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¿Quién es la primera ministra danesa que dijo “no” a Trump?

Mette Frederiksen recordó al presidente de EE UU que “los tiempos en los que se podían comprar o vender países se han acabado”

  • Mette Frederiksen y Donald Trump
    Mette Frederiksen y Donald Trump

Tiempo de lectura 5 min.

22 de agosto de 2019. 03:59h

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Pedro G. Poyatos 22/8/2019

La socialdemócrata Mette Frederiksen ha manejado con decisión la primera crisis diplomática a la que se enfrenta desde que se convirtió en la primera ministra más joven de Dinamarca el pasado 27 de junio. Su oposición a negociar la soberanía de Groenlandia con el presidente de Estados Unidos es solo la respuesta oficial a un rechazo unánime en el país nórdico, donde se considera una frivolidad propia de un niño caprichoso. “Afortunadamente, los tiempos en los que se podían comprar o vender países se han acabado. Dejémoslos allí”, le espetó Fredereiksen.

La primera ministra danesa, no obstante, no pudo ayer ocultar su estupefacción por el plantón de Trump a la reina Margarita, quien le había invitado oficialmente a visitar el país. “Me gustaría decir que estoy decepcionada y sorprendida de que el presidente de Estados Unidos haya cancelado su visita de Estado. Como muchos otros, esperaba con entusiasmo la visita”, explicó Frederisksen. “No tengo necesidad de entrar en una guerra verbal con nadie, tampoco con el presidente estadounidense”, trató de zanjar horas después en declaraciones a la televisión pública DR.

Pese al desencuentro, confía en que las relaciones bilaterales no se resientan. “Los aliados próximos y buenos amigos como Dinamarca y Estados Unidos deben tener lugar para desacuerdos. Espero que esta discusión se acabe pronto. Eso es lo que queremos del lado danés y usar así nuestra energía en lo importante, reforzar la colaboración en un mundo donde es necesario que los países cooperen”, aseguró.

La magistral serie política “Borgen” parecía anticiparse a esta crisis entre Washington y Copenhague a cuenta de Groenlandia. En un episodio de la primera temporada, los vuelos secretos de la CIA que repostaban en la base aérea de Thule pusieron en aprietos al Gobierno de la primera ministra, Birgitte Nyborg. La salomónica solución de la protagonista fue incluir en el acuerdo bilateral que todos los aviones militares que hicieran escala en Groenlandia deberían informar al Gobierno autónomo de la isla. La respuesta de EE UU, como ahora, fue cancelar una visita del presidente a Dinamarca.

Pese a ser la primera ministra más joven de la historia del país nórdico, Frederiksen no es una novata en política a sus 41 años. “Tiene sangre de la clase obrera en sus venas, es una socialdemócrata de cuarta generación (...) y se prepara desde hace años para dirigir este partido que conoce tan bien”, dice de ella el diario “Politiken”. Como reconocía ella misma con humor, “en mi familia se creía más en la socialdemocracia que en Dios”. Su padre recuerda a la agencia Ritzau que “Mette ha estado obsesionada con los asuntos públicos desde que tenía seis o siete años”. “Nunca he dudado de que Mette, si ella quisiera, podría llegar hasta final”, añade con orgullo.

Esa temprana vocación política la recuerdan bien quienes fueron a clase con ella. Cuentan que en el Consejo Escolar estaba más preocupada por el hambre y la guerra en el Tercer Mundo que por asuntos más propios de la adolescencia. Y es que a los 15 años se afilió a las Juventudes del Partido Socialdemócrata y pagaba una aportación al Congreso Nacional Africano (CNA) para combatir el régimen segregacionista del “apartheid”.

Fue elegida diputada por primera con solo 24 años en las elecciones de 2001. Unos comicios que marcaron un antes y un después en la historia política danesa. Contra todo pronóstico, los socialdemócratas de Paul Nyrup Rasmussen perdieron el poder a favor del liberal Anders Fogh Rasmussen. Soplaban los primeros vientos contra la inmigración tras los recientes atentados en Nueva York y Washington.

El nuevo Gobierno en minoría adoptó una dura política migratoria a cambio del apoyo parlamentario del ultraderechista Partido Popular Danés (DF), que se convirtió en el árbitro de la política del país nórdico durante casi dos décadas, hasta su debacle en las elecciones del pasado junio.

En esa época, Frederiksen lamentaba que su país era demasiado duro con la llegada de extranjero, pero su evolución política le ha llevado a apoyar las medidas restrictivas del Gobierno liberal conservador saliente para prohibir el “burka” y el “niqab” en lugares públicos, expulsar a un campamento de refugiados en África a los solicitantes de asilo o encerrar en una isla a los extranjeros con antecedentes penales. Unas iniciativas más propias de la derecha xenófoba que de la socialdemocracia.

“Mette Frederiksen sabe que para tener éxito en Dinamarca, debe presentar una política estricta de asilo e inmigración”, resume Ulf Hedetoft, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Copenhague.

Sin embargo, éste es el rostro de la nueva socialdemocracia que representa Mette Frederiksen desde que se hizo con las riendas del partido en 2015 para frenar la sangría de votantes a favor de DF. Su doctrina política se basa en apoyar el reforzamiento del Estado del Bienestar invirtiendo más dinero en educación y sanidad, mientras ejerce una mano dura contra la inmigración. Su política pone más énfasis en la expulsión de los solicitantes de asilo que en su integración.

Un pragmatismo con el que dirige un Gobierno en minoría con apoyo parlamentarios de tres partidos de izquierdas. “Simplemente observo que hoy en día el 75% de los parlamentarios apoyan una política de inmigración dura”, justificaba en un libro de entrevistas publicado en primavera, “Un retrato político”. “Para mí, cada vez está más claro que el precio de la globalización no regulada, de la inmigración masiva y de la libre circulación de la mano de obra lo están pagando las clases más bajas”, lamentaba.

Así de sistemática es Frederiksen, una licenciada en Ciencias Sociales acostumbrada a ser metódica para alcanzar sus objetivos. “Hago listas de las cosas que tengo que terminar. Me gusta sentir el placer de haber terminado algo para poder pasar al siguiente”, confiesa.

Separada y con dos hijas adolescentes, fue el blanco de todas las críticas al conocerse que las había matriculado en un colegio privado después de su vehemente defensa de la educación pública. Por lo pronto, ha creado su propia vía para lograr que una socialdemocracia en horas bajas en Europa haya logrado reconquistar el poder tras competir sin complejos con los populistas por un electorado desencantado.

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