¿Por qué es Conchi Ríos la mujer más influyente de España?

La torera, única mujer en desorejar a un astado en la historia de Las Ventas y última española en tomar la alternativa, espera que su inclusión entre las 100 figuras femeninas más influyentes de todo el mundo sirva para «acercar la tauromaquia a más gente».

  • Conchi Ríos en Las Ventas, la plaza en la que hizo historia hace unos años
    Conchi Ríos en Las Ventas, la plaza en la que hizo historia hace unos años

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28 de noviembre de 2016. 09:49h

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26/11/2016

Era una de esas tardes de loza abrasadora. De guiris, muchos guiris, y fieles, los de casi siempre, salpicando el tendido. Cemento a raudales. Las Ventas, en pleno julio. La interminable resaca de la maratoniana isidrada. Exhaustos del mes completo, enterito, de toros. Treinta tardes. Una detrás de la otra. Y una novillada de domingo sólo apta para turistas o fieles, muy fieles. Hubo recompensa. Histórica, incluso. Una murciana, Conchi Ríos, en volandas. Puerta Grande y primera mujer de la Historia en desorejar a un toro en La Meca del toreo. Madrid, rendida. Impactada. Hoy, más de cinco años después, sólo quedan rescoldos de aquella epopeya. El sistema devoró a los anales. Se esfumaron los contratos. Sólo dos en 2016, uno de ellos su alternativa –clave en la vuelta por sus fueros–, para la única española incluida en la lista de las 100 mujeres más influyentes del mundo para la BBC británica.

«Nadie podía esperar que me llegara este reconocimiento, me enteré por mi prima, es profesora de inglés y suele meterse por la noche a leer las noticias en los medios extranjeros. Me llamó al momento gritando: «Prima, que eres famosa». Ha sido una grata sorpresa y un guiño fantástico tanto a la tauromaquia como a esa lista interminable, no de 100, de mujeres luchadoras, que persiguen cada mañana su sueño», analiza Ríos, tan halagada como abrumada por una lluvia de llamadas y entrevistas inesperadas después de una temporada parca en paseíllos.

Y es el que el teléfono no ha dejado de sonar, sobre todo, «de medios ajenos al toro». «Esta fiebre ha salido más de la gente que no suele seguir el circuito de ferias, pero lo valoro más precisamente por eso, porque es una baza perfecta para acercar la tauromaquia a mucha más gente que no conoce este mundo, si sirve para convencer a una sola persona más... encantada», se autoconvence, a pesar de no ser «demasiado amiga» de todo lo que no late como el toro.

«No lo termino de ver, las redes sociales, por ejemplo, casi las tengo por obligación de mi apoderado», sonríe, antes de pensar en voz alta: «Soy muy del cara a cara, en cuanto me llaman para una tertulia, voy donde haga falta, ni lo pienso. Más que de las nuevas tecnologías, soy del vínculo personal directo, de contar las cosas y enseñarlas, como decía Víctor». Ese Víctor es Víctor Barrio, el añorado torero con el que compartía apoderado, Alberto García. La mañana de cada festejo, Conchi repite el mismo ritual. Una clase de toreo de salón para los más pequeños, más de 300 en algunas de ellas, que acuden gratis por la tarde a verla torear: «Ellos son inteligentes, si hubiera maldad o no les gustaría, lo rechazarían al instante».

«Un enésimo gesto»

Para Ríos, entrar en este top 100, «al lado de mujeres con trayectorias tan impresionantes», supone un «pequeño pero enésimo gesto hacia la tauromaquia desde fuera» de nuestras fronteras. «Me quedo con el respeto que demuestran siempre todos los países, taurinos y no taurinos, como esta vez Gran Bretaña, por el toreo; está recibiendo una libertad que, aquí, la mayoría de las veces, en la propia cuna del arte, se echa de menos... En plena polémica en España, fuera valoran más el mérito de tener esta seña de identidad», lamenta la murciana, afincada en la toledana Torrijos.

Allí, la joven espada busca recuperar el tiempo perdido. Volver a sonar y asomar la cabeza después de tres años en el banquillo. «Es duro estar en casa sin vestirte de luces; en su día, era la pregunta del millón, y no pude explicar por qué después de una Puerta Grande en Madrid y otra oreja en Valencia el año siguiente... me caí de todos los carteles», recuerda con un tono serio que tiñe durante unos minutos su alegría sin mácula. «De 2013 a 2015, no salía nada. No es que no salieran fechas para mi alternativa, es que ni siquiera novilladas para seguir sin dar el salto. Me tuve que ir a Perú, porque en España los meses caían como una losa», insiste, presa de «un sistema que baraja constantemente las mismas cartas, un monopolio» que ha devorado nombres y proyectos ilusionantes.

«Necesito empresarios valientes que me abran las puertas de las plazas; no pido oportunidades para demostrarlo, sólo lo que creo que me he ganado en el ruedo. Con mis actuaciones, ya he enseñado mis condiciones», defiende, sin achacar el problema a una cuestión de sexo. «No, para nada, porque está el 90 por ciento del escalafón igual, y son hombres. El problema es que en todas partes torean los mismos, a veces algún comentario de tal o cual torero que te puede vetar los escuchas, pero ser mujer creo que sólo es una gota más en todo el océano», comenta sobre una situación que la ha hecho más fuerte mentalmente.

Tanto que incluso está estudiando sobre ello. «Había dejado las clases en 3º de la ESO, con 16 años, porque se hicieron incompatibles con los entrenamientos, pero aproveché estos años de parón para completar mi formación y me apunté a Psicología por la UNED», relata sobre una carrera que la ayuda «a trabajar la mente del torero». «Mi etapa de novillera tuvo una intensidad brutal; mi primera novillada fue en Granada y la cuarta era ya en Bilbao... Debuté en casi todas las plazas de primera y segunda. Todo sucedió muy rápido, a veces seguía toreando por la inercia de la temporada, pero ni pude saborear algo tan esperado ni logré sacudirme esa ansiedad», confiesa, contenta de que la alternativa en Cehegín, en septiembre pasado, fuera su instante de «mayor madurez de luces».

Madrid da y quita

Fue su único paseíllo junto a otra corrida en Alcañiz. Allí fue, precisamente, a grabarla un equipo de la BBC para montar un documental, a punto de estrenarse, sobre la última matadora de toros española en tomar la alternativa. Logrado el doctorado, Conchi Ríos tiene entre ceja y ceja confirmarlo. En Madrid, por supuesto. «Cuando hablo de Madrid, mi gente enseguida cambia de tema, porque saben que lo persigo y no quieren presionarme... A Las Ventas no se puede ir de cualquier forma. Qué menos que un rodaje de una docena de corridas de toros. Entiendo que tengo mucho que ganar, como en aquella tarde, pero también mucho que perder», advierte, aferrándose a la manida frase: Madrid da y quita.

A Conchi, una tarde de julio, con una de las 11 cornadas que tatúan su cuerpo aún fresca –abrió la Puerta Grande 13 días después de ser corneada en Francia– ya se lo dio. «Todo, realmente, igual que creo que he pagado un peaje muy grande por las cornadas, también sé que le debo mucho a Madrid. La gente se volcó, crujió conmigo y vio ese toreo en largo, luciendo al toro, aguantando su galope para someterlo en la muleta, como hacía el maestro César Rincón; ése es el toreo en el que creo», concluye, convencida de que, además de ser la única mujer española entre las 100 más influyentes, será lo que más anhela: figura del toreo.

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