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“En Venezuela no hay salida por la vía del diálogo”

El profesor y ex diputado venezolano Eduardo Troconis Heredia aboga por la “responsabilidad de proteger” y la “intervención humanitaria” para resolver la crisis del país petrolero

  • Jesús Eduardo Troconis Heredia, profesor de Derecho Internacional Público en la Universidad Carlos III de Madrid
    Jesús Eduardo Troconis Heredia, profesor de Derecho Internacional Público en la Universidad Carlos III de Madrid
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

23 de julio de 2019. 20:27h

Comentada
Álvaro Gómez-Chaparro.  Madrid. 23/7/2019

Jesús Eduardo Troconis Heredia es un abogado y ex diputado del Congreso de Venezuela (órgano legislativo anterior a la Asamblea Nacional actual) por Acción Democrática durante tres legislaturas (1979-1994). Está exiliado en España desde hace 17 años. Actualmente, es profesor de Derecho Internacional Público en la Universidad Carlos III de Madrid. El profesor va a publicar, a finales de agosto, el libro “Intervención Multilateral en Venezuela: El triunfo de la democracia frente al populismo” (editorial Jurídica Internacional), con epílogo de Luis Almagro, secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), en el que rechaza la opción de una salida a la crisis de Venezuela mediante el diálogo con el régimen chavista, y plantea una alternativa: la “intervención multilateral”.

¿Se puede alcanzar una salida a la crisis venezolana mediante el diálogo?

Eso no es posible. No hay salida por la vía del diálogo porque eso implicaría la caída de Cuba, que es donde reside la voluntad política de Caracas; implicaría la caída del régimen de Nicaragua; e implicaría el derrocamiento del populismo en América. Ellos no lo van a tolerar. No podemos creer eso de que “en el arte de la política todo puede suceder”, eso no es así.

¿En qué consiste su propuesta?

La crisis de Venezuela puede encontrar una vía de solución en la intervención multilateral desde la Organización de Estados Americanos (OEA): la comunidad internacional contempla dos recursos -que constituyen la esencia de la acción humanitaria- para actuar en favor de las víctimas de desastres desencadenados por catástrofes naturales o por conflictos armados, y defender no solo el territorio, sino a las personas; enfrentándose a cualquier ideología que contradiga la democracia representativa. Estos recursos son la “intervención humanitaria” y la “responsabilidad de proteger”. Así lo contempla el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) de 1947, contenido dentro del cuerpo jurídico de la OEA. Una intervención humanitaria encontraría perfecta justificación, y estaría no solamente conforme a Derecho, sino que, en el fondo, restablecería el Estado de Derecho Internacional, que ahora está absolutamente quebrado.

¿De qué herramientas dispondría esta intervención humanitaria?

De todo un catálogo de posibilidades y de sanciones: de carácter económico, de carácter diplomático... Pero que podría desembocar, si no cede la tiranía, en la constitución de una fuerza multilateral. No serían los marines americanos ni el Ejército brasileño ni las Fuerzas Armadas de Perú, sino que sería un grupo de militares al servicio de la causa de restaurar de nuevo los Derechos Humanos en Venezuela. No es posible que pensemos, inocentemente, que no se va a utilizar la fuerza, pero ésta debe darse como resultado de un apoyo integral, a partir de una iniciativa que tenga el respaldo oportuno.

¿Una acción de este tipo no tendría que pasar por la ONU y, en consecuencia, por el Consejo de Seguridad (del que forman parte Rusia y China)?

La “responsabilidad de proteger” y la “intervención humanitaria” no son patrimonio único de Naciones Unidas: son invocables por cualquier Estado u organización internacional. Es un equívoco digno de ser aclarado. No podemos confiar en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas porque esta institución juega un papel absolutamente anacrónico, que lo erige en un obstáculo fundamental para la defensa de los Derechos Humanos, la libertad y la democracia. No solo porque la regla de unanimidad o veto es contraria a Derecho, sino también porque fue fundada hace 70 años sobre la base de “empoderar” a cinco países (con voto permanente) que han cambiado tremendamente con los años: la República China no es la China de entonces, Rusia no es la URSS, la Gran Bretaña actual no es la de Churchill, la Francia actual no es la del general De Gaulle, y EE UU no es el de Roosevelt o Eisenhower, es el EE UU de Donald Trump. Han cambiado las cosas.

¿Usted propone una intervención militar?

No. Esa es una palabra que constituye un pecado mortal en las relaciones internacionales. Es una providencia jurídica sencillamente contraria a Derecho, que han utilizado algunas potencias para sostener su influjo sobre algunas zonas determinantes. Eso no lo propongo. Ni siquiera pienso en el artículo 187 de la Constitución venezolana (que lo permitiría), porque creo que es una manera irresponsable de hacer un llamamiento a la comunidad internacional para que resuelva nuestro problema. La intervención militar no es una medida pertinente para solucionar la crisis de Venezuela. Cosa distinta es la intervención humanitaria o invocar la responsabilidad de proteger, porque es una obligación de la comunidad internacional proteger a la sociedad civil y a sus conciudadanos cuando sus derechos son conculcados. Ese principio prima sobre el principio tradicional de la soberanía y de la no intervención, a menudo falsamente invocados. El ser humano prima, y la protección de los Derechos Humanos está muy por encima de cualquier otro principio.

Para poder llevar a cabo una intervención humanitaria hay que hacerlo sobre la base de que esta está absolutamente justificada. ¿Ya ha quedado probada, de forma tajante, la violación de derechos humanos en Venezuela?

Sí, hay una absoluta justificación para que se aplique esta propuesta: el informe que ha presentado Michelle Bachelet, Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, desnuda la realidad de Venezuela, es el espaldarazo que nos faltaba. Porque ahora la ONU va a tener que pensárselo dos veces, y el Consejo de Seguridad va a quedar en evidencia.

Usted tiene relación con Luis Almagro, secretario general de la OEA, ¿qué opinión tiene él de la propuesta?

Se va a publicar a finales de agosto un libro mío que se llama “Intervención Multilateral en Venezuela: El triunfo de la democracia frente al populismo”. Él es el autor del epílogo. Estamos exactamente en la misma línea de pensamiento.

Se ha puesto en duda la independencia de la OEA con respecto a EE UU desde la expulsión de Cuba en 1962. Varios líderes políticos, cómo Chávez o Correa, han calificado a la institución cómo un “organismo al servicio de intereses imperialistas”. ¿Es la OEA una institución al servicio de los intereses de EE UU?

No cabe la menor duda de que EE UU es el miembro que mayor influencia ha tenido en la OEA, pero ahora es cuando se está intentando hacer una reforma estructural. No es lo mismo el chileno José Miguel Insulza (secretario general de la OEA entre 2005 y 2015), que el uruguayo Luis Leonardo Almagro. Que precisamente está reivindicando a la OEA como una organización efectiva, que actúa con autonomía y con una personalidad jurídica propia. De eso se trata, de reformar la OEA, convertirla en un instrumento realmente al servicio de la democracia, de la libertad y de la paz.

Entonces, ¿lo que ha cambiado en la OEA es la entrada de Luis Almagro?

Sí. Su actuación ha traído “vientos de fronda” a la organización. Todavía está en problemas, pero va por buen camino. Es la gran oportunidad de reivindicar la OEA, y es la oportunidad de EE UU para actuar en su política exterior, no sólo para la defensa de sus intereses (como tradicionalmente han hecho), sino para defender la democracia en el mundo entero.

¿Cómo se evita que una intervención humanitaria de la OEA derive en una intervención unilateral por parte de EE UU?

EE UU puede entrar en el grupo por ser miembro de la OEA, pero “a la zaga”, en obediencia a una resolución del propio organismo, que es el pivote sobre el cual se monta el sistema interamericano. Tiene que ser absolutamente obediente con los postulados y las resoluciones que vengan de la OEA. Él es un miembro muy importante, tan importante como los demás. Si EE UU no comprende qué es una intervención multilateral, y confunde su política de potencia con la colaboración que deba dar, estará cayendo en el más grave error, porque oscurecería la medida que se pretende. Además, yo creo que EE UU sería el más interesado en acompañar de esa manera la propuesta.

¿Qué papel juega la Unión Europea en la crisis de Venezuela?

Europa es vital para nosotros, pero en especial España. Espero contar con la colaboración de un Estado español que comprenda exactamente la sintonía, la compenetración de la Historia, del alma común de España y de los hispanoamericanos. Nosotros no podemos prescindir de España, pero es que España tampoco puede prescindir de nosotros. Además, es un mal negocio.

Josep Borrell, el candidato a Alto Representante de la Política Exterior de la Unión Europea, ya se ha desmarcado de la postura que usted defiende, abogando por el diálogo con el régimen como la única solución a la crisis venezolana. ¿Cree que puede ser un buen defensor de la causa venezolana en Europa?

Yo creo que es un hombre inteligente, que sabrá jugar el papel que le corresponde; y más ahora con la grave responsabilidad de Alto Representante de la Política Exterior europea. Va a cambiar de parecer y no va a dudar, de ninguna manera, en apoyar el rescate de la democracia y la libertad en Venezuela. Estoy convencido de que con él, la Unión Europea va a cambiar su rumbo y se va a involucrar más en favor de la causa venezolana. Además, recuerdo que fue Josep Borrell el que anunció la usurpación el 10 de enero, exactamente en el momento que se cumplía el periodo para el cual había sido electo Maduro.

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