Líbano, un pueblo olvidado, un pueblo traicionado

La explosión en Beirut es la gota que colma el vaso de la incompetencia de una gestión política que ha hecho de este pequeño país una nueva Venezuela

En el país de los majestuosos cedros, apenas quedan bosques. La mala gestión de los parajes naturales del Líbano es un síntoma de la grave enfermedad que afecta al país. Apenas unos cuantos árboles son hoy testigos de la mayor catástrofe vivida en el Líbano desde la guerra civil del siglo pasado. Una catástrofe que pudo ser evitada. Una catástrofe consecuencia de la incompetencia, de la negligencia, de la mala fe. Una catástrofe que no es más que otro síntoma de un país enfermo, contagiado por un letal virus, infectado por la corrupción.

Líbano, cuya capital Beirut fue antaño conocida como el París de Oriente Medio, es hoy uno de los mejores ejemplos de cómo la codicia y la avaricia de poder pueden destrozar, no solamente un sistema político, si no las vidas y los sueños de un pueblo que ha sido una y otra vez traicionado por sus dirigentes. Años de mala gestión e incompetencia, añadido a una corrupción rampante han llevado a esta pequeña república en la costa oriental del Mediterráneo a la ruina.

Tras años de guerra civil, se llegó a un acuerdo por el cual se volvería al antiguo pacto nacional entre las múltiples denominaciones religiosas del país que aseguraba una representación parlamentaria a todas, y por tanto una cuota de poder en el país. De este modo, el presidente sería siempre cristiano, el primer ministro sunní, y el presidente del Parlamento chií.

En realidad, este reparto del poder resultó en un sistema neo-feudal, controlado por una casta política que se especializó en exprimir a una población que intentaba, bajo la falsa apariencia de una democracia, salir adelante en un país con escasos recursos. Mientras el pueblo libanés se afanaba en dejar atrás las divisiones de la guerra, los nuevos señores feudales se garantizaron sus pequeñas cuotas de poder, explotando diferencias que el pueblo intentaba dejar atrás. Este sistema disfuncional ha convertido al sectarismo en la base sobre la cual se ha construido la más eficiente cleptocracia.

El gobierno del Líbano ha sido protagonista en los últimos años por su flagrante incapacidad de gestionar los más básicos servicios. Los escándalos son muchos y sonados, desde la crisis de la basura de hace unos años cuando ríos de desechos inundaban las calles, a la incapacidad de hacer frente a los fuegos forestales del verano pasado por el hurto de los fondos del mantenimiento de los helicópteros de bomberos. En el país donde son comunes los cortes de electricidad, el ministro de Asuntos Exteriores y anteriormente de Energía del anterior gobierno, y yerno del actual presidente, se jactaba de la compra de su segundo yate.

Y es que en este sistema neo-feudal nadie quiere quedarse sin su trozo del pastel. El principal actor político, social, e incluso, si me permiten, militar del país es Hizbulá, una organización paramilitar chií, que ha logrado instaurar un estado paralelo al libanés dentro de sus fronteras. Una organización que, en los últimos años, y debido al alto crecimiento demográfico experimentado por su base, además de notorios éxitos militares contra Israel en 2006 y, más recientemente en Siria, ha logrado convertirse en la llave de todo gobierno.

La nueva Venezuela

Hizbulá no puede aceptar las reformas del FMI ya que estas supondrían no solamente su desarme, si no el desmantelamiento de la red clientelar que ha forjado entre la población chií y que es la base de su poder. Mientras se mantengan los feudos, tanto de unos como de otros, el pueblo libanés seguirá a merced de los intereses de la oligarquía sectaria. Este (des)gobierno sentó las bases de la mayor crisis financiera de la historia reciente del país. Un país con una población altamente educada, que tenía una economía basada en los servicios, incluido un, supuestamente, robusto sistema bancario, es hoy por hoy una nueva Venezuela.

La lira libanesa vale un 80% menos que el año pasado, y los precios de alimentos básicos se han incrementado un 200%. Los medicamentos escasean y la economía ha entrado en barrena. Además, instituciones como el FMI se han negado a proporcionar más ayuda financiera ya que la clase política no ha sido capaz de aceptar una serie de reformas condicionales para el sistema. Nadie ha querido arriesgarse a quedarse sin pastel.

En octubre de 2019, sin embargo, los libaneses llegaron al hartazgo. Una serie de movilizaciones masivas paralizó el país bajo el lema de “todos significa todos” que demandaba la dimisión de todo el gobierno y toda la clase política en bloque, pedían el fin del sectarismo, pedían la capacidad real de elección, pedían responsabilidad, pedían que se rindieran cuentas, pedían soluciones.

La explosión de más de 2.700 toneladas de nitrato de amonio en el puerto de Beirut no ha sido un episodio fortuito, es una desgracia evitable, ha sido negligencia, incompetencia, o mala fe. Las autoridades libanesas sabían de la presencia de este cargamento ruso en el puerto desde hace 6 años. En numerosas ocasiones documentadas las autoridades portuarias solicitaron al poder judicial apoyo para trasladar el material altamente peligroso.

Queda alguna incógnita por esclarecer.

¿Qué, o quién, hizo que los jueces detuvieran el traslado del nitrato de amonio? ¿Quién es el titular del hangar 12? ¿Quién es el titular del hangar 9? ¿Qué contenían los hangares 9, 10 y 11? ¿El nitrato de amonio fue dejado allí con la simple esperanza de algún funcionario del puerto por sacarse un dinero extra, o había alguien más interesado?

El hecho de que los jueces detuvieran varias veces su traslado no pinta nada bien