Boris Johnson, el niño que soñaba con ser “el rey del mundo”

Su tortuosa relación con la verdad acabó sentenciando su muerte política

El "premier" Boris Johnson en una sesión parlamentaria
El "premier" Boris Johnson en una sesión parlamentaria FOTO: House of Commons AP

Boris Johnson, de 58 años, siempre fue una rara combinación de político y `celebrity´, un creador de titulares, un populista, un tipo que podía decir A y al minuto defender B. El hombre más talentoso y a la vez el más caótico. Un tipo impredecible, pero el único que podía garantizar el triunfo de los `tories´ (hasta en dos ocasiones) en la alcaldía de Londres y la victoria de un Brexit cuando parecía imposible.

Aquel histórico referéndum sobre la permanencia en la UE, del que ahora se cumplen precisamente seis años, fue un gran punto de inflexión al disipar las dudas de sus críticos. No es que se hubieran reconvertido en fans, pero acabaron reconociendo que la excéntrica ambición rubia podía mover masas.

Al Partido Conservador le costó más de una década ponerse de acuerdo y elegir como líder a una figura tan controvertida. Pero las elecciones de 2019 le dieron la razón cuando consiguió una mayoría absoluta no vista desde tiempos de Margaret Thatcher.

Aunque ya entonces, Max Hastings, el que fuera su editor en “Daily Telegraph” durante sus años como corresponsal en Bruselas, predijo que su cargo como primer ministro “revelaría casi con certeza un desprecio por las reglas, precedentes, orden y estabilidad”. “Johnson -escribió- seguramente llegará a lamentar haber obtenido el premio por el que ha luchado durante tanto tiempo, porque la experiencia del cargo pondrá al descubierto su absoluta incapacidad para ello”.

La falta tan palpable de dirección ideológica y la indiferencia tan básica hacia la competencia organizativa llevaron su barco a la deriva y su tortuosa relación con la verdad acabó sentenciando su muerte política.

Su problemática relación con la verdad y el flagrante desprecio por los códigos y convenciones que necesariamente sustentan la vida pública marcaron el escándalo del “Partygate” y definieron también la última crisis de su Gobierno respecto a las acusaciones de abuso del responsable de disciplina del Partido Conservador. Johnson no solo nombró el pasado mes de febrero a un candidato manifiestamente inadecuado para el cargo, sino que cuando esto se hizo evidente, su primer instinto fue disimular y luego hacer que otros dijeran mentiras en su nombre. Fue la gota que colmó el vaso.

Las cosas podrían haber sido de otra manera. Si se hubiera limitado a mostrar su carisma en los actos públicos y rodearse de operadores duros que sabían cómo funcionaba la máquina quizá su destino hubiera sido muy distinto. Esta fue la fórmula, al fin y al cabo, que le sirvió durante sus exitosos años como alcalde de Londres. Pero eso requería cierto grado de seguridad psicológica, incluso humildad.

En su lugar, a su llegada al ansiado Número 10 fichó a `kamikazes´ como Dominic Cummings, responsable de muchos de los episodios más polémicos, entre ellos, la derogación en 2019 de Westminster -declarado luego como ilegal por el Tribunal Supremo- para que los diputados no se interpusieran en sus planes ante el Brexit y la guerra abierta que había declarado a la BBC y a los medios en general, un detalle peligroso en democracia.

Pero sería injusto quedarse tan solo con una cara de la moneda sin presentar al otro Boris. Su picardía, talento para el espectáculo, populismo patriótico enfurecían al `establishment´, pero claramente tocaron la fibra de millones de británicos que tenían poco interés en las sutilezas de la política. Johnson era un animal de campaña electoral. Ya siendo niño soñaba con ser “el rey del mundo”.

Tampoco se puede decir que durante su Gobierno fueran todo errores. Durante la lucha contra el coronavirus -que a punto estuvo de costarle la vida- Johnson lideró la campaña de vacunación más exitosa de Europa. Y ante la invasión Rusia ha tenido un gran papel de liderazgo en la defensa de Ucrania.

¿Llegó a tener ideales o siempre pensó únicamente en sí mismo? “La belleza y el reto para estudiar la motivación de cualquier político es decidir qué es el idealismo y qué es el interés propio”, escribió en la biografía que publicó sobre Winston Churchill, su gran héroe. “Y a menudo nos queda asumir que la respuesta es una mezcla de los dos”, concluyó.

Despedido por inventarse una cita

Antes de la política, fue periodista. Tenía tan solo 24 años cuando el “Daily Telegraph”, uno de los rotativos más prestigiosos del país, le mandó en 1989 a cruzar el Canal de la Mancha para cubrir lo que entonces era la Comunidad Económica Europea. Previamente le habían echado de “The Times” por inventarse una cita. Se convirtió en el corresponsal favorito de la Dama de Hierro aunque muchos en el Partido Conservador aseguran que su crómicas exacerbaron las tensiones entre las facciones `tories´ euroescépticas y europeas.

La ruptura de su matrimonio con Marina Wheeler en 2018 tampoco puede pasarse por alto para entender el principio del fin. Son muchos los que insisten en que ella era su roca, su ancla, su fuente de estabilidad psicológica y sentido político.

No fue su primera esposa. Estuvo casado primero con Allegra Mostyn-Owen, a quien había conocido en Oxford, donde se licenció en Estudios Clásicos. El día en el que contrajo matrimonio con la que dicen era “la mujer más bella de la universidad” tuvo que pedir los pantalones y los gemelos prestados a un amigo, perdió su anillo en el convite, citó de manera incorrecta a un autor durante su discurso y se peleó con uno de los invitados.

En la actualidad estaba casado -su tercer matrimonio- con Carrie, 24 años más joven. La conoció cuando era la responsable de comunicación del Partido Conservador. Ahora es la madre de sus dos últimos hijos. En total, Johnson tiene siete hijos reconocidos de diferentes relaciones.