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La autoestima de Putin

Director del Centre for Post Industrial Studies, en Moscú (Rusia).

Tiempo de lectura 4 min.

17 de febrero de 2019. 02:14h

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Vladislav Inozemtsev.  Director del Centre for Post Industrial Studies, en Moscú (Rusia). 17/2/2019

La 55ª Conferencia de Seguridad de Múnich ha estado centrada en el colapso del Tratado INF y qué pasará una vez que sea finalmente abandonado el 2 de julio. Son muchas las dudas que rodean a por qué Rusia desarrolla sus misiles 9M729 (o SSC-8) desde 2014 pues el Kremlin sabía seguro que este movimiento violaba el acuerdo soviético-americano de 1987. Argumentaré que la razón principal para esto –como de la mayoría de los avances militar-industriales rusos– era doble. Por un lado, los halcones rusos querían provocar a los americanos, y, por otro, deseaban conseguir más dinero del presupuesto federal en sus aventuras. Como ya se desplegaron sus dos batallones de SSC-8 a principios de 2017, es fácil calcular que el Kremlin ordenó que fueran producidos dos años, o dos años y medio antes, es decir, justo en plena crisis ucraniana de 2014. Pero lo que es más interesante esta vez es saber si tanto EE UU como Rusia pueden empezar una nueva carrera armamentística similar a la de los tiempos de la Guerra Fría.

Para contestar a esta pregunta uno debe valorar el complejo militar-industrial y su capacidad actual. El presidente Putin menciona a menudo los éxitos e incluso ilustra con infografías de los nuevos sistemas de misiles la mayoría de sus discursos anuales a la nación. El presupuesto anual de Defensa ruso subió de los 480 mil millones (6,41 mil millones de euros) a los 2,8 billones de rublos (0,37 billones) de 2003 a 2018, convirtiéndolo en el cuarto más amplio del mundo. Sin embargo, diría que el dinero que gasta Rusia no es directamente proporcional a los resultados obtenidos –algo que sus adversarios deben tener en cuenta.

Incluso si uno se centra en el misil SSC-8 parece claro que es una ligera mejora de la versión del misil soviético 3M10, comisionado por primera vez en 1983. Y lo mismo se aplica a casi todos el nuevo arsenal ruso. El novísimo Avangard alabado por Putin tantas veces, no es tanto un misil de crucero «hipersónico» como un antiguo YP-100H YTTX ICBM soviético, producido en los años 80, con pequeñas modificaciones y una nueva cabeza nuclear capaz de realizar maniobras súper rápidas –pero esto último nunca ha sido probado–. Rusia parece no estar en forma para producir armas nuevas. La 5ª generación de cazas, más conocidos como Su-57, no tiene modo furtivo, por lo que podría ser un 4+ gen, que Estados Unidos ha producido masivamente desde mediados de los noventa.

No diría que Rusia no tiene armas nuevas, pero son extremadamente raras. En general, la industria replica la tecnología soviética. Pero lo más importante es que el complejo militar-industrial ruso es ahora menor que el soviético. La producción en masa ha desaparecido. Desde la caída de la URSS, la Marina sólo ha obtenido siete submarinos, tres de los cuales fueron hundidos en 1992; la media de construcción se extendió de los 15 meses en los 80 a los 12 años estos días. Mientras que Uralwagonzavod, la famosa instalación armamentística en los Urales, lanzó 1.559 vehículos armados en 1984, y ahora produce 200 máquinas por año. Es más, la calidad es pobre –la Fuerza Aérea rusa ha perdido tres aparatos en accidentes aéreos solo en enero de 2019–. Es decir, la industria militar complace la autoestima de Putin, pero es incapaz de dotar al Ejército ruso de armas que no estén obsoletas o vayan a ser desmanteladas. Por tanto, diría que Rusia comete un gran error al enrolarse en una nueva carrera armamentística, mientras que los políticos de Occidente no deberían obsesionarse tanto con el desafío ruso. No supone ninguna amenaza existencial para nadie excepto para sus vecinos más cercanos.

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