Historia

Nueva York

Antonio

La Razón
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A las diez de la mañana me llamó Emma, su hija adorada, para decirme que Antonio había entrado en la recta final. Que estaba sedado y que ella le decía cosas muy bonitas para acompañarlo en el último tramo. Un cuarto de hora más tarde, volvió a llamar para decirme que se había ido. Se dice que los hombres buenos son tontos. Los tontos son los malos. Antonio era una persona buenísima, al tiempo que un genio, al tiempo que un amigo incomparable, al tiempo que un señor completo por su medida y su peculiar manera de justificar los fallos de los demás. Y era el compañero más divertido para conversar. Su caudal de anécdotas era inagotable, y su sentido del humor, sólo al alcance de los elegidos. Actor formado desde niño en la compañía de su padre, con sesenta obras de repertorio. Su hermano José Luis, un talento desmedido. Su hermano Mariano, director de cine y al que han criticado tanto los tostones de la trascendentalidad vacía, quien mejor retrató con sus comedias la realidad de una sociedad atribulada y desmedida por el paso de la dictadura a la libertad. Y Antonio fue su mejor intérprete. Además, Antonio Ozores conoció el éxito como autor, con Emma de formidable protagonista. No soy partidario de encasillar el humor. O es bueno o es malo, y el de Antonio era inconmensurable. Nació en Burjasot, y como su inseparable amigo Luis Sánchez Polack «Tip», se sentía profundamente valenciano. Es posible que en esa Valencia prodigiosa abierta al fin hacia el mar, Rita Barberá encuentre una calle o una plaza para dedicársela a Antoñito. Horas y horas robándolas al sueño después de las cenas de preparación del «Estado del Debate de la Nación» de Luis del Olmo. Horas y horas de sonrisas compartidas con el «Grupo Risa», cuyos tres miembros, David Miner, Fernando Echeverría y el «Whopper», eran –y son– rendidos admiradores. Así que un día, rodando una escena de cama en la época del destape, lo hizo con tanta naturalidad que el director felicitó a Antonio y a la actriz con notable entusiasmo. «Lo habéis hecho muy bien». Y Antonio le respondió: «Claro que sí, es que lo hemos hecho de verdad». Mihura lo admiraba como actor, pero le molestaba que fuera alto. «¿Y a usted, Ozores, quién le ha dicho que hay que ser tan alto?». El primer concurso de TVE lo presentaba Antonio con su hermano «Peliche», y de vuelta a casa, contaban las nuevas antenas de televisión instaladas en las azoteas. «Hoy nos han visto, por lo menos, doscientas personas más». Las cogía al vuelo. Era amigo de todos. Los intolerantes de su profesión le adjudicaron una ideología. La tenía, pero nunca habló de ella ni se quejó o se benefició de las circunstancias. Era un señor del Cine y el Teatro. Pero sobre todo, un ser imprevisto, maravilloso, caprichoso y deliciosamente raro. Con Emma, se dedicó a veranear en Nueva York, el peor lugar para pasar el verano. Nos citábamos de continuo para no acudir a la cita. Convidé un día a comer a Antonio en «Zalacaín» y pidió un café con leche y una tostada. Vivía a contrapié del resto de la humanidad. Presenté su último libro, su «Autobiografía», cuando ya la enfermedad estaba instalada en su expresión. Hoy también voy a darle un plantón. Si nos lo dábamos cuando lo pasábamos tan bien, hoy no tiene sentido que vaya a ver cómo lo entierran. Él ya no está ahí. Volará con «Peliche» y con «Tip» por los azules infinitos. Y siento envidia de los tres. Gracias por todo, Antoñito.