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Maduro, el usurpador

El presidente de Venezuela mantiene su estancia en Miraflores gracias a la inacción e inaudita complacencia del sector militar que, por ahora, sigue apoyando al sucesor de Hugo Chávez

  • Manifestación contra Maduro celebrada el pasado viernes en Caracas / Efe
    Manifestación contra Maduro celebrada el pasado viernes en Caracas / Efe

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13 de enero de 2019. 03:50h

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Alejandro G. Motta.  13/1/2019

Los libros de historia de Venezuela relatarán en páginas negras lo que ocurre a estas horas. Lamentable, triste y preocupante. Un usurpador secuestra el poder. Nicolás Maduro no es más que un inquilino del palacio presidencial sostenido por la fuerza, la amenaza y el chantaje. El señor Maduro mantiene su estancia en Miraflores gracias a la inacción e inaudita complacencia del sector militar que, por ahora, sigue apoyando al sucesor de Hugo Chávez.

Unas elecciones fraudulentas y no reconocidas por la inmensa mayoría de la comunidad internacional celebradas el pasado mes de mayo son el origen de la ilegitimidad de Maduro. En este sentido, cabría la pregunta: si no existe un vacío de poder y Maduro ya no es presidente, ¿quién lo es? La respuesta apunta al nuevo presidente del poder legislativo, Juan Guaidó. Un joven político, proveniente de las luchas estudiantiles y compañero de partido del preso político Leopoldo López. Sin embargo, el nuevo encargado de dirigir la Asamblea Nacional y los mismos diputados han esquivado la responsabilidad. Básicamente, cualquier declaración o intento por decretar un escenario semejante, podría ser causa inmediata no ya de persecución política –eso existe desde hace mucho tiempo–, sino de prisión.

El Grupo de Lima –organización que reúne a la mayoría de los países del continente americano– acompaña y reafirma la ilegitimidad de Maduro. De esta manera, la soledad política del inquilino de Miraflores resulta evidente y la voz de los líderes de las democracias occidentales que exigen la restitución de la democracia en Venezuela resulta ensordecedora. En este marco, Guaidó y los diputados del poder legislativo han preferido apoyarse en lo que representa la comunidad internacional, y no jugar la carta de la política doméstica, que finalmente ha dado muestras de resultados adversos.

¿Y el ciudadano que sigue en Venezuela y que no desea otra cosa que un cambio definitivo? Ese ciudadano que hoy representa el 90% de los venezolanos, vive sumergido en la zozobra y el temor. Adicionalmente, invierte sus horas en buscar alimentos y medicinas. Es un ciudadano secuestrado que pone más las esperanzas en un milagro que poco depende de él que en su propia voluntad para provocar un cambio de régimen definitivo.

¿Qué pasará de ahora en adelante? Ésta resulta la pregunta clave. Probablemente ni el propio Maduro lo sabe. Sin embargo, queda claro que ni las democracias del continente, incluyendo sobre todo Estados Unidos, ni tampoco el liderazgo opositor, se quedarán de brazos cruzados viendo cómo Maduro intenta perpetuarse en el poder hasta 2025. Finalmente, el desenlace de esta historia negra no se definirá a través de un solo factor, el final de esta lamentable historia llegará cuando pueblo, liderazgo, empresarios, iglesia y comunidad internacional logren converger en una sola ruta. Un camino que incluya la presión, ya sea a través de la fuerza o bien a través de la negociación. Así, las horas por venir son claves para el tan anhelado desenlace.

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