La tragedia venezolana se profundiza con la crisis de los balseros

En un año han muerto más de cien “balseros” venezolanos que huyen del hambre hacia Trinidad y Tobago

Migrantes venezolanos, deportados recientemente, llegan a la costa después de su regreso a la isla en Erin, Trinidad y Tobago
Migrantes venezolanos, deportados recientemente, llegan a la costa después de su regreso a la isla en Erin, Trinidad y TobagoLINCOLN HOLDER/COURTESY NEWSDAYvia REUTERS

La tragedia humanitaria en Venezuela se evidencia una vez más con los balseros venezolanos. Lo que para muchos era una cuestión y un drama de los cubanos que arriesgan su vida para llegar a las costas de Miami, hoy lo viven familias venezolanas que intentan llegar a Trinidad y Tobago para escapar del régimen chavista que usurpa el poder en Venezuela.

El caso de los balseros venezolanos es la muestra más evidente del fracaso de un modelo que ha terminado por expulsar a casi 6 millones de venezolanos de su país para buscar mejores oportunidades de vida en otros países. Tener que llegar al punto de arriesgar la vida subiendo a una embarcación precaria y sin la certeza de llegar sanos y salvos, significa que el drama es de tal magnitud que la opción que queda es esa.

Muchos recordamos la imagen del niño sirio Alan Kurdi, quien en 2015 fue fotografiado boca abajo y muerto en las orillas de la costa suroeste de Turquía, hasta donde llegaban algunos migrantes escapando de la guerra civil siria. Esa imagen estremeció al mundo. Sin embargo, eso mismo se ha podido reflejar en las costas venezolanas días atrás. Hasta eso ha llegado la crisis humanitaria que atraviesa el país caribeño bajo el régimen de Maduro.

Según algunos diputados venezolanos: «En un año han muerto más de cien “balseros” venezolanos que huyen del hambre hacia Trinidad y Tobago». En este sentido, la actitud de ese gobierno con respecto a la migración venezolana ha sido indolente. A pesar de las advertencias de organizaciones como la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) hacia ese país, lo común ha sido devolver a aquellos que intentan llegar por mar a la isla caribeña.

Según el artículo 33 de la Convención de Naciones Unidas sobre los refugiados, se prohíbe su expulsión y devolución. «Ningún Estado Contratante podrá, por expulsión o devolución, poner en modo alguno a un refugiado en las fronteras de territorios donde su vida o su libertad peligre por causa de su raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social, o de sus opiniones políticas». Lo mínimo que la mayoría de los países democráticos en el concierto de la comunidad internacional deberían hacer es rechazar estas acciones de un país que ha convertido la necesidad del pueblo venezolano en apatía. En consecuencia, en un claro acto de discriminación.

Por su parte, las declaraciones del canciller de Maduro, Jorge Arreaza, demuestran la usual táctica distractora y divorciada de la realidad al referirse al hecho como un problema de «trata de personas». Del chavismo no podría esperarse mucho, pero de un gobierno como el de Trinidad y Tobago, que hoy por hoy goza de democracia y en teoría no está reñido con los derechos humanos, debería esperarse más. Esta expectativa y deseo no sería tanto por el gobierno interino que lidera Juan Guaidó, sino por un sentido mínimo de humanidad entre dos pueblos hermanos acostumbrados a compartir una complicada frontera marítima.