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El arrepentimiento de Enrique Ponce sin vuelta atrás

El popular torero está viviendo las horas más bajas de su apasionado romance con Ana Soria. ¿Qué le impide volver con Paloma Cuevas?

El torero Enrique Ponce y Paloma Cuevas llegando al bautizo de Carlos Zurita en Madrid.
El torero Enrique Ponce y Paloma Cuevas llegando al bautizo de Carlos Zurita en Madrid. FOTO: KLA/KLB/KAB GTRES

Supongamos que estamos leyendo el famoso libro «Alicia en el País de las Maravillas». ¿Se acuerdan de los personajes? La niña inocente, la malvada reina y el conejo estresado. Pero esta vez, nada es lo que parece. Hablamos, no de la novela de Lewis Caroll publicada en 1865, sino de la relación de Enrique Ponce con la jovencísima Ana Soria. Tan rubísima como Alicia, pero tan diferente. En esta historia, la Reina de Corazones no es la que podríamos creer: ni hay una despechada ex ni la rubia «Alicia» es tan inocente y cándida como todos hemos creído.

Esta historia se remonta al verano de la pandemia, julio de 2020. Cuando todos estábamos todavía recomponiéndonos de un encierro nada voluntario, hubo muchos que se centraron aún más en su familia, y otros, como el torero, que salieron huyendo, pensando en lo de «a vivir que son dos días». Atrás quedaron casi 24 años de matrimonio, dos hijas y una vida en común aparentemente perfecta ilustrada a todo color en la biblia rosa de nuestro país.

Enrique Ponce y Ana Soria por las calles de Nimes
Enrique Ponce y Ana Soria por las calles de Nimes FOTO: GJN GTRES

Paloma Cuevas es fotogénica, guapa a rabiar, con un tipazo que mantiene igual desde la adolescencia y con una melenaza impecable y brillante fruto de los cuidados de sus peluqueras de confianza desde hace más de veinte años, que trabajaban en el mítico salón Leonardo. Para los tratamientos faciales y corporales suele acudir a Carmen Navarro desde siempre, y los tratamientos con oxígeno Beoxy Platino le ayudan a estar bien y a sentirse bien. Hay un nutricosmético que le ayuda a «conseguir la mejor versión de ti misma», Bewise, de Eiralabs, y Paloma, desde luego ya lo es. Su maquilladora es Beatriz Matallana que acude a su domicilio cada vez que Paloma tiene algún compromiso, como en la presentación de su colección con Rosa Clará. En los veinticinco años de historia de la marca es la primera vez que colaboran con una figura pública, y no podía ser otra que Paloma Cuevas, a la que definen como «referente en elegancia, valores y discreción». Perdonen el anexo. No me he ido por las ramas, pero es que se me escapan los tips de belleza a esta reportera «beauty» reconvertida en cronista social.

Paloma, que es la bondad personificada, tiene el apoyo de su familia y de sus amigas, que no la han dejado sola en ningún momento y ha demostrado una clase y un saber estar dignos de admiración. Sus buenas amigas dicen que no hay otra igual: generosa, buena persona y que se merece todo lo bueno que le pueda llegar. De sus labios no ha salido ningún reproche hacia el padre de sus hijas y ha sido más que generosa para facilitar las cosas y eso que me comentan, que lo tiene un poco complicado, porque la nueva dueña de corazones del torero se ha convertido además de su amante en una especie de secretaria que le filtra las llamadas. ¡Ay torero! ¡Tanta valentía delante del bravo animal y tan poca para otras cosas! Aquí, sí un tirón de orejas bien dado.

Enrique, ¿qué es tenerlo todo? Pues, querido, era tener a Paloma a tu lado. Una mujer detallista, súper pendiente de todo y de todos; abnegada y feliz cuidadora de sus ya ancianos padres; y sobre todo de sus hijas, para que sigan teniendo la niñez tranquila y feliz que ella disfrutó.

Paloma es muy religiosa y su fe le ayuda a ver la vida de otra manera y a relativizar lo que no es importante, porque vive por y para sus padres y por y para sus niñas, que son su mayor alegría. También es muy disciplinada y alegre, dentro de todo lo que le ha pasado, porque la pérdida inesperada de su hermano ha hecho que su corazón sienta siempre con pesar esa ausencia.

Margarita Vargas y Paloma Cuevas
Margarita Vargas y Paloma Cuevas FOTO: Carlos Alvarez Getty Images

¿Y cómo habrá sentido ese corazón que su marido, que siempre la ensalzaba y besaba el suelo que pisaba la dejara por una chica que casi acababa de cumplir la mayoría de edad y que solo piensa en lo típico de su edad como salir, juergas, chicos y estudiar más bien poco? ¿Cómo se pasa del «solomillo» como decía Paul Newman a una «simple hamburguesa»? Misterios de la vida sin resolver. Porque el gran Newman se quedó con el solomillo, pero Enrique ha vuelto a la adolescencia a lomos de un cocodrilo hinchable y se ha quedado con el «fast food». ¿Cómo recibirá ahora Enrique a sus invitados que estaban acostumbrados al arte de Paloma? ¿Cómo se pasa, parafraseando a la gran escritora Carmen Posadas, del «hoy caviar, mañana sardinas»? A mí que me lo expliquen y también el supuesto beneplácito de la familia de ella que le acoge en sus planes de barbacoas y paellas de domingo, todo comprado en amor y compañía en el Mercadona de la esquina.

Demasiado orgullo

Me comentan que él está súper arrepentido, pero que su pecado capital es el orgullo, por lo que no va a ser de los que vuelvan con el rabo entre las piernas, como hombre torero que es. Pero, aun así, la discreta Paloma, que no quiere dar que hablar, que sufre si ve «paparazzis», que quiere estar tranquila y rodeada de los suyos, es tan generosa que, aunque tendría mil motivos para quejarse, no lo hace. Paloma Cuevas ya le habría perdonado las mil ofensas, pero con lo inteligente que es no volvería a caer en esa trampa.

Y cuando nadie la ve, que es como deben hacerse las cosas, ayuda a todo el mundo; así que Enrique, ya sabes que puedes estar tranquilo, que, si un día te ves en la selva en apuros de arenas movedizas, Paloma sería la que te tendería la mano; pero no pongas la mano en el fuego por la que das de comer ahora, que las quemaduras duelen mucho.

Algunos amigos me preguntan por qué seguir atado así si ya se ve que no va a ninguna parte. Ay, amigos, los tiempos de Instagram son indescifrables. Las cámaras las carga a veces el diablo. Que si vídeos sugerentes por ahí, que si mensajes directos por allá, que si fotos más subidas de tono por el otro lado, que si audios al estilo Lapiedra por todos los lados. Abro aquí un montón de puntos suspensivos que usted querido lector puede manejar a su antojo. Y es que eso, amigos, se guarda y se puede compartir, y puede hacer mucho daño si se ve, se oye o se lee. Pero es exactamente lo que yo saco de todo esto y la explicación que doy a la relación de Enrique y una tal Ana. Y yo les hablaba al principio que la mala no era la mala, que la rubia Alicia no era tal. Pero claro que en el siglo XIX, cuando esta novela, no había móviles. Por eso, uno se calla y mira hacia otro lado. ¡Qué pena!