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Pamela, al inculto rescate de Cataluña

Multiplicando el glamour revolucionario, la ex vigilante de la playa y conejita «Playboy» se pronuncia a favor de los independentistas que, según ella, «se han sentido reprimidos durante mucho tiempo y tenían que hacer algo».

  • Pamela, al inculto rescate de Cataluña

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11 de noviembre de 2017. 04:22h

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11/11/2017

La misma semana en la que el Gobierno descorchaba un 155 bajo en calorías y azúcares y limpio de grasas saturadas, con kamikazes adolescentes sobre las vías del tren y bebés/escudo depositados encima de las rayas de la autopista, apareció Pamela Anderson. La moza publicó un escrito nuclear, entre el sermón grouchiano y la teoría política California vegana, que la acredita como una de las más destacadas comentaristas del frenopático. Entre otras cosas sostiene que «los catalanes se han sentido reprimidos durante mucho tiempo y tenían que hacer algo». Claro que sí, guapa. Aparte, el «PP es un tipo de partido que trabaja sobre la base de la provocación y lo han hecho durante una década mostrando a los catalanes (y previamente a los vascos) un dedo [o sea, una peineta]. Así que, obviamente, los catalanes sintieron correctamente que no había justicia, que habían contribuido más al tesoro nacional (creo que el quinto), y que no estaban recibiendo mucho». Grandioso. Los catalanes (independentistas, claro: los otros no son catalanes y está por ver en qué orden los ubicamos, si entre los anfibios uródelos o los anuros) circulaban mohínos a pesar de disponer de unos niveles de autogobierno superiores a los de casi cualquier región en Europa, y claro, como el PP labura a partir de hostigamientos tipo los pactos del Majestic, y como despreció a los catalanes (independentistas) igual que antes lo hizo con los vascos (sic) y encima como pagan mucho, pues no quedaba otro que rebelarse y a la calle, segadores, que llega el inmortal momento de ir por el mundo con los gastos pagados.

La perorata palmera continúa con una psicodélica lección sobre la diversidad cultural de España y una disección respecto a las calidades/cualidades de Barcelona, puerto de mar, que dan ganas de montar un change.org para que nuestra analista vuelva al colegio. En algún momento del tercer párrafo, diría que cuando apuesta por una Europa de los pueblos y las ciudades al tiempo que reconoce los problemas de los imperios austrohúngaros, conviene recordarse que hicimos bien en dejar el tabaco. Ningún sobresalto, por vigilante de la playa que sea, justifica meterse alquitranes. Casi al final se lía con los apoyos al golpe, que si el campo que si la ciudad. Remata con un buena suerte tipo Edward R. Murrow digno de mejores causas.

Gran salto adelante

Sus palabras de aliento a la causa golpista han provocado gran deleite entre quienes atiborrados de duis simbólicas hace tiempo que agotaron el cupo de eurodiputados solidarios. Seguramente Mao urdía algo así cuando acuñó lo del Gran Salto Adelante. De coleccionar palmas entre nacionalistas xenófobos, rancios euroescépticos, nostálgicos del estalinismo y montaraces ultraderechistas a recibir las bendiciones y caricias de un mito de Hollywood. Chúpate esa, Mariano. Toma castaña, Soraya. Ahí te ondulen, Alberto. Vosotros contaréis con el respaldo de la Constitución y el Estatuto de Autonomía, tendréis de vuestro lado el ordenamiento jurídico y los tratados europeos, y nadie excepto Maduro y la antigua Batasuna habrá jaleado el proceso, pero las tornas cambian. Primero fue Yoko Ono, después Julian Assange, y ahora, multiplicando el glamour revolucionario, la amiga de Assange. Ya solo faltaba la carta de un Punset encantado de parecerse a su madre y que, entre otras felices extravagancias, reconoce que nunca sale de casa sin pasaporte. No vaya a ser que de camino a la Villela Baixa lo pare la Benemérita y acabe en la DGS del año 1958. Luego algunos dirán que la política moderna es un rollo y una castaña burocrática. Que no nos divertimos. Como si las reflexiones de activistas, intelectuales y politólogos de primer nivel, de Nigel Farange a Gerad Piqué y la propia Anderson, no fomentaran la bailonga maravilla de un debate de alcance mundial.

Abandonada cualquier pretensión de rutina, en la vanguardia pura del nacionalfabulismo que es ya nacionalfunambulismo, el golpismo posmoderno recluta a amigos de Putin, sindicalistas condenados por asesinato, corifeos del Brexit, racistas belgas y ex conejitas de Playboy en un baile de máscaras que amenaza con dejarnos la sesera al borde de la licuefacción. En honor a los separatistas hay que reconocerles su capacidad para escenificar una realidad que no por cuántica deja de subyugar. Armada a partir de unos arquetipos aptos para todos los públicos y tan irreal y seductora que incorpora con marchamo bondadoso y Robin Hood las mejores falacias del «greatest hits» reaccionario. Normal que tras Stoichkov y Pamela Anderson llegaran Punset, Naomi Klein y Varoufakis. ¿A qué esperan Willy Toledo y Michael Moore? Ya tardan.

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