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Infoxicación: cuando el exceso de mensajes «revienta» el cerebro

«Tragamos» información sin conciencia. Se prioriza cantidad sobre calidad y dividimos la atención en varias tareas en lugar de focalizar en una sola. Ansiedad, estrés e incluso ataques de pánico son algunas de las secuelas que señalan los expertos. Dicen, también, que nos volvemos menos felices
 

  • Infoxicación: cuando el exceso de mensajes «revienta» el cerebro
    Infoxicación: cuando el exceso de mensajes «revienta» el cerebro

Tiempo de lectura 8 min.

11 de junio de 2011. 20:27h

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12/6/2011

Johnny 5, «Cortocircuito», ese robot sensiblero de los 80, gritaba como loco: «¡Datos, datos, necesito datos!». Su creador, John Badham, más que director cinematográfico fue un visionario. Porque hoy actuamos a imagen y semejanza de la celebridad de hojalata.
Hay multitud de frentes abiertos que nos acribillan a información. Hablamos por teléfono mientras miramos el correo electrónico y respondemos al mensaje, y al mismo tiempo, por el oído que nos queda libre del auricular escuchamos a un compañero que nos lanza otro quehacer y que intentamos retener en la memoria. Entre tanto, miradita a las redes sociales (léase Facebook, Twitter, Hi5...). Un estrés cerebral que soportamos, no sin consecuencias para la salud. «A veces no elegimos, sino que "tragamos" información sin conciencia. Se prioriza cantidad sobre calidad, y dividimos la atención en varias tareas en lugar de focalizar en una sola. Así, puede que una tarea compita en relevancia con otras, y desatendamos la primera (que era nuestro objetivo) en favor de las numerosas secundarias o que incluso no lleguemos a completar ninguna», explica Almudena Sánchez Mazarro, psicóloga de la Universidad Autónoma de Madrid.

Sin concentración
Para Orly Avitzur, de la Academia Americana de Neurología, «esto depende, en parte, del individuo. Algunos son mejores haciendo "multitareas" que otros. También influye la edad y los estímulos. Cuantos más recibimos, más rápido tendemos a perder la capacidad de concentración». Porque no vamos a ser mejores por hacerlo todo a la vez. «Hay estudios que muestran que no somos más rápidos o eficientes por esto. De hecho, en realidad no ahorramos tiempo si lo comparamos con realizar actividades de forma secuencial».

Peter Reiner, neurólogo de la Universidad de British Columbia (Estados Unidos), señala que «algunas personas argumentan que la multitarea degrada el cerebro, mientras otros sugieren que éste se adapta a nuevos entornos. Estoy de acuerdo con la primera teoría, pero admito que un rasgo esencial de cerebro es su plasticidad y que también se adapta para satisfacer nuestras demandas». Algo que corrobora Jeffrey Derevensky, psiquiatra de la Universidad McGill, en Canadá. «El cerebro es muy adaptable. La maduración cerebral no ocurre hasta aproximadamente los 24 años. Somos muy capaces de tratar la información de múltiples fuentes, a menudo simultáneamente. De hecho, la mayoría de niños ha crecido usando internet y ahora sabemos que pueden tratar cantidades enormes de información aún en una edad temprana».

Rodrigo Quian Quiroga, profesor de Bioingeniería de la Universidad de Leicester, Inglaterra, explica que «las neuronas que actúan en el hipocampo (área clave para la formación de memoria y recuerdos) nos permiten relacionar cosas. Sin ellas no seríamos capaces de abstraernos, de pensar y extraer conceptos esenciales, que son los que tendemos a recordar, mientras que los detalles los olvidamos con el tiempo». Si no nos deshiciésemos de ellos «sería demasiado complicado almacenarlo todo. Ocurriría como a las personas autistas, que recuerdan muchos detalles, pero no son capaces de centrarse en lo esencial».

Estas «benditas» neuronas que nos permiten priorizar fueron bautizadas por el investigador como «neuronas Jennifer Aniston», por un estudio sobre epilepsia en el que los participantes, conectados a electrodos para su actividad cerebral, respondían de forma muy intensa ante la fotografía de la actriz, precisamente porque la recordaban frente a otras imágenes.

Pero, pese a ser más o menos capaces de sobrevivir a lo que ya denominan «infoxicación», la memoria operativa, la capacidad de nuestro cerebro para estar procesando y trabajando con información en un momento determinado, es limitada. «Llega un punto en que comenzamos a no almacenar lo que se dice. Tenemos una finita capacidad de integración», dice Roberto Belvis, coordinador del Servicio de Neurología de USP Dexeus. «De acuerdo con los estudios, principalmente de autores como Baddeley, se calcula que la limitación está en 7+-2 "chunks", unidades agrupadas de información», argumenta la psicóloga de la UAM. Es decir, que si nos ponen a trabajar con una lista de palabras al mismo tiempo, seríamos capaces de retener entre 5 (7-2) y 9 (7+2) de ellas. ¿Y cómo ampliamos nuestro disco duro? Agrupándolas. Por ejemplo, para memorizar una palabra que no asociamos a nada: «acsrzee», tenemos que retener cada letra (siete unidades de información). Pero si buscamos la forma de agruparla: «cereza», las siete unidades quedan reducidas a una.

Tener información puede ser importante, pero si convertimos su búsqueda en un fin en sí mismo, en vez de un medio para conseguir un objetivo (tomar una decisión), podemos quedarnos enredados en el intento.

«Si tenemos tanta información que el árbol decisional se amplía sin límite y no cortamos en ningún punto, llegará un momento en que no podremos procesarla y nos dificultará tomar la decisión, pudiendo incluso acabar saturados (algo así como ramificar y ramificar un árbol sin parar y no podar nunca las ramas)», dice Sánchez Mazarro. Y así será difícil encontrar algo sin cansarse o perderse en el intento. Tanto más «si nos encontramos con una persona con un perfil perfeccionista u obsesivo para la que las decisiones tienen que ser cuidadas hasta el más mínimo detalle, así como todas sus posibles consecuencias».

Secuelas
Peter Reiner señala que «hay datos que sugieren que la gente que está más distraída es menos feliz, aunque estos resultados son sólo preliminares y aún queda por investigar al respecto». Estructuralmente, según Belvis, no existen problemas. «No va a sufrir un tumor cerebral ni desarrollará una dolencia degenerativa, pero psíquicamente sí tiene secuelas, por el miedo a no tener toda la información y ansiedad por tener menor capacidad de control, de que se puede dejar algo y no cumplir objetivos».

Por otro lado, cuando uno está acostumbrado a ese ritmo tan frenético y de pronto quita el pie del acelerador «puede sobrevenir un ataque de pánico por cortar esa rutina de golpe», dice Quian Quiroga. Y a veces, pese a las señales, no somos capaces de reconocer nuestras flaquezas. Lynne E. Bernstein, directora del Programa de Neurociencias Cognitivas y del Comportamiento de la Fundación Nacional de Ciencias, en Estados Unidos, «al parecer, la gente no es especialmente buena reconociendo en qué momento su funcionamiento se ve degradado, por ejemplo, por la falta de sueño».

En definitiva, cuando estamos atendiendo a una gran cantidad de información de manera sostenida en el tiempo (y no se finaliza una tarea y se continúa con la siguiente) dificultamos la posibilidad de desconexión, tan importante para la mente. Es algo así como intentar escuchar una canción en casa y a la vez tener de fondo la música de los vecinos. «Imagine no sólo de los de un piso, sino toda la comunidad. ¿Entendería lo que dice su canción? ¿Podría procesarla? Y aún más, ¿podría disfrutarla? Intentar centrarnos en el momento presente y saborearlo, puede ser una buena clave», concluye Sánchez Mazarro.

También hay que saber elegir los canales adecuados y focalizar sólo en ellos la atención, aunque algunos expertos, como Quian Quiroga, no lo ven tan sencillo. «Es difícil desconectar, porque se convierte en algo adictivo. Piense en el individuo que está hablando con alguien y no puede evitar mirar el mensaje que le ha llegado a la BlackBerry».

 

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