Moby Dick o la piel del León

La recuperación de una devastada economía y la superación de la pandemia son las prioridades que el Gobierno demócrata tendrá que abordar de forma más urgente

Los trabajadores recogen las 200.000 banderas frente al Capitolio, donde tuvo lugar la investidura del presidente Joe Biden
Los trabajadores recogen las 200.000 banderas frente al Capitolio, donde tuvo lugar la investidura del presidente Joe BidenJulio CortezAP

Hace casi 200 años, Herman Melville escribió Moby Dick. Considerada la gran novela nacional de los Estados Unidos, bien nos podría servir para representar la magnitud de los desafíos a los que se enfrenta el nuevo gobierno americano. No sólo por la metáfora que podría representar el tamaño de la gran ballena blanca, sino porque la novela de Melville simboliza buena parte de lo que es el alma americana, la capacidad y la épica del ser humano para sobreponerse a la adversidad y tratar de conseguir aquello que desea.

En este sentido, Estados Unidos a lo largo de su corta y a menudo convulsa historia ha sufrido profundas transformaciones socio-económicas que han supuesto condiciones muy duras y difíciles para la población, donde ésta ha demostrado una capacidad extraordinaria de resistencia y de superación.

Pero la falta de perspectiva histórica y la envoltura poética y romántica con que se reviste recurrentemente a lo que acontece en Estados Unidos, a menudo nos lleva a olvidar que el éxito de esta nación ha sido un proceso duro, a menudo cruel y lleno de sacrificios.

Dicho esto, la nueva administración demócrata tendrá que afrontar retos formidables para el devenir de los Estados Unidos, y también para la humanidad, como la lucha contra el cambio climático, la defensa de las libertades y de la democracia liberal y la reconstrucción de la política exterior para recuperar las maltrechas relaciones con sus aliados tradicionales.

Pero quizá el mayor desafío de Joe Biden, y que ocupará todo su mandato, será dejar atrás esta etapa de ruido y furia, que ha crispado, agotado y hastiado a buena parte de la ciudadanía estadounidense, y rehabilitar todo el patrimonio inmaterial que ha hecho grande al pueblo americano y le ha convertido en la primera potencia económica del mundo.

El presidente tendrá, además, que curar la fractura social y ser el líder de todos. Un liderazgo que aprenda del pasado y que ejerza la autocrítica para entender qué ha fallado en el sistema, y en los dos principales partidos políticos, para que un personaje amoral, que se ha erigido como un autentico depredador del sistema, haya llegado a la presidencia y haya intentado destruir todo aquello que constituye lo bueno del alma del pueblo americano.

No obstante, son la recuperación de una devastada economía y la superación de la pandemia de la covid-19, binomio indivisible por otra parte, las prioridades que el gobierno demócrata tendrá que abordar de forma más urgente. En este aspecto, en una parte importante es conocida la receta del nuevo gobierno para recuperar la economía en forma de estímulos económicos, innovación tecnológica, aumento de inversiones en energías renovables y planes de reforma fiscal. Pero estas medidas, aunque muy convenientes, entrarán en contacto de forma inexorable con la cruda realidad de que si primero no se contienen los contagios, la efectividad de éstas quedará seriamente dañada por la lógica implacable de la pandemia.

Asimismo, el desarrollo de estas medidas de contención, como posibles confinamientos, puede suponer retrasar, o condicionar al menos, la aplicación de una buena parte de estas medidas; además de tener que afrontar otro severo impacto en la economía con un nuevo proceso de despidos masivos. Conviene recordar, en este sentido, que durante la primera ola de contagios, más de 40 millones de ciudadanos perdieron su trabajo y más de una cuarta parte no lo ha recuperado.

Todas estas circunstancias hacen que los retos a los que se enfrenta la nueva administración norteamericana sean titánicos. Los próximos meses serán de una extraordinaria dureza y dificultad para una buena parte del pueblo americano. Pero no debemos menospreciar la capacidad de Estados Unidos para recuperarse y reinventarse.

Estados Unidos desde su nacimiento ha exhibido una capacidad asombrosa de innovación y de generación progreso económico. Una capacidad que se ha basado en el arraigo en la sociedad de la idea de la importancia del progreso material y en la atracción de un talento de todo el mundo que ha visto en Estados Unidos un marco ideal para el desarrollo de sus proyectos, lo que ha puesto a este país en la vanguardia tecnológica y de la organización empresarial.

A menudo, ciertos medios de comunicación y expertos se empeñan en certificar el ocaso del león, pero no le subestimen. Estados Unidos, además de contar con recursos extraordinarios en materia económica, militar y tecnológica, cuenta con intangibles, eso que llaman poder blando, que han sido fundamentales para que ejerza su papel de superpotencia. Por ejemplo, su deporte, su industria cinematográfica o sus universidades han servido para que su modo de vida, a pesar de sus detractores, se haya convertido en algo aspiracional y digno de admiración en todo el mundo, lo que le ha permitido llegar a un nivel de influencia y de riqueza que ningún otro país ha conseguido. Por eso, aunque el león americano esté cansado y herido, no vendamos su piel antes de tiempo. Sigue siendo un león.

Juan Verde es asesor y líder del Partido Demócrata de EEUU.

Eduardo Ramos es especialista en Gobernanza y Desarrollo Sostenible.