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La otra cara del «milagro chino»

Los desequilibrios generados en décadas de desarrollismo son el gran desafío de la segunda economía mundial

  • Un Ferrari 458 Spider es montado en la grúa tras ser comprado por un hombre joven en Shenzhen. Uno de cada cuatro productos de lujo en el mundo, termina en China
    Un Ferrari 458 Spider es montado en la grúa tras ser comprado por un hombre joven en Shenzhen. Uno de cada cuatro productos de lujo en el mundo, termina en China

Tiempo de lectura 4 min.

04 de noviembre de 2012. 00:34h

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4/11/2012

PEKÍN- En la misma acera hay aparcados un Porsche Cayenne de color rosa chicle, un Ferrari negro, otro amarillo y un Bentley con los cristales tintados. También hay un carro de madera cargado de verduras del que tira un caballo. Se trata de una escena habitual en Pekín, una de las ciudades con el parque automovilístico más lujoso del mundo y por la que todavía transitan campesinos en carreta. Las marcas caras se venden en China como en ningún otro lugar: uno de cada cuatro artículos de lujo que se distribuyen en el mundo va a parar allí. Al mismo tiempo, el índice de desarrollo humano es equiparable al de algunas naciones africanas: el gigante asiático se encuentra en el número 101 de los 187 países que valora la ONU. El próximo jueves se inicia el XVIII Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), en el que se decidirá el rumbo y liderazgo de la deslumbrante segunda economía mundial durante la próxima década. La mayoría de sus 1.350 millones de ciudadanos son ajenos a las luchas de poder que estos días se producen en la cúpula, a los desafíos económicos que se discuten y a las reformas democráticas que se piden desde el extranjero. Lo que no pasa desapercibido es la proliferación de coches de lujo, especialmente entre los familiares de políticos y burócratas. Una reciente encuesta del Pew Research Center reflejaba cuáles son los dos asuntos que más preocupan a la población: la brecha entre pobres y ricos y la corrupción. Cerca de un 50 por ciento de los encuestados consideraba que la situación era «muy grave» en ambos capítulos. En estas tres décadas de desarrollo acelerado, China ha reformado profundamente su economía, pero apenas ha tocado el sistema político, propiciando que la minoría en el poder se adueñe de los frutos del desarrollo. Así, y aunque la riqueza ha filtrado a todas las capas sociales mejorando el nivel de vida en general, la parte más grande de la tarta ha quedado en manos de unos pocos. Las desigualdades aumentaron en un 70 por ciento entre 1985 y 2007, periodo en el que un puñado de chinos consiguieron entrar en el club de los hombres más ricos del mundo. Más del 90 por ciento de ellos pertenecen a familias bien posicionadas en el Partido. Y aunque Pekín se niega desde hace 11 años a hacer público su «índice Gini» (el indicador sobre las diferencias económicas más utilizado), todos los estudios independientes indican que ya ha superado de largo a Estados Unidos y se acerca a los campeones mundiales en «desigualdad», tales como Brasil o Colombia. Dentro y fuera de China, muchos analistas creen que éste es el principal reto que afronta el PCCh en el «cónclave» que comienza el jueves. Las protestas relacionadas con casos de corrupción aumentan vertiginosamente y, según datos ofrecidos por las propias autoridades, estalla una nueva protesta cada cinco minutos, muchas de ellas relacionadas con la expropiación de tierras para proyectos de infraestructuras o inmobiliarios en los que se forran los burócratas de turno. La percepción de podredumbre ha calado tanto en la población que los jóvenes hablan de «irse de corrupción» cuando preparan una fiesta con comida y alcohol en abundancia. «Si el sistema político se hubiese reformado al mismo tiempo que el sistema económico, la corrupción no sería tan seria. Pero ahora mismo China es un coche en el que las ruedas de la economía giran muy deprisa, mientras que las ruedas de la política están paradas. No llegará muy lejos así», pronostica a LA RAZÓN Zhang Lifan, un investigador apartado de la Academia China de Ciencias Sociales por adoptar posiciones críticas. Con la misma aprensión se observa el efecto de las desigualdades, que están minando la credibilidad de un sistema que todavía repite las consignas igualitarias del comunismo en las escuelas. «La desigualdad es un volcán para China. Hay un montón de incidentes todos los días, pero no se ha producido una erupción. Los chinos no hablan mucho de política, pero saben cómo se hacen los negocios aquí y son conscientes de que esas fortunas están relacionadas con la corrupción. Eso es lo que más indigna, así que ambos problemas están relacionados», concluye Zhang. Corrupción y desigualdades son problemas que el Gobierno saliente (liderado por el presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao) ha afrontado sin tapujos en el plano retórico. También se han hecho tímidos esfuerzos encaminados a contener la brecha, como la supresión del impuesto agrícola, la creación de un pequeño seguro médico universal o las ayudas en educación. Un maquillaje que no consigue ocultar la realidad. «La única solución posible es que el poder político deje de controlar todos los recursos y permita que proliferen clases medias. Eso, además, ayudaría a hacer de China un país más próspero», propone el profesor Hu Xingdou, del Beijing Institute of Technology. Pocos expertos confían en que esta visión, muy defendida desde púlpitos reformistas, salga victoriosa de las luchas intestinas que desembocarán en la clausura del Congreso que comienza el jueves.
 

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