África

Túnez

La primavera de los dictadores

De un invierno de revoluciones populares en los países árabes del norte de África que llegaron a provocar la salida de dos regímenes con treinta años en el poder, simbolizados por el tunecino Ben Ali y el egipcio Mubarak, en un movimiento espontáneo, desarmado, sin dirección política organizada, sin líderes reconocidos, sin fuerza material ni financiera, la primavera de 2011 parece que no va seguir por el mismo camino.

La Razón
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Desde Marruecos a Yemen se está demostrando que unos pueblos movilizados pero no organizados al final son vencidos por quienes poseen las armas. En algunos casos, como en Túnez y Egipto, las manifestaciones populares contribuyeron a acabar con los dos dictadores, pero no en Argelia, no en Yemen, no en Siria y sobre todo no en Libia.

El Gobierno sirio de Bachar el Asad supera al del coronel libio Gadafi en la represión brutal de todos aquellos civiles que se manifiestan contra sus leyes represivas que llevan décadas imponiéndolas a sus ciudadanos. El argelino Abdelaziz Buteflika o el yemení Saleh también prometen reformas pero utilizan a la Policía o a mercenarios contra los intentos de manifestaciones pacíficas que piden sus dimisiones a salidas del poder. Con otras formas de gobernar como las monarquías de Marruecos y Jordania y las de los Emiratos del Golfo con Arabia Saudí a la cabeza, la falta de libertades y derechos de sus poblaciones es una constante común.

Aunque a finales del año pasado era muy difícil predecir que los cambios en el norte de África iban a comenzar con revoluciones populares, cuando las salidas de sus líderes se producían habitualmente por golpes de Estado entre militares, el resto del mundo, incluidas las organizaciones como Naciones Unidas o la Unión Europea, están demostrando una gran incapacidad para ayudar a las poblaciones civiles y, por el contrario, están reforzando el poder de sus dictadores.