Coronavirus

Portugal, el vecino que se asustó a tiempo

El primer ministro Antonio Costa escaló las restricciones con apenas cuatro muertos pero cuando España contaba ya con 800. Hoy, con un total de 1.000 fallecidos, levanta el estado de emergencia

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Asustarse a tiempo tiene premio. Lo ha aprendido Portugal, un país con 10 millones de habitantes, prácticamente aislado de forma natural en el extremo occidental de Europa, que ha conseguido al moverse rápido limitar el impacto del coronavirus a un nivel envidiado por sus vecinos europeos: 1.000 muertes y 25.300 contagiados desde que estalló la pandemia. Son 99 muertes por millón de habitantes, frente a las 531 por millón de España. Con la curva de contagios con una subida diaria de alrededor el 1%, la situación se considera ya controlada, y las autoridades portuguesas empiezan la desescalada este domingo, cuando entra en vigor el «estado de calamidad» que sucede al «estado de emergencia». Se trata de bajar un escalón la gravedad del marco jurídico aplicable para empezar a abrir mañana lunes pequeñas tiendas de barrio, peluquerías, barberías, librerías y hasta concesionarios.

Todos ellos son alivios económicos para una población que nunca estuvo obligada a confinarse en casa. La cuarentena solo se impuso a los enfermos y los sospechosos de contagio, es decir, que presentaran algún síntoma. Los ancianos podían salir a dar lo que el Gobierno portugués llamó «pequeños paseos higiénicos» y al resto se le pidió «recogimiento general», saliendo solo para ir a trabajar si es que no podían teletrabajar. Y la fórmula funcionó, tanto como para dirigir ya los esfuerzos a revitalizar la economía, aunque no todo es color de rosa: las asociaciones médicas advierten de que la mortandad asociada a otras causas se ha disparado y los portugueses se quedan menos en casa.

Por eso el primer ministro, António Costa, ha asegurado que no le dará «vergüenza» revertir la apertura si los datos empiezan a empeorar. A día de hoy, sin embargo, no parece haber pesimistas en el país, felicitado incluso por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Pero todo eso, insisten las autoridades, puede cambiar en las próximas –y claves– semanas de esa «nueva normalidad» que se avecina. Que el país se plantee no solo una apertura tímida de la economía, sino incluso de las playas, se explica por el éxito cosechado con el estado de emergencia, que sí ha logrado contener los contagios y evitar la saturación del sistema sanitario porque se decretó en una fase extraordinariamente temprana, cuando Portugal contaba apenas 4 fallecidos.

No se consideró en ningún momento que fuera exagerado por dos motivos esenciales. El primero, la situación ya desbordada que mostraba Italia y los 800 muertos que registraba España, el día en que Portugal se declaró en emergencia.

Desde Lisboa se vio con enorme preocupación la situación del vecino y la posibilidad de que estuvieran contemplando su propio futuro, que sería especialmente demoledor dado que una quinto de los portugueses tiene más de 65 años y también que el sistema sanitario ha sido debilitado tras años de recortes mientras el país trataba de superar el rescate de la troika de 2011.

Para nadie era un secreto que si la situación se descontrolaba los hospitales colapsarían. Además, los ciudadanos llevaban días siendo concienciados por el primer ministro, el socialista António Costa, que dijo que los portugueses enfrentaban una «lucha por la propia supervivencia».

Sin confinamiento obligatorio

Así las cosas, nadie se opuso en el Parlamento, nadie dudó. La oposición replegó críticas y deseó «coraje y nervios de acero» a Costa, que gobierna en solitario y en minoría, alcanzando pactos puntuales cuando lo necesita, sobre todo con los partidos de izquierda. Ha sido, con todo, una emergencia «gradual» que buscaba «la mínima perturbación económica».

Se cerraron escuelas, bares y restaurantes para atención a clientes, aunque podían continuar abiertos para entregas a domicilio o recogida en local. Se limitó el aforo en supermercados y las farmacias atendían en ventanilla. Los desplazamientos dentro del país, mientras tanto, solo conocen dos restricciones: en Semana Santa y ahora en el puente del 1 de mayo, periodos en los que no está permitido salir del municipio de residencia.

El Gobierno también actualizó el mecanismo de «lay-off», similar a los ERTE, para prevenir despidos. Ya hay un millón de portugueses en esta situación, según datos del Gobierno, que apunta que el 80% de las empresas sigue funcionando, aunque lo haga con menos personal. Y cada día, con el balance diario, se fue constatando que el esfuerzo funcionaba. Los fallecimientos aumentaron en treinta cada día, con el pico registrado en abril, con casi 40 muertes en una jornada, así que los ciudadanos empezaron a relajarse después de Pascua. Tanto que a final de abril solo un 54 %, se ha quedado en casa. Son cifras de la consultora PSE, especializada en datos, que sostiene que en Semana Santa se quedó en casa el 80% de la población. Ahora, la tendencia se invierte, y quienes salen más son los mayores de 65 años.

Mientras, alertan las asociaciones médicas, con la revista del Colegio de Médicos a la cabeza, que entre el 1 de marzo y el 22 de abril ha habido un aumento de la mortalidad de entre 2.400 y 4.000 personas. Dicen los expertos que pueden ser enfermos de Covid-19 no testados o personas con otras dolencias, sobre todo oncológicas o cardíacas, que no han ido a hospitales a tratarse por miedo al contagio. Son a día de hoy la voz crítica en medio del elogio unánime que recibe Portugal.