Atentados del 11-S: Bush autorizó el derribo de un avión procedente de Madrid el 11-S

Era 11 de septiembre, cuatro aviones habían sido secuestrados para atentar contra Estados Unidos y Bush había dado la orden de derribar “cualquier otra sospecha”

Trabajadores en la Zona Cero de Nueva York días después de los atentados
Trabajadores en la Zona Cero de Nueva York días después de los atentadosTed S. Warren / POOLEFE

Cuando se cumple el vigésimo aniversario, el mundo, en general, y Estados Unidos, en particular, recuerda con pesadumbre y tristeza los momentos infaustos y catastróficos que tuvieron lugar en aquellos trágicos atentados del 11 de septiembre de 2001. Eran las 08:45 de la mañana cuando un primer avión, que había salido de Boston con dirección a Los Ángeles, chocaba contra la torre norte del complejo de edificios World Trade Center, en Nueva York. Todo parecía indicar de que se trataba de un accidente fortuito, hasta que, 18 minutos después, un segundo avión, con la misma procedencia y destino que el primero, colisionaba contra la torre sur. El tercer avión se estrelló en el Pentágono y un cuarto avión, que se piensa que se dirigía a la Casa Blanca, cayó en campo abierto en Pennsilvania.

“El primer avión podía haber sido un accidente. El segundo era definitivamente un ataque. El tercero era una declaración de guerra”, subrayaba en sus memorias George Bush, presidente de Estados Unidos en aquel momento.

Bush había dado instrucciones para que los pilotos de las Patrullas de Combate Aéreo, que sobrevolaban tanto Nueva York como Washington, hicieran aterrizar a cualquier avión cuya tripulación no contactara, y si no contestaban, tenían orden de derribarlos. Tal y como dijo el expresidente, la mayoría de los estadounidenses nunca habían oído hablar del grupo que fundó Osama Bin Laden. No sabían qué o quiénes les estaban atacando, pero fuera lo que fuere, y por muchos conocimientos que hubieran tenido, el terrible desenlace había sido inevitable.

Ese 11 de septiembre, horas después de los atentados, un avión salía del aeropuerto de Madrid en dirección al oeste. Al ser contactados, nadie respondió. Entonces, Bush se encontró con la encrucijada de que, si no lo mandaba derribar, podría asumir el riesgo de que se tratara de otro avión que fuera a atentar contra Estados Unidos, y por otro lado, si daba permiso, podría tener como consecuencia “ramificaciones diplomáticas”, según recuerda. Pero no tenía tiempo que perder después de las horas de angustia que estaba viviendo el país norteamericano. Tenía que tomar una decisión rápido y cualquier segundo que dejaba escapar podría ser determinante.

Después de unos segundos de dura indecisión, estaba dispuesto a arriesgar. Ese avión tenía que ser destruido. Si no contestaba, podría haber sido secuestrado por miembros terroristas. Y si se confirmaba su hipótesis, podría dirigirse a Estados Unidos. Quizás no a Nueva York o Washington, defendidas por sus tropas, pero podría atentar en otra de las ciudades importantes del país.

Por fortuna para todos, le llegaron noticias de que había sido una falsa alarma. No hubo necesidad de derribarlo, y el avión aterrizó en Lisboa. Ciudadanos madrileños y viajeros de ese avión estuvieron en peligro y cerca de presenciar un suceso horrible. A través de la televisión y noticias se enteraban de lo que estaba viviendo el país norteamericano, pero no llegaron a darse cuenta de que España podría haberse visto salpicada, indirectamente, por los atentados de las Torres Gemelas de aquel 11 de septiembre.