Internacional

Biden: Año I

El viejo político norteamericano llegó para reconciliar a su país, normalizar la política exterior y engrasar la relación con sus socios. ¿Qué ha sucedido? Repasamos lo bueno, lo malo y lo peor del primer aniversario

Ilustración Biden
Ilustración Biden FOTO: Platón La Razón

Joe Biden tomó posesión como el 46º presidente de Estados Unidos con un Capitolio convertido en una fortaleza tras el traumático asalto de los seguidores de Donald Trump dos semanas antes. El viejo político se fijó como objetivo devolver a Estados Unidos su condición de líder del orden liberal tras cuatro años de paréntesis y sobresaltos del «América Primero». Hallar una normalidad en materia de política exterior dentro de un país profundamente dividido por la pandemia, que ha convertido la mascarilla en una batalla más de la guerra cultural, y que sufre una polarización política crónica es una tarea titánica, pero que merece la pena. Y aquí empieza lo bueno de este primer año.

En un gesto simbólico, la nueva Casa Blanca anunció el regreso de Estados Unidos a los Acuerdos del Clima de París. Engrasó los canales de comunicación con los aliados y socios tradicionales, se apartó de los mensajes más entusiastas sobre el Brexit y volvió a elogiar el papel de la OTAN como un organismo esencial para la seguridad colectiva. Biden articuló una acción exterior destinada a confirmar lo que ya había avanzado en un artículo en la revista «Foreign Affairs»:«America is back» (América está de vuelta). Eligió a un fontanero de la diplomacia norteamericana, Antony Blinken, como secretario de Estado para desatascar los embrollos en los que se había precipitado la Administración anterior.

Pero pronto aparece lo malo. Las primeras medidas vinieron a demostrar que las recetas aplicadas por la nueva Administración resultaban extrañamente familiares. La mentalidad de repliegue de Estados Unidos no ha desaparecido. La salida precipitada de Afganistán es el triste exponente. Los helicópteros Black Hawk sobrevolando la Embajada de Estados Unidos de Kabul hicieron revivir peores las imágenes de la caída de Saigón. La Guerra de Vietnam no era ya un fantasma que perseguía al Gobierno americano sino una realidad transportada a Asia Central. La avalancha de civiles afganos tratando de escapar del dominio de los talibanes dejó un sentimiento de orfandad entre los territorios que confían en la protección del gendarme americano frente a los regímenes opresores. Biden ha tratado de vender a la opinión pública norteamericana que éstas han sido las primeras Navidades sin soldados en guerras interminables. Funesto consuelo para un país que aspira a ejercer un liderazgo en el mundo. La credibilidad de Estados Unidos en el escenario global ha quedado seriamente dañada.

El anunciado regreso de Biden a los organismos multilaterales también ha sido parcial. Trump optó por dinamitar estos espacios y regresar a la política bilateral. Para Biden (igual que Obama) las grandes alianzas como la OTAN, la Unión Europea o la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático son demasiado lentas a la hora de dar respuesta a los movimientos efectivos de Rusia y China en el tablero mundial. Por esa razón ha tejido grupos más reducidos como AUKUS, el Quad o los Nueve de Bucarest. La entente entre EE UU, Reino Unido y Australia provocó el enfado monumental de Francia. Un Gobierno (supuestamente) aliado le había robado el contrato del siglo para proveer de submarinos nucleares a Canberra. París protestó y pataleó pero AUKUS es una realidad. El presidente francés, Emmanuel Macron, lleva desde 2017 abogando por una mayor autonomía estratégica de la Unión Europea para defender nuestros interses en la escena internacional. En Bruselas el «America is back» suena a una bonita,pero vacía, declaración de intenciones. En cualquier caso, lo peor de este primer año probablemente sea la propia debilidad del presidente norteamericano. Con unos índices de popularidad muy bajos, los republicanos, sin líder pero con Trump entre bambalinas, podrían tomar el control del Congreso en las elecciones de noviembre. Ocurrió con Obama en 2010 y después logró la reelección. Biden quizás no tenga la misma suerte. Este año es vital para apuntalar o quebrar su presidencia.