para echar una mano a los presos: «Me siento en una mesa en el módulo o en un banco en el patio, y espero. Algunos se acercan para pedir un caramelo o un cigarro, otros para bromear, y ahí comienza todo. Si tú antes no has abrazado sus preocupaciones, no puedes hablar de un Dios que quiere y ama».

Con esta misma franqueza tumba el imaginario de que Soto es una cárcel para ilustres. Y más aún, que haya un doble rasero para los presos de postín. «Los llamados vips viven en un módulo como todos. No tienen ningún privilegio, aunque desde fuera se deje caer que sí –relata a «Vida Nueva»–. Al tratarles, uno ve que los primeros momentos tienen que ser muy duros para ellos. Una persona que ha tenido de todo, dormido en los mejores hoteles, comido en los mejores restaurantes, de repente duerme en una celda acompañado de otro, con una bandeja metálica... Todo eso debe romperles».