Internacional

Cumpleaños de Putin: aislado, errático y obsesionado con su salud

El presidente ruso está cada vez más aislado, toma las decisiones sin consultar y está obsesionado con su salud

El presidente ruso atiende ayer una conferencia telemática sobre economía desde su residencia
El presidente ruso atiende ayer una conferencia telemática sobre economía desde su residencia FOTO: Gavriil Grigorov AP

Hasta el año pasado, Vladimir Putin, celebraba sus cumpleaños de manera sencilla, rodeado de una familia que todo el mundo desconoce y de sus amigos más cercanos. Un círculo cada vez más cerrado por propia voluntad, que empezó a estrecharse al inicio de la pandemia del coronavirus en 2020 por el temor del presidente ruso a contagiarse y que, a día de hoy, sigue hermético gracias a las estrictas medidas de seguridad que rodean al jefe del Kremlin por miedo a un posible atentado. La historia de Rusia ha escrito con sangre algún cambio de zar y en el palacio presidencial no quieren que vuelva a ocurrir.

El de hoy será un día más que especial para el presidente ruso. 70 años no se cumplen todos los días y es una cifra considerada alta en un país con una media de vida que no supera los 66 años. Mucho se ha especulado últimamente con la salud del mandatario, aunque poco se sabe. Según la web opositora «Proyekt», Vladimir Putin ha sido visitado al menos 35 veces por un especialista en cáncer en los últimos cuatro años y muchos medios internacionales no han pasado por alto la cojera del presidente en sus últimas apariciones en público. Naturalmente, el Kremlin no ha confirmado ni desmentido los rumores.

Las últimas 22 velas las ha soplado como líder y responsable del país más grande del mundo, un poco más grande –a sus ojos– desde esta semana, con la aprobación en las dos Cámaras de representantes nacionales de las anexiones de las regiones de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia. Cuatro pedazos más en una tarta de cumpleaños que no va a llenar al presidente ruso, porque a estas alturas de la batalla el pastel podría ser más grande y más dulce, sin ese regusto amargo que le han conferido los últimos acontecimientos que ensombrecen la fiesta. Solo él sabe cómo se planeó la famosa «Operación especial» lanzada aquel fatídico 24 de febrero y nadie conoce todavía sus objetivos concretos, pero aquella acción militar relámpago sigue enfangada en lodos que ni el propio presidente Putin preveía hace siete meses. Su popularidad ya no está en los máximos habituales. El centro de estadística Levada publicaba el pasado 28 de septiembre que el dirigente ruso obtenía la aprobación del 77% de sus compatriotas, mientras que entre marzo y agosto obtuvo un 83% de opiniones positivas. La gente se ha dado de bruces con el horror de la guerra cuando esta ha traspasado las pantallas de sus televisores y se ha colado en los buzones de sus casas en forma de carta de invitación al frente ucraniano.

Moscú no ha dado datos oficiales de cuánta gente ha abandonado el país, tildando de bulo la información publicada por la versión en ruso de la revista «Forbes», que hablaba de más de 700.000 personas, en su mayoría varones en edad militar, que han salido de Rusia desde que el pasado 21 de septiembre el propio Putin anunciara en televisión la puesta en marcha de una movilización parcial. Además, las críticas arrecian desde dentro de su Gobierno por culpa de los reveses sufridos en los últimos días de campaña, con las tropas de la que parecía una débil Ucrania ocupando posiciones que se creían afianzadas, siendo las voces discordantes del presidente checheno, Ramzan Kadirov, y del líder de la organización paramilitar «Wagner», Yevgueni Prigozhin, el altavoz de muchos de los cercanos a Putin que no han hablado. Esta semana, el diputado ruso Andrey Gurulyov (antiguo subcomandante del sur de Rusia) también se saltaba la línea editorial del Kremlin para criticar la pérdida de la estratégica ciudad de Liman. «El problema que tenemos es que no dejamos de recibir buenos informes (pero también los podemos llamar ‘engaños constantes’). Y este sistema no va de abajo a arriba, sino de arriba a abajo», afirmaba el representante ruso antes de que se cortara su señal por «un problema de conexión».

El divorcio entre Putin y la comunidad internacional parece todavía aún mayor. Con la excusa de defender las nuevas fronteras de Rusia, el presidente no descarta responder a cualquier ataque contra su país «con todos los medios a su alcance», incluidas las armas de destrucción masiva, alegando que Estados Unidos ya había «creado un precedente» con el uso de las mismas al final de la Segunda Guerra Mundial. Una decisión fruto de la presión a la que se ve sometido el régimen de Moscú, preso de unas sanciones internacionales nunca vistas y del resultado de la ayuda militar de Occidente al Ejército ucraniano. Los potentes misiles rusos creados después de la Guerra Fría circulan a su antojo mientras Europa cierra a cal y canto sus fronteras al gigante euroasiático. El temido botón nuclear sigue en su sitio. Todavía la amenaza atómica se ha quedado en el mundo de las palabras y los discursos incendiarios. Hoy en el Kremlin solo arderán las 70 velas de la tarta.