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Brisas traidoras

Tiempo de lectura 4 min.

25 de octubre de 2010. 22:38h

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26/10/2010

Las palabras de algunos gobernantes socialistas estremecen. No aprenden. Cuando fue injustamente relevado de la Jefatura del Estado Mayor del Ejército el general Alejandre Sintes –hoy brillante colaborador de LA RAZÓN–, se refirió en sus palabras de despedida al «viento de la traición». Eso que no puede entender un buen militar. La deslealtad, el arribismo y la traición. Repito que me estremecen las declaraciones últimas de algunos gobernantes. No han roto en viento, pero apuntan brisas. No son manifestaciones valientes, sino escoradas, esquinadas y traseras. De nuevo la ETA y sus empleados. «No hay que tomar en balde las palabras de Otegui»; «Están sucediendo cosas interesantes en la izquierda abertzale». «Vamos a acabar con la ETA». Más de lo mismo. Por ahí se moverá el socialista vasco Eguiguren abriendo los caminos de la «negociación». Brisas traidoras.

Lo mismo de lo mismo para lo mismo. Zapatero quiere a Batasuna en las instituciones democráticas. Le ha pedido a Otegui una condena clara del terrorismo. Si a Otegui y demás canallas les acaricia un soplo de pragmatismo, y de acuerdo con la ETA, condenan lo que ellos llaman «violencia», la ETA de los despachos, Batasuna, volverá a imprimirse en las papeletas electorales. Y la ETA no desaparecerá por esa nimiedad semántica. Además de una banda terrorista, la ETA es una empresa. De ella cobran y viven centenares de familias en el País Vasco. Sus fuentes económicas no se ocultan. Los empresarios han recibido un nuevo recordatorio recaudador. Como mínimo, cuatrocientos mil euros por cabeza si quieren mantenerla en su sitio. La ETA continúa comprando armas y fabricando bombas. Es cierto que la lucha contra los terroristas ha sido efectiva en los últimos años. Pero se antoja contradictorio el esfuerzo de las Fuerzas de Seguridad del Estado con la deriva de las palabras de los dirigentes socialistas. Todavía no se han enterado de que una negociación consiste en llegar a un acuerdo entre dos partes civilizadas. Un terrorista no puede negociar porque no cree en ello. Y a muchos centenares de familias que viven del terrorismo no se les convence que ha llegado la hora de hacer cola en el Inem. Matarán hasta que sean vencidos por la ley y la justicia. El PNV no quiere su «derrota policial», como han repetido hasta la saciedad sus oscuros responsables. Un acuerdo con Batasuna es un acuerdo con la ETA. Y ello significaría la más abyecta y asquerosa traición a una sociedad, la española –vascos y catalanes incluidos, faltaría más–, que no desea compartir la normalidad democrática con quienes han hecho correr la sangre de los inocentes durante cuarenta años. Zapatero y los suyos, o Rubalcaba y los suyos, creen que un figurado y bien representado fin de la ETA va a mantenerlos en el poder. Si así es, nos hallaríamos ante un proceso de cloaca, de indignidad absoluta y de traición a la ciudadanía. El poder se mantiene ganando las elecciones, no convirtiendo esas elecciones en un despropósito excremental. Si el fin es ese, no lo van a conseguir. España está harta de la ETA, de los que le apoyan, de los que le hablan, de los que la bendicen y de los que  la utilizan para sus fines. Si Batasuna –la ETA–, consigue entrar en las instituciones, el Gobierno de Zapatero no sólo pasará a la Historia por incompetente. La incompetencia se olvida. La traición, no.

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