Sevilla

Ha llovido esta noche

La Razón
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Tal que si el primer milagro de la hermana beatificada hubiese sido terminar, borrasca mediante, con el tórrido verano que hemos padecido, el otoño se hizo carne y habitó entre nosotros para impedir (o al menos eso es lo previsto al cierre de esta edición, qué bella fórmula periodística de cuando era analógica) la yincana Basílica-Rojas Marcos Arena que pretendían infligirle a La Macarena. Nada puede compararse a la emoción de ver circular a la Señora por el carril de desaceleración del Alamillo. O sí: vellos como escarpias y torrente a flor de lagrimal cuando el cortejo encarase la puerta de maratón con el poderío de un Gebreselassie o la majestuosidad de un Zatopek. Con su mesita con esponjas empapadas para aliviar a la cuadrilla y todo. A fuerza de organizar seis procesiones extraordinarias al mes, las hermandades de Sevilla han logrado despojar al adjetivo del prefijo y convertir en ordinarias, quiero decir de una lamentable ordinariez, estas ocasiones se supone que especiales. Alguien avisó del peligro de confundir lo habitual con lo normal pero nuestros capillitas desoyeron la advertencia. Han convertido en un hábito el pasear a sus imágenes con cualquier excusa peregrina (ojo, que no digo que la memoria de Sor María de la Purísima no lo merezca) algo que está fuera de toda norma. Al menos, de las que recetan el raciocinio y el sentido del buen gusto.